El empresario por el que sus empleados hacían cola para donar la sangre que necesitaba
La crisis de la vivienda golpea a jóvenes que no pueden emanciparse, familias que destinan al alquiler buena parte de sus ingresos y personas vulnerables. En la Jornada Mundial por el Trabajo Decente que se celebra hoy, 7 de octubre, todos estamos llamados a asumir nuestra parte de responsabilidad
Hoy, 7 de octubre, la Iglesia conmemora la Jornada Mundial por el Trabajo Decente bajo el lema «Ante la exclusión, trabajo decente». Hay personas que trabajan y no pueden acceder a una vivienda digna: jóvenes que siguen en casa de sus padres pasados los treinta; familias que destinan buena parte de sus ingresos al alquiler; mayores y personas vulnerables que temen no poder renovar su contrato o ser desahuciadas. Tener empleo ya no garantiza un hogar estable. Cuando el trabajo no permite sostenerlo, algo esencial falla.
Me sumo a esta jornada desde Acción Social Empresarial (ASE), la asociación de empresarios, directivos y profesionales cristianos que cumple 75 años llevando la Doctrina Social de la Iglesia a la empresa, y desde mi pertenencia al capítulo de Madrid de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice, que ha estudiado la situación de la vivienda durante este curso.
El diagnóstico del capítulo muestra una crisis estructural: se combinan la concentración de la demanda en las grandes ciudades, la insuficiencia de la oferta, la lentitud urbanística y las dificultades administrativas e impositivas del sector de la construcción. No hay una causa única ni una medida capaz de resolver por sí sola el problema pero sí aparecen propuestas esperanzadoras en el informe.
La vivienda no es solo una cuestión laboral, pero está estrechamente ligada al trabajo. Para acceder a un hogar se necesita un salario suficiente y un empleo estable. Por eso la Iglesia habla de «tierra, techo y trabajo» como realidades inseparables. En su primera encíclica, Magnifica humanitas, León XIV advierte de que no basta con ensalzar la iniciativa privada si muchas personas carecen de trabajo digno y de bienes fundamentales (nn. 44 y 58).
La encíclica recuerda que el trabajo expresa y acrecienta la dignidad de quien lo realiza (n. 149). Retomando Laborem exercens, presenta el salario justo como prueba de si se trata al trabajador como persona o como un coste de producción (n. 37). Hoy esa prueba se concreta en una pregunta: ¿pueden nuestros trabajadores, con el salario y las condiciones que les ofrecemos, aspirar a formar una familia y acceder a una vivienda?
La vivienda es un bien necesario para la vida familiar y, a la vez, un activo económico. El problema se agrava cuando su valor como inversión desplaza su función social. Hacen falta más oferta, vivienda social y asequible, reglas estables y colaboración entre el sector público, las empresas y las entidades sociales.
Frente a Babel, que sacrifica a las personas en nombre de la eficiencia o las ideologías, Magnifica humanitas propone reconstruir Jerusalén como en tiempos de Nehemías: cada familia asumía un tramo de la muralla. Empresas y trabajadores, legisladores, sociedad civil y comunidades de fe tenemos una parte en esa tarea. Edificar una sociedad donde todos puedan florecer exige «una corresponsabilidad valiente» (n. 13).
Subsidiariedad y la solidaridad
A las empresas, directivos y profesionales nos corresponde ofrecer salarios suficientes y estabilidad. A las administraciones, movilizar suelo, agilizar trámites y actuar subsidiariamente solo en la medida en que sea necesario. Al sector financiero e inmobiliario, explorar soluciones para quienes empiezan o sostienen una familia con un solo sueldo. Y a trabajadores y representantes, contribuir a mejorar la productividad y al diálogo que hace viables las empresas. Es la lógica de la subsidiariedad y la solidaridad: cada cual asume su responsabilidad con los demás (n. 70).
Sin empresas viables no hay empleos que proteger ni salarios que mejorar. Justicia y competitividad deben caminar juntas. Una empresa no competitiva puede destruir empleos; una empresa que olvida la dignidad de las personas pierde su razón de ser y a quienes la hacen posible.
Dos testimonios muestran que esta síntesis es posible. El venerable José María Arizmendiarrieta llegó a un Mondragón empobrecido tras la guerra y puso en marcha una escuela profesional, origen de jóvenes que impulsaron las primeras cooperativas. Comprendió que la dignidad del trabajo exige formación y oportunidades.
Enrique Shaw, empresario argentino cuya beatificación quedó expedita tras la aprobación por León XIV del decreto sobre el milagro atribuido a su intercesión, dirigió una gran empresa mirando a cada trabajador como a un hermano. En 1952 fundó la asociación hermana de ASE en su país. Cuando enfermó, sus empleados hacían cola para donar la sangre que necesitaba.
Esta es la invitación de ASE en este 7 de octubre: que cada empresa, cada directivo y profesional, se pregunte si su forma de contratar y retribuir permite construir un hogar, que cada trabajador se pregunte si puede hacer más productiva y viable a la empresa, y que todos asumamos nuestro tramo de la muralla. Así, el trabajo decente podrá ser una vía para acceder a una vivienda digna que sea el cimiento de una vida familiar.
Juan Antonio Perteguer Muñoz es el Presidente de Acción Social Empresarial (ASE)