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EN LA IX Jornada Mundial de los PobresJuan Antonio Perteguer Muñoz

Trabajo digno, familia y empresa: el camino para erradicar la pobreza

Los empresarios, directivos y profesionales cristianos que generan riqueza y crean empleos de calidad están realizando la labor social más eficaz contra la pobreza. No es una afirmación retórica, es una realidad constatable. Cada empleo digno creado sostiene a una familia. Cada familia estable es el ámbito primario donde se desarrollan las personas, se educan los hijos y se transmiten los mejores valores

El 16 de noviembre celebramos la IX Jornada Mundial de los Pobres con el lema «Tú, Señor, eres mi esperanza». Este día recordamos una verdad esencial: la pobreza no se supera solo con asistencialismo, sino creando oportunidades reales de vida digna. Así lo subrayan Dilexit te, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y los datos del Informe FOESSA, que muestran cómo la exclusión está íntimamente ligada al desempleo, la precariedad y la dificultad de muchas familias para sostener un proyecto vital.

Una fecha que nos interpela y nos obliga a mirar de frente una realidad que no podemos ignorar, la pobreza no es inevitable, tiene causas que podemos identificar y combatir. La verdadera salida de la pobreza no pasa únicamente por la asistencia o la limosna —aunque estas sean necesarias en determinados contextos—, sino por el trabajo decente, la estabilidad familiar y una economía que comparte su riqueza.

Los empresarios, directivos y profesionales cristianos tenemos un papel fundamental en esta tarea. Cuando creamos empleo digno y generamos riqueza compartida, no solo transformamos vidas individuales, sostenemos familias enteras y construimos comunidades más justas y solidarias. Y en este compromiso, la tecnología —incluida la inteligencia artificial— debe ponerse al servicio de la persona, no al revés.

Nadie cuestiona que debemos cuidar a quienes no pueden incorporarse al mundo del trabajo, niños, personas mayores, enfermas. Acompañarlos con dignidad es una obligación moral ineludible. Pero para la inmensa mayoría de las personas, la auténtica palanca que abre un horizonte de esperanza se llama trabajo digno.

Un empleo decente no es solo un medio de subsistencia. Es el camino que permite el desarrollo personal, crear y sostener una familia, acceder a una vivienda, proyectar un futuro, educar a los hijos y participar activamente en la vida social. Cuando una persona tiene un trabajo que respeta su dignidad, no solo escapa de la precariedad, se convierte en protagonista de su propio desarrollo y en pilar de toda una comunidad.

Esta visión contrasta radicalmente con enfoques asistencialistas que, si bien necesarios en lo inmediato, pueden generar dependencia si no van acompañados de una estrategia de inclusión laboral real. El trabajo dignifica porque da autonomía, propicia el desarrollo integral de cada persona y le permite aportar su talento a la sociedad.

En su reciente exhortación apostólica Dilexi te, el Papa León XIV recuerda que «el pobre sigue siendo el rostro de Cristo» y que una Iglesia auténtica no puede ignorar su clamor. Esa llamada interpela también a la empresa y a toda la estructura económica: ambas deben estar al servicio de la dignidad humana y no solo del legítimo beneficio.

La Doctrina Social de la Iglesia nos ofrece principios esenciales que iluminan el camino hacia una economía más justa. El Papa León XIV ha dicho recientemente que: «La Doctrina Social de la Iglesia no es una teoría abstracta ni una utopía irrealizable, sino un camino posible que transforma la vida de las personas y de las instituciones al poner a Cristo como centro de toda actividad humana». La DSI ilumina la realidad social sirviendo de guía para las decisiones empresariales y directivas diarias, las políticas de contratación, estructuras salariales, inversiones en formación, conciliación laboral y familiar y el impacto social de nuestras actividades.

Los empresarios, directivos y profesionales cristianos que generan riqueza y crean empleos de calidad están realizando la labor social más eficaz contra la pobreza. No es una afirmación retórica, es una realidad constatable. Cada empleo digno creado sostiene a una familia. Cada familia estable es el ámbito primario donde se desarrollan las personas, se educan los hijos y se transmiten los mejores valores.

El empleo bien concebido da soporte a la familia, y la familia es la célula básica de la sociedad. Cuando rompemos ese círculo virtuoso —ya sea por desempleo, trabajo precario o condiciones laborales o sociales que imposibilitan la vida familiar—, toda la estructura social se resiente.

Esta visión de las empresas y organizaciones no es ingenua ni anticompetitiva. Al contrario, las organizaciones que cuidan a sus trabajadores y a sus familias son más productivas, más innovadoras y más resilientes a largo plazo. La justicia social no está reñida con la eficiencia económica; más bien, es su fundamento sostenible.

Vivimos en la era de la transformación tecnológica y de la inteligencia artificial. Esta revolución plantea interrogantes urgentes: ¿Será la IA un instrumento al servicio de la dignidad humana o un agente de exclusión? ¿Potenciará el trabajo humano o lo reemplazará?

Es innegable que los avances en IA pueden desplazar empleos, especialmente aquellos basados en tareas rutinarias y repetitivas. Pero también es cierto que abren nuevas oportunidades sin precedentes como asistentes personales, mejor formación, detección del talento, inclusión, liberar tiempo para las relaciones personales…

Los empresarios y directivos cristianos tenemos el desafío —y la responsabilidad— de orientar la IA hacia el bien común humano. Esto significa diseñar políticas empresariales que contemplen el impacto de estas tecnologías sobre la estabilidad laboral, la formación continua, la conciliación familiar y el acceso de todos a la economía digital.

La tecnología no es neutral. Su impacto depende de las decisiones humanas que guían su desarrollo e implementación. Como cristianos comprometidos con la justicia social, no podemos ser espectadores pasivos de esta transformación.

En esta Jornada Mundial de los Pobres, se nos ofrece una invitación que va más allá de los gestos simbólicos. Es un llamado a mirar la pobreza con una estrategia integral que reconoce la centralidad del trabajo digno, la familia y una economía al servicio de la humanidad.

Como Presidente de Acción Social Empresarial, animo a todos los empresarios, directivos y profesionales cristianos a actuar con decisión. La pobreza tiene rostro concreto, son personas y familias que merecen nuestra respuesta comprometida. No basta con la buena voluntad; necesitamos acción decidida, coherente y sostenida en el tiempo.

Permítanme cerrar con una convicción profunda de que donde hay trabajo digno, hay esperanza, donde hay familia estable, hay futuro y donde la economía se pone al servicio de la persona, hay verdadera justicia social.

Que esta Jornada Mundial de los Pobres no sea solo un recordatorio, sino un punto de partida para acciones concretas que cambien vidas. Porque cada persona que sale de la pobreza mediante un trabajo digno no solo mejora su situación individual, eleva a toda su familia y enriquece a toda la sociedad.

Juan Antonio Perteguer Muñoz es el presidente de Acción Social Empresarial (ASE) Foro DSI

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