Fundado en 1910
Octubre, mes del Santo Rosario
P. Claudio Campesato

El rosario es capaz de modificar la respiración (y la ciencia lo avala)

Hace más de un siglo se describió que la presión arterial oscila sola, sin que hagamos nada, en ondas de unos diez segundos. El corazón ya llevaba ese compás. Lo que el Ave María hizo no fue frenar el latido, sino afinar la respiración hasta encajarla en el ritmo que la circulación seguía por su cuenta

El rezo del rosario, además de su poder espiritual, es beneficioso para la salud

El rezo del rosario, además de su poder espiritual, es beneficioso para la saludGetty Images

A finales de 2001, unos médicos de Florencia y Pavía buscaban una condición de control «aburrida» para un experimento sobre el corazón. Eligieron el rosario, convencidos de que no pasaría nada. Pasó lo contrario.

Pidieron a veintitrés adultos sanos que recitaran el Ave María en latín, por parejas: una voz hacía la parte del sacerdote —hasta ventris tui Iesus— y la otra respondía desde Sancta Maria. Nadie les indicó a qué velocidad. Sin ensayo previo, cada ciclo de oración y respuesta les salió en casi exactamente diez segundos. Es decir, seis respiraciones por minuto, frente a las catorce del respiro ordinario.

Ese número no es inocente. Hace más de un siglo se describió que la presión arterial oscila sola, sin que hagamos nada, en ondas de unos diez segundos. El corazón ya llevaba ese compás. Lo que el Ave María hizo no fue frenar el latido, sino afinar la respiración hasta encajarla en el ritmo que la circulación seguía por su cuenta. Y al coincidir, lo amplificó: crecieron las oscilaciones de la frecuencia cardíaca, de la presión, hasta del flujo de sangre al cerebro, y mejoró la sensibilidad del barorreflejo, ese termostato que mantiene la presión a raya.

Conviene decir qué midió el laboratorio y qué no. Midió la cadencia: que la fórmula, dicha como se dice desde siempre, cae en diez segundos. No midió la oración. Y tampoco aisló por qué cae ahí. Fíjese en el turno de voces: mientras una dice su mitad, la otra calla —y respira—. La alternancia no obliga a respirar despacio; le abre un hueco para hacerlo. La oración no impone el ritmo: le deja sitio.

«El salterio de los sencillos»

¿De dónde viene entonces ese compás de diez segundos? No del cronómetro, que aún no existía. En una época sin metrónomos, una fórmula repetida era el modo más sencillo de sostener un tiempo regular sin pensar en el propio aliento. A fuerza de repetirse —cincuenta avemarías, tres veces— la oración se fue limando hasta respirar a la medida del cuerpo.

Volvamos a esas dos voces. El Ave María se midió a dúo, como suele rezarse: una lanza, otra responde. Es el mismo gesto del coro monástico que salmodia a versos alternos, y no por azar: el rosario nació como el salterio de los sencillos, ciento cincuenta avemarías para quien no se sabía los ciento cincuenta salmos. Los humildes recibían así, en moneda pequeña, la misma oración que desde dentro va acompasando los ritmos del cuerpo —y, si se me permite decirlo ya fuera del laboratorio–, los de la vida y los del corazón.

Una vez más, lo que tantos dan por superado guardó intacto un tesoro; y el Reino, ya se sabe, saca de su arca cosas viejas y cosas nuevas (cfr. Mt 13,52).

El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas