Los cinco novicios jesuitas, en Loyola
«¿Qué pinta un ingeniero informático en la Compañía de Jesús?» Cinco novicios españoles hacen sus primeros votos
Los jóvenes emitirán este sábado las promesas de pobreza, castidad y obediencia en Loyola, cuna de San Ignacio
Adrián Gallart, Alberto Lago, Álex Leonardo, Borja Moraleda e Iván Martínez pronunciarán este sábado, 5 de septiembre, en Loyola (Guipúzcoa) sus primeros votos después de dos años de noviciado. «Para mí el noviciado ha sido como una confirmación muy suave, poquito a poco», explica Alberto Lago. Álex Leonardo utiliza palabras muy parecidas: «Es un camino que se va confirmando poco a poco». Para Álex las distintas experiencias del noviciado han sido un «hilo conductor». El mes de hospitales ha representado «encontrarme con la sensibilidad, la vulnerabilidad, la tarea de acompañar», mientras que la peregrinación en pobreza le enseñó, sobre todo, «a confiar en el Señor».
Llegaron al noviciado desde formaciones y trayectorias profesionales diferentes. Todos habían tenido contacto, de maneras diversas, con la espiritualidad ignaciana y la Compañía de Jesús. Iván Martínez, de 34 años y nacido en Alfaro (La Rioja), conoció a los jesuitas en el colegio de Tudela. «Fueron los primeros que me llevaron a dedicar algo de tiempo a los demás en diferentes voluntariados». Para él ha sido clave la dimensión comunitaria de la fe a través de un grupo de jóvenes en Madrid. «Sin ese grupo hoy no estaría aquí», afirma.
Adrián Gallart, zaragozano de 30 años, antiguo alumno del colegio El Salvador, reconoce que la pregunta de la vocación apareció ya años atrás, pero la ignoró durante bastante tiempo. En el noviciado, la oración y los Ejercicios Espirituales han ido reordenando prioridades, y ha podido confirmar que «las dudas que tenía no me llevaban a Dios sino a tener una vida cómoda y segura». Durante los Ejercicios, explica Adrián, «apareció claro el deseo de seguir a Jesús, de priorizar su voluntad y querer estar en la Compañía».
Por su parte, Borja Moraleda, antiguo alumno del San Ignacio de Oviedo, destaca de su etapa de noviciado como el silencio y la oración han sido fundamentales para «escuchar mejor a Dios y a mí, respecto a tanto ruido interno y externo que hay en el mundo». También le ha sorprendido descubrir desde dentro «cuántas vidas entregadas en la Compañía —y que colaboran con ella— trabajan por el Reino», una realidad que reconoce que antes no alcanzaba a ver, a pesar de haber estado siempre cerca de este ámbito. Y se queda, sobre todo, con una certeza para el futuro: «La alegría de reconocer que tanta gracia recibida en este periodo concreto de discernimiento no la he podido fabricar, de tanto que desborda».
«Sin rigideces»
«Aprender a salir de mi propio querer e interés para ir poco a poco queriendo más el de Dios es difícil, ¡pero llena de vida!», afirma también Iván, que reconoce que Dios se ha ido revelando en personas, momentos y experiencias. «Lo que más ha cambiado en estos dos años de noviciado ha sido la imagen de Dios. Ha ido sacando la imagen que yo podía tener de Él para ir mostrándose cómo es en su bondad y misericordia, sin rigideces o incertidumbres».
Y es el noviciado también los ha situado en lugares en los que no se habrían imaginado estar. «Dios mío, ¿qué hago aquí?», se ha preguntado Alberto muchas veces durante los dos últimos años. No como un reproche, sino maravillado de estar en sitios en los que, por su propia iniciativa y comodidad, reconoce que nunca habría estado. Para este historiador de 26 años, nacido en Vilagarcía de Arousa Pontevedra), «ha sido un giro» y, sin embargo, destaca que «en todos estos sitios no me he sentido fuera de lugar».
Alberto recuerda una intuición que apareció en su camino hacia la Compañía y que ha visto confirmada en el noviciado: «Yo no solo estoy en la capilla, en los momentos de oración; vete a buscarme en los hermanos». Lo experimentó especialmente en Almería, ante la realidad de los asentamientos y las chabolas de personas migrantes, donde surge la pregunta: «Señor, ¿dónde estás aquí?». Y no es de fácil respuesta, reconoce. Por eso, dice, uno de los aprendizajes centrales de estos dos años ha sido precisamente querer encontrar a Dios en los demás.
«Un ancla fuerte»
Adrián, trabajador social en el ámbito de migración y refugio, ha visto como entraba con fuerza en su vida el binomio fe-justicia, que considera que configura nuestra acción: «No importa que estés en el sector social, educativo o donde sea, sino que toda tu vida tiene que ir hablando de esto. Es un ancla fuerte».
Desde su formación y experiencia como médico, Borja no entiende medicina y vida religiosa como dos vocaciones que compitan entre sí. La medicina es para Borja un medio más en esa búsqueda de cómo transmitir la buena noticia de Jesús, para dar fruto y vida de verdad, en lugar de hacerlo por propio interés.
Graduado en Ingeniería de Sistemas Informáticos, Álex reconoce que al inicio de su discernimiento llegó a preguntarse «qué pinta un ingeniero informático en la Compañía de Jesús». Hoy valora la estructura y las herramientas que le ha dado la ingeniería, pero también no perder de vista a las personas y preguntarse para qué pone en juego sus capacidades.
¿Y qué significa, después de este camino, pronunciar unos votos para toda la vida?
«Las palabras para toda la vida pueden dar vértigo al principio», confiesa Iván, «pero llevado a la oración, puesto ante el Señor, uno se da cuenta de que es la única forma de entregarse». Para Iván, «la vocación que Él me ha dado es la única que para mí corresponde a esa entrega de amor que es comunicación entre creador y criatura, como dice Ignacio en Ejercicios». Álex tampoco esquiva una palabra que aparece fácilmente al hablar de pobreza, castidad y obediencia: renuncia. Toda opción de vida, recuerda, supone dejar otras posibilidades. Pero ha ido cambiando su manera de entenderla. «Más que renunciar es abrazar una opción de vida, y esto nos da mucha libertad».
Más que en aquello que dejan, Adrián, Borja y Alberto ponen el acento en lo que esta elección significa para ellos. Adrián también reconoce que «hay mucha parte de renuncia, que tampoco hay que ignorar», pero hoy la contempla desde otro lugar. Los votos son para él «una suerte», una forma de unión con Jesús que lleva a amar sin límites, a confiar en Dios, que siempre aparece, y a tratar de vivir sin seguridades, priorizando la voluntad de Dios. Para Borja, pronunciar los votos «significa la enorme alegría de reconocer que Dios quiere algo concreto para mí, con mis cualidades y defectos» y que su deseo de vivir como Jesús puede tomar una forma determinada.