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¿Son Marx, Gramsci, John Lennon y Foucault los profetas involuntarios de la herejía woke?

Desde una mirada cristiana, el wokismo tiene algo de herejía secular. Aunque no procede del cristianismo, adopta una lógica de religión civil, con su lenguaje de culpa, pureza moral y adhesión pública. Le faltan, sin embargo, el perdón, la conversión y la redención, sin los cuales la culpa se convierte en condena permanente

Desde una mirada cristiana, el wokismo tiene algo de herejía secularGetty Images

La palabra woke viene del inglés afroamericano y significa «despierto». Durante años llamó a permanecer alerta ante la injusticia racial en Estados Unidos. Stay woke venía a decir «no mires hacia otro lado». Arrastraba la memoria de una comunidad marcada por la esclavitud, la segregación, la discriminación y la desconfianza hacia instituciones que muchas veces habían tratado injustamente a la población negra.

Desde una mirada cristiana, el wokismo tiene algo de herejía secular. Aunque no procede del cristianismo, adopta una lógica de religión civil, con su lenguaje de culpa, pureza moral y adhesión pública. Le faltan, sin embargo, el perdón, la conversión y la redención, sin los cuales la culpa se convierte en condena permanente.

Aquella alerta inicial fue ampliando su alcance hasta abarcar el feminismo, la identidad sexual y de género, la inmigración, el colonialismo, el lenguaje inclusivo, la representación de minorías y la revisión del pasado. Poco a poco, casi todo empezó a leerse en clave de privilegio, exclusión o dominio. Con ese cambio llegó también un vocabulario propio, privilegio, inclusión, microagresión, reparación, lenguaje seguro o discriminación estructural.

Nacidos en buena medida en seminarios universitarios, esos términos acabaron instalados en colegios, empresas, redes sociales y campañas institucionales. Bajo ese vocabulario late una sospecha común: que la injusticia no se oculta solo en actos visibles, sino también en leyes, costumbres, relatos históricos y formas de hablar que aparentan neutralidad mientras dejan a otros en desventaja.

En Estados Unidos, esa sensibilidad tomó forma alrededor de varias corrientes decisivas. En los años setenta, el Combahee River Collective formuló una política basada en la identidad y en la experiencia de opresión de las mujeres negras. Después, varios juristas impulsaron la teoría crítica de la raza, que interpretaba el racismo como algo más amplio que el prejuicio personal y lo situaba también en normas e instituciones aparentemente neutrales. Kimberlé Crenshaw aportó la interseccionalidad para explicar cómo varias discriminaciones pueden cruzarse en una misma vida. Judith Butler, desde la teoría queer, cuestionó la estabilidad de categorías como sexo, género e identidad. Más tarde, estas ideas salieron del mundo académico convertidas en un nuevo lenguaje moral.

Los ofendidos

Al pasar a las redes sociales, aquellas ideas ganaron velocidad y perdieron matices. Ya no se discutía solo lo que alguien decía, sino quién lo decía, desde dónde hablaba y quién podía sentirse ofendido. Una frase, una película, una estatua o una novela podían acabar ante una especie de tribunal sumarísimo.

A partir de ahí, la denuncia de injusticias reales se desfigura cuando todo queda dividido entre identidades culpables e identidades heridas. La verdad de un argumento pesa menos que la posición desde la que se pronuncia. Así, la culpa deja de depender de los actos y queda vinculada al sexo, la raza, la religión, la cultura o la civilización de origen.

Para entender este clima conviene mirar algunas anticipaciones culturales. El wokismo fue tomando forma por sedimentación, a partir de ideas, hábitos culturales y debates distintos. Marx, Gramsci, Lennon, Monty Python y Foucault tampoco escribieron un programa común. Pero algunas de sus ideas, canciones y escenas fueron acostumbrando a Occidente a mirar con recelo su propia herencia. Aunque no levantaron el edificio, ayudan a entender el terreno sobre el que pudo asentarse.

Karl Marx, filósofo alemán del siglo XIX, publicó con Engels el Manifiesto comunista en 1848 y el primer tomo de El capital en 1867. Su mundo era la fábrica, el salario, el propietario y el obrero. Dejó instalada una lectura de la sociedad como lucha entre grupos enfrentados, unos asociados al dominio y otros al daño sufrido. Más adelante, el wokismo cambiaría los protagonistas, aunque conserva parte de esa gramática moral, con un culpable colectivo, una víctima colectiva y una historia puesta del lado de esta última.

A por la cultura

Gramsci, comunista italiano nacido en 1891 y muerto en 1937, escribió sus Cuadernos de la cárcel entre 1929 y 1935, durante su prisión bajo el fascismo. Trasladó la lógica del conflicto desde la economía hacia la cultura, convencido de que en Occidente el poder no se sostenía solo con fábricas, leyes o policía, sino también con aquello que una sociedad aceptaba como normal. Familia, Iglesia, escuela, prensa, literatura, patria y costumbres podían convertirse así en territorio de combate. El sentido común podía ser, para Gramsci, una forma de poder más duradera que muchas instituciones.

Con John Lennon cambia el tono. Músico británico nacido en 1940 y asesinado en 1980, publicó Imagine en 1971. Más que teoría, la canción ofrece una emoción. Su invitación a imaginar un mundo sin países y sin religiones divisorias convirtió en amable la idea radical de que quizá la paz llegaría cuando desaparecieran las grandes pertenencias heredadas. Dios, patria, propiedad y tradición empezaban a sonar como obstáculos.

Monty Python, grupo británico de humor nacido en los años sesenta, estrenó La vida de Brian en 1979. En una escena, Stan quiere llamarse Loretta y tener hijos. La secuencia funciona porque el deseo choca con el límite evidente del cuerpo. Los revolucionarios del Frente Popular de Judea se enredan en una discusión absurda, incapaces de decir con sencillez que hay cosas que la voluntad no puede cambiar. Aquel humor anticipó una discusión que décadas después entraría en leyes, aulas, empresas y protocolos. El cuerpo, que en 1979 hacía reír por imponer un límite evidente, acabaría entrando también en discusión.

Michel Foucault, filósofo francés nacido en 1926 y muerto en 1984, fue una gran figura del pensamiento francés de posguerra. En Vigilar y castigar, de 1975, estudió la prisión, la disciplina y las formas modernas de control. En Historia de la sexualidad, iniciada en 1976, analizó cómo el sexo se convirtió en objeto de saber, confesión y administración. Su influencia está en haber mostrado que el poder puede clasificar, diagnosticar, examinar y definir la normalidad. De ahí salió una herramienta que el wokismo acabaría aprovechando, la posibilidad de denunciar como construcción de poder aquello que se presenta como normal.

Después llegó el mundo universitario norteamericano, con la política identitaria, la teoría crítica de la raza, la interseccionalidad y la teoría queer. El viejo esquema del obrero y el propietario empezó a quedarse corto y dejó paso a una lectura centrada en la identidad, el cuerpo, el lenguaje, la memoria y la culpa histórica.

Marx enseñó a mirar la sociedad como conflicto, Gramsci llevó esa batalla a la cultura, Lennon puso música a la sospecha hacia las grandes pertenencias y Foucault acostumbró a desconfiar de lo normal. El wokismo recogió algo de todo eso y lo convirtió en una moral de identidades, agravios y reparaciones. Quizá por eso se extendió con tanta facilidad. Puede apoyarse en agravios reales, pero muchas veces los convierte en identidad y transforma la reparación en un proceso sin cierre. Tal vez ahí esté su verdadera herejía secular: en haber construido una moral de la culpa sin perdón, de la herida sin reconciliación y de una condena que nunca prescribe.

Pepe Fernández del Campo es licenciado en Derecho y profesor universitario y de escuela de negocios