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Cuando san Francisco de Asís le pidió a una cigarra que cantara

Cada 4 de octubre, la Iglesia conmemora al santo fundador de los franciscanos, uno de los más sorprendentes y populares de la Historia

Un retrato de San Francisco ubicado en el vestíbulo de la iglesia Schottenkirche de VienaGetty Images

«Canta, hermana mía cigarra». No es una frase inventada para una película sobre san Francisco. La recoge Tomás de Celano hacia 1246-1247, apenas veinte años después de la muerte del santo.

La escena ocurre en la Porciúncula. Cerca de la celda de Francisco había una higuera y, sobre ella, una cigarra que cantaba con frecuencia. Un día el santo extendió la mano y la llamó:

Soror mea cicada, veni ad me; hermana mía cigarra, ven a mí.

Según el relato, la cigarra acudió y se posó sobre su mano.

Entonces Francisco le hizo una petición bastante extraordinaria:

Canta, soror mea cicada, et Dominum creatorem tuum iubilo lauda; Canta, hermana mía cigarra, y alaba con júbilo al Señor, tu Creador.

Y la cigarra cantó.

«Como juglares del Señor»

La ocurrencia, en realidad, no era tan extraña en Francisco. Las fuentes lo muestran cantando a Dios en francés y hasta imitando una viola con dos trozos de madera: apoyaba uno sobre el brazo y pasaba el otro como si fuera un arco, acompañando el canto con los gestos de un músico.

Y todavía hay algo mejor. Francisco soñaba con enviar a sus frailes por el mundo de una manera bastante singular. Primero uno debía predicar; después, los demás cantarían las alabanzas de Dios «como juglares del Señor». Al terminar, pedirían su recompensa al público: no unas monedas, sino que viviera en verdadera penitencia.

No consta que Francisco hubiera sido un juglar de profesión. Pero entendió perfectamente la fuerza de aquel oficio: salir al camino, atraer a la gente, cantar y dejar algo en quien escucha. Sólo cambió el señor para quien se actuaba y la recompensa que esperaba recibir.

Quizá por eso tampoco sorprende tanto que, en la Porciúncula, encontrara una nueva compañera de canto.

Podría parecer simplemente uno más de esos episodios deliciosos que han convertido a Francisco en el santo de los animales. Pero hay dos palabras que cambian la escena.

«¡Alaba!»

La primera es «hermana». Francisco no contempla al animal como una curiosidad puesta allí para divertirlo. Lo llama soror. Es la misma gramática que reconocemos en el Cántico de las criaturas: hermano sol, hermana agua, hermana cigarra. Ambos tienen un mismo Creador.

La segunda palabra es todavía más sorprendente: iubilo. No le pide simplemente que haga ruido. Le pide que alabe.

La escena se repitió durante ocho días. Celano añade incluso que Francisco entrelazaba su propia alabanza con el canto de la cigarra. Dos voces distintas entraban, por un instante, en una misma alabanza.

Hasta que decidió detenerse. Había que dejarla marchar, dijo a sus compañeros, para que «nuestra carne no se gloríe vanamente de estas cosas».

Ahí está quizá lo más franciscano del relato. Francisco sabe maravillarse, pero también sabe cuándo apartarse del prodigio antes de convertirlo en motivo de gloria propia.

La llama, canta con ella y finalmente la deja libre.

Francisco no necesitó enseñar a cantar a la cigarra. La cigarra ya tenía una voz.

Él solamente le recordó para quién podía cantar.

El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.