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TribunaAlberto Varela Muñiz

¿Poner la otra mejilla en Ceuta?

Ahora que se simplifica la realidad hasta convertirla en un patético juego de «zascas» y que todo se basa en un sesgo de confirmación para contentar al ciudadano medio con una palmadita en la espalda para que se sienta mejor consigo mismo, encontrar la coherencia es algo casi imposible

Un hombre mostraba un cartel en la frontera con Marruecos, este lunes, en CeutaMarcos Moreno / Europa Press

Hace un mes que Ceuta vive una situación particularmente delicada. A estas alturas hemos podido ver de todo: una ciudad duplicando en una tarde su población y colapsando; dos gobiernos utilizando a personas como instrumentos de presión política y del populismo más miserable; inseguridad y miedo en los ciudadanos; países de nuestro entorno cerrándonos el espacio Schengen; políticos negando el problema parapetándose en una retorcida idea de humanidad y apostando por un mayor descontrol sobre las fronteras; agresiones a nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad en nuestras narices… y en medio de todo este jaleo, ¿qué? ¿qué hacemos ahora? La juventud cristiana se pregunta entonces, ¿a qué soy llamado? ¿acaso no puedo exigir control sobre las fronteras de mi país? ¿era esto lo de «poner la otra mejilla»? ¿estoy siendo egoísta?

Como siempre que se tratan las cosas de Dios, la respuesta exige un razonamiento más complejo y, por qué no decirlo, incomprensible a ojos del mundo. Pero esto no es algo necesariamente malo hoy en día. Ahora que se simplifica la realidad hasta convertirla en un patético juego de «zascas» y que todo se basa en un sesgo de confirmación para contentar al ciudadano medio con una palmadita en la espalda para que se sienta mejor consigo mismo, encontrar la coherencia es algo casi imposible. Y créame, lector, que si razona usted esto último entenderá por qué se nos gobierna como se nos gobierna.

Pero dejando a un lado las lindezas de la política, lo cierto es que los estados existen y en esencia los componen una población, un territorio y la soberanía sobre estos (Jellinek, 1900). Siendo los estados modernos, o teniendo al menos la pretensión de ser quienes garantizan la seguridad, libertad y derechos de sus ciudadanos, las fronteras como tal son algo necesario. Son necesarias para los nacionales, sí, pero también para quienes vienen de muy lejos buscando una vida mejor. A fin de cuentas, de poco le serviría a una persona emigrar a otro país huyendo de la guerra, si esta le va a perseguir hasta su nuevo destino.

Y así con todo: terrorismo, mafias, trata de blancas, miseria, pobreza y un largo etcétera de realidades que nos evocan de nuevo a las palabras del Papa León en sus viajes a África y España, donde nos recordaba que existe el derecho a no emigrar, a no dejar la tierra de uno y vivir en paz prosperando en nuestro hogar, de igual manera que recordó desde Arguineguín que «la dignidad humana no termina al cruzar una frontera».

Y, sí, indigna ver a varones en edad militar cruzando una frontera impunemente, algunos haciendo mofas e incluso amedrentando a los ceutíes. Nos indigna porque es injusto, pero también porque España siempre ha sido un país hospitalario. Todos tenemos en nuestro entorno gente decente que ha emigrado desde Marruecos, Senegal, Hispanoamérica o cualquier lugar del mundo; buenas personas que hacen el bien en nuestras vidas siendo compañeros de trabajo, amigos, jefes o simplemente vecinos del barrio o la parroquia. Y eso es lo que más duele. Saber que ahora mismo hay entre esas carpas personas decentes a las que seguramente no podamos distinguir de los folloneros habituales, y que vienen a España con el deseo de prosperar y abrazar la cultura del país.

Y en medio de toda la indignación de estas semanas: esperanza. Este mes tuvimos la suerte de tener en nuestra diócesis a un grupo de jóvenes que dedican sus vacaciones a hacer misión en dos universos distintos. Por un lado, misionan en pequeñas parroquias y pueblos de España ayudando a los sacerdotes y dinamizando la vida de esas parroquias, desde atender y cuidar de niños y mayores, hablar del amor de Dios y por supuesto cuidar de nuestros párrocos. Y así como misionan aquí, lo hacen también en Perú, donde están presentes para ser esa «sal en la tierra» incluso en la selva.

Pero lo que verdaderamente me sorprendió fue que ese grupo de jóvenes misioneros y nuestra Delegación de Juventud compartían, al margen de todo lo evidente, una realidad curiosa. Tanto en su grupo como en el nuestro había dos jóvenes que compartían nombre, pero también origen: Marruecos. Uno de esos momentos donde la Providencia nos sorprende para recordarnos lo esencial, que, en medio de las tensiones, gobiernos inoperantes, conflictos y temores existe una vocación al Amor a la que todos nos sentimos llamados.

Me acuerdo en especial de otros dos chicos de nuestra Pastoral Juvenil que estuvieron este mes en la ciudad de Tetuán para ayudar a la comunidad franciscana del lugar a establecer una pequeña misión de acompañamiento y ayuda a menores que los frailes acogen. Estos chicos no están faltos de indignación por lo sucedido en Ceuta, ni les parece lícita la inacción en las fronteras, y como a todos les duele en el corazón ver cómo se ha abandonado a los ceutíes, y hasta puede que dudasen sobre el propósito de ir a allí ahora mismo porque creen que el mundo no los entenderá, pero saben que en realidad no son del mundo (cf. Jn 15) y quizás, eso es lo importante: Poner la mirada en una realidad que sobrepasa cuanto somos y creemos, actuando de una forma que para el mundo es incomprensible. ¿Cómo vas a exigir más control en las fronteras para luego marcharte a Marruecos a ayudar en medio de este lío? ¿Qué debemos hacer ante esta situación? Quizás la respuesta la tengamos en la misión que encomendó el Papa a los jóvenes en Madrid:

«¡Sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo».

Alberto Varela Muñiz es el delegado de Pastoral Juvenil de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol