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¿Compuso san Gregorio el canto gregoriano?

¿Un engaño, entonces? No exactamente. Las leyendas esconden siempre una verdad, y esta la esconde a plena luz. Mirad de nuevo la escena: el autor no es Gregorio. Es la paloma

El Papa San Gregorio, con la paloma que le susurró al oído (basílica de Santa Maria di Campagna)

El Papa San Gregorio, con la paloma que le susurró al oído (basílica de Santa Maria di Campagna)sedmak

Roma, finales del siglo VI. El Papa Gregorio I reza pidiendo un don: la música para cantar la alabanza. De pronto, una paloma blanca desciende y se posa en su hombro derecho. Acerca el pico al oído del pontífice y le dicta, una a una, las melodías sagradas. Detrás de una cortina, un escriba anota signos en una tablilla, asombrado: el Papa canta, y lo primero que canta es el comienzo del salmo 25: «A ti, Señor, levanto mi alma». Así nació, dice la historia, el canto propio de la Iglesia de Roma. Y así lo pintaron durante siglos: Gregorio, la paloma, el escriba curioso que levanta el velo para espiar el milagro.

Es una escena perfecta. Solo tiene un problema: es leyenda. Cuando alguien la cuenta por primera vez, Gregorio lleva más de dos siglos muerto. Y entre su muerte, en el año 604, y los primeros cantos llamados «gregorianos» pasan al menos doscientos años.

¿Quién compuso, entonces, el canto gregoriano?

Para responderlo hay que salir de Roma y viajar al norte, a la Galia de Pipino el Breve y de su hijo Carlomagno. Los reyes francos querían celebrar como Roma y, sobre todo, cantar como Roma. Hicieron venir a cantores romanos para que transmitieran de viva voz unas melodías que ningún libro permitía todavía aprender por sí solo: no había grabaciones ni escritura musical; todo se confiaba a la memoria.

Unas nuevas melodías

De uno de aquellos cantores conocemos el nombre: Simeón, el segundo de la schola del Papa, reclamado a Roma hacia el 760 mientras enseñaba en Ruan. Y cuando una melodía romana pasa por una garganta franca, ocurre lo inevitable: se adapta, se contamina, se transforma. Pero aquellos cantores no se limitaron a repetir. Aprendieron tan bien la lengua musical de Roma que acabaron hablándola por su cuenta: compusieron melodías nuevas, en el mismo estilo, para fiestas y liturgias que el repertorio recibido no conocía. De aquel encuentro de culturas nació un canto nuevo: romano de origen, franco de acento y, en parte, también de pluma franca.

¿Y el nombre? Aquí la historia se vuelve política. Un imperio que quería unificar Europa necesitaba una liturgia común; una liturgia común necesitaba un canto único; y un canto único, para imponerse, necesitaba un autor indiscutible. El Medioevo conocía bien el procedimiento: atribuir a una autoridad del pasado lo que debía valer para todos. Así como la Donación de Constantino no la escribió Constantino, el canto gregoriano no lo compuso Gregorio. El nombre del Papa santo fue el sello que garantizaba que aquellas melodías no eran francas ni romanas, sino de la Iglesia entera.

¿Un engaño, entonces? No exactamente. Las leyendas esconden siempre una verdad, y esta la esconde a plena luz. Mirad de nuevo la escena: el autor no es Gregorio. Es la paloma. Quien canta primero es el Espíritu; el Papa solo presta la voz, y el escriba, el oído. Lo que la leyenda defiende no es la firma de un hombre, sino la convicción de que ese canto fue un don recibido, no un producto fabricado. Por eso, todavía hoy, el Concilio Vaticano II lo reconoce como «canto propio de la liturgia romana» y, en igualdad de condiciones, le reserva el primer lugar.

Gregorio no compuso el canto gregoriano: lo compusieron dos siglos de voces sin nombre. Pero quizá por eso necesitaba el nombre de un santo. Y una paloma. Porque hay obras tan colectivas, tan anónimas y tan hermosas que la única firma justa es la de un milagro.

Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

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