La imagen es sorprendente: el tren de aterrizaje de uno de los aviones que colisionó contra las Torres Gemelas acabó junto al templo ortodoxo del Bajo Manhattan. No había feligreses durante el atentado, y tanto el sacristán como un electricista que estaba haciendo algunos arreglos consiguieron huir. Lamentablemente, las reliquias de San Nicolás, Santa Catalina y San Sava, que habían sido donadas por el zar Nicolás II de Rusia a la comunidad greco-estadounidense de Nueva York a principios del siglo XX, el iconostasio y diversos elementos litúrgicos sí se perdieron para siempre.