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¿Qué hacían cinco pajarillos dentro de un órgano en Sangüesa?

En 1688, la iglesia de Santa María encargó un órgano capaz de trinar como las aves. El porqué de aquel capricho barroco conduce del frío contrato notarial a la Escritura y a una vieja intuición sobre la fragilidad

Detalle de la fastuosa portada de la iglesia de Santa María la Real de Sangüesa (Navarra)

Detalle de la fastuosa portada de la iglesia de Santa María la Real de Sangüesa (Navarra)

El 26 de noviembre de 1688, Santa María la Real de Sangüesa (Navarra) pidió que su órgano aprendiera a cantar como los pájaros. Levantada junto al puente sobre el río Aragón, la iglesia luce una de las grandes portadas del románico hispano, un verdadero retablo de piedra poblado de apóstoles, peregrinos, músicos, animales y criaturas fantásticas. Pero el prodigio solicitado aquel día no debía verse, sino oírse. Los patronos habían confiado a Juan de Apecechea, maestro de hazer órganos del Reyno de Navarra y vecino de Lesaca, una reforma minuciosa: fuelles, caños, teclado, plazos y pagos. Entre aquellas cláusulas se lee una que todavía hoy sorprende: un registro de pajarillos de cinco vozes.

No podemos escuchar aquel registro: el órgano de Apecechea fue sustituido siglos más tarde. Pero la frase ha sobrevivido, con toda su precisión notarial. Sabemos que la reforma costó 3.000 reales y que, mientras el maestro y su criado trabajaran en la ciudad, la parroquia debía darles comida y alojamiento. Y sabemos cómo sonaba aquello: los registros de pájaros no eran una metáfora, sino unas pocas cañas diminutas, colocadas boca abajo con el extremo sumergido en agua; al recibir el aire, el agua se agitaba y el sonido temblaba como el gorjeo de un ave. Cinco cañas, cinco voces menudas escondidas en el agua.

La extraordinaria iglesia de Santa María la Real de Sangüesa

La extraordinaria iglesia de Santa María la Real de SangüesaEmc

El detalle resulta menos extravagante cuando se entra en el mundo del órgano barroco. Aquellos instrumentos ofrecían ecos y contraecos, registros partidos, clarines, cornetas y trompetas de gran potencia, y junto a esas voces, unos «juguetes»: atabales, cascabeles, gaitas y pajarillos. Y no era una rareza local, ni siquiera solo hispana: el mismo pájaro cantaba por toda la Europa católica. Los franceses lo llamaban rossignol; los italianos, usignolo. Sonaba en los órganos italianos desde el siglo XVI —lo tuvieron, entre otros muchos, San Filippo de Florencia y San Apolinar de Roma—, en los franceses de la misma época y hasta en el sur de Alemania; e incluso cruzó el Atlántico, pues en los órganos de la Nueva España reaparecen los mismos «paxarillos y ecos». En la propia Santa María, una nueva reforma volvió a pedir en 1737 un «vaso de pajarillos». La iglesia no expulsaba la creación para alcanzar a Dios: la convocaba.

A nuestros oídos, educados para identificar lo sagrado con lo severo, esta mezcla puede parecer casi irreverente. Para la sensibilidad barroca no lo era. El órgano no era solo un instrumento más grande que los demás, sino una arquitectura de aire: una suma de voces humanas, animales e instrumentales organizada bajo las manos del organista. El clarín proclamaba; el eco respondía desde lejos; los pajarillos irrumpían como un destello.

Tubos del órgano de la iglesia de San Martin, en Trujillo (Cáceres)

Tubos del monumental órgano de la iglesia de San Martin, en Trujillo (Cáceres)Getty Images

La Biblia había preparado ese oído. El salmo del peregrino que ansía el santuario no describe un recinto vacío: «Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares» (Salmo 84,4). El pájaro no distrae del altar: ha encontrado allí su sitio. Y en tantos otros pasajes las aves son imagen de la fragilidad protegida: ninguna cae sin que el Padre lo sepa (Mateo 10,29); bajo sus alas se busca refugio (Salmo 91,4); la paloma se esconde en las hendiduras de la roca (Cantar 2,14). No sorprende que una cultura empapada de esas imágenes quisiera oírlas también.

Sus cinco llagas

El registro de pajarillos no pretendía engañar, como si un bosque verdadero hubiera entrado en el templo; recordaba, con un sonido mínimo, que la alabanza no pertenece solo al hombre. Y aquí el número parece guiñar un ojo. San Bernardo de Claraval, al comentar esa paloma escondida en las hendiduras de la roca, llevó la imagen hasta Cristo: la roca abierta son sus llagas, y en ellas —preguntaba— «¿dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo, sino en las llagas del Salvador?». Nada obliga a leerlo así, pero cuesta no advertirlo: cinco cañas escondidas en el agua, cinco pájaros menudos, como el alma frágil que busca refugio en las cinco heridas de Cristo. El órgano prestaba aire y metal a una criatura que ya cantaba en los salmos; durante unos segundos, el pájaro, el fuelle y la oración respiraban juntos.

En Sangüesa, el órgano hizo cantar a los pajarillos. Tal vez aquel mecanismo buscaba maravillar, y seguramente lo conseguía; pero su maravilla no era vacía. Desde lo alto de la caja, entre cornetas, címbalas y fuelles, aquellas cinco voces diminutas repetían una certeza antigua: también lo pequeño tiene cabida junto al altar. El documento de 1688 no lo explica; se limita a pedir que el registro sea construido. Cuatro siglos después, basta leerlo para entender lo que cantaba: también para la debilidad humana hay un nido.

  • Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.
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