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El misionero Carlos Bobillo, durante su visita a 'El Debate'El Debate

Entrevista a Carlos Bobillo, primer misionero laico de Hakuna

«Dejé el despacho de abogados un viernes y la semana después ya estaba viviendo en Burundi»

No todos los misioneros son sacerdotes o monjas. También hay laicos, como este empresario y abogado madrileño, que en enero se instalará en África sin billete de vuelta

Cada vez que se acerca el Domund (que este año se celebra el domingo que viene), lo normal es escuchar a sacerdotes y monjas dar su testimonio sobre lo que hacen en cualquier lugar remoto del mundo. Pero, este año, Obras Misionales Pontificias en España ha presentado a un laico que lleva veinte años yendo y viniendo a Burundi, el país más pobre del planeta. Lo que empezó como una experiencia misionera de un mes para Carlos Bobillo (Madrid, 1987) cuando comenzaba a estudiar Derecho y Empresariales en la universidad, derivó en estancias cada vez más prolongadas y frecuentes en el país africano.

Luego llegó la vida laboral, el despacho de abogados y Hakuna. Pero la inquietud por Burundi y las misiones seguía latiendo.

– Y, de repente, lo dejas todo y te vas a África.

– ¡De repente, no! [risas] Son procesos. De hecho, es un proceso muy largo en mi caso, de muchos años. Desde que tengo esa primera experiencia en Burundi, que es un poco lo que me saca de mi vida convencional, por así decirlo, y hasta que tomo la decisión de entregar mi vida en Burundi de forma más plena, pasan muchos años.

Entre medias, estudiando los primeros años, luego ya trabajando. Y luego hay un momento cuando, en concreto habían pasado diez años, donde ahí ya me lanzo.

– Pero tú llevas de misionero casi dos décadas.

– Yo he estado haciendo lo que se conoce como experiencias de misión, que es pasar temporadas cortas en Burundi, desde hace casi veinte años. Luego estuve viviendo dos años allí, que eso ya sí que se considera una experiencia de misión larga, y, ahora en enero, pues me voy otra vez. O sea, que digamos que llevo como veinte años un poco con el sí, no, sí, no, y ahora ya parece que de forma un poco más definitiva.

– Tu idea es irte en enero a Burundi.

– Sí.

– Y ya quedarte ahí. Indefinido.

– Lo que Dios quiera, pero con esa apertura de ver qué pasa.

Carlos Bobillo tiene 39 años y lleva 20 yendo a BurundiÁlvaro Raya-Demidoff

– ¿Y vas tú solo?

– Sí. No es una misión que esté establecida como tal. Llevamos ahí todos estos años trabajando con Komera, que es una organización con la que llevamos haciendo proyectos desde hace casi 20 años. Hakuna aparece también hace dos años, ya para un tema más de misión, de apoyo a la Iglesia de allí y demás, pero voy solo. Ahí no hay nada montado como tal.

Luego supongo que irá viniendo gente, que es la idea, tanto de Komera como de Hakuna, como de la realidad que sea, y que vendrán a pasar temporadas, pero está todo por hacer.

– Y vas como misionero laico.

– Sí, correcto.

– Muchos te habrán preguntado: «¿Y por qué no te haces cura?»

– [Ríe] Bueno, son las distintas realidades y vocaciones que tenemos en la Iglesia, que es bonito. En el siglo XXI, este siglo en el que ya estamos inmersos, en paralelo a la caída de vocaciones –bueno, ahora está habiendo un pequeño repunte– los laicos estamos llamados a dar un paso al frente. De toda la vida ha sido como: «No, eso es cosa de curas», tanto la misión, como la evangelización, el apostolado, etc. Y, ahora, la Iglesia nos pide a los laicos dar un paso al frente, no delegarlo todo en los sacerdotes.

Es bonito, porque tanto el Papa Francisco como el Papa León están impulsando esto también. Si os fijáis, los últimos santos que se han canonizado, muchos de ellos eran laicos: Pier Giorgio Frassati, Carlo Acutis, ahora Chiara Corbella, que está en proceso. El Papa Francisco hablaba mucho de los santos de la puerta de al lado.

– ¿Cuándo entraste en Hakuna?

– Hará más o menos diez años ya.

– De los primeros, entonces.

– Un pelín más tarde. Pero yo ahí no creía en nada. O sea, yo llego ni siquiera converso. Hakuna me ayuda un montón.

Hakuna se cruza en su camino

– ¿Venías de la increencia, del ateísmo, del agnosticismo…?

– Yo soy de familia laica y de colegio laico. Es verdad que, a raíz de esas experiencias en Burundi, poco a poco me empiezo a hacer preguntas, y esas preguntas cada vez van a más, pero bueno, luego yo estaba muy en el mundo. Tenía como esa lucha entre sí, pero no, pero sí…

Por eso te decía que fue un proceso de años, y en ese sí, pero no, se cruza Hakuna en mi camino, y es lo que realmente me ayuda a dar el paso. Digamos que Burundi son los cimientos y Hakuna es lo que pone los pilares y la construcción firme. Y, entre las dos, pues ahí es donde me convierto.

– La primera vez que fuiste a Burundi, por tanto, te movía una motivación más humana.

– Sí, siempre digo que había dos partes. Una –que yo creo que la tenemos todos, seamos católicos o no–, esas ganas de ayudar. Luego, cada uno le dará el sentido de caridad cristiana, o llámalo filantropía, pero bueno, que es algo que nos nace dentro. Yo tenía eso y luego, pues de un chaval de veinte años, de querer descubrir el mundo y la aventura y vivir grandes cosas. Y un poco ese idealismo de los jóvenes. Pero no había nada en mí que fuera: Esto es por Cristo, por la Iglesia, sino al revés. Yo iba un poco a Burundi a echar una mano. Y es bonito porque, a pesar de ir así, ahí es donde realmente me encuentro con Dios. Cuando uno va así, libre, es bonito, porque es cuando te dejas también sorprender,

– Pero debe ser también difícil vivir tu fe en Burundi si no estás con una comunidad. Tú has estado muy involucrado en Hakuna. Ir ahí solo tiene que ser complicado…

– Sí, o sea, solo… no hay españoles. Soy el único blanco en muchos kilómetros a la redonda, pero eso no es «solo». Gracias a Dios tenemos muchos amigos en Burundi desde hace mucho tiempo, y gente que cree, que practica. Entonces, bueno, es una soledad entre comillas. Y ahí también hay un crecimiento espiritual grande. No es tan fácil a lo mejor como en Madrid; lo tienes que buscar un poco más. No es: Oye, que te invitan este finde ahí, no sé qué, vente, sino quizás más proactividad. Pero en esa dificultad también hay una riqueza muy grande.

En Burundi puedes vivir cosas que, aquí, en Madrid, serían muy difíciles. Todo el tema, por ejemplo, de la pobreza de espíritu. Ahí te das cuenta de que realmente son reales y son palpables. Digamos que pierdes cosas y ganas cosas. Hay cosas que son más difíciles y cosas que son más fáciles. Crecer en la fe en Burundi es un reto, pero también es muy bonito.

El día a día en África

– ¿Cómo es un día en concreto allí?

– [Ríe] Hacemos de todo. O sea, por una parte está el tema más de proyectos, de desarrollo, que creemos que son fundamentales. Burundi es el país más pobre del mundo. Obviamente no podemos olvidar eso, pero tampoco podemos olvidar la misión. Es ese equilibrio entre lo material y lo humano. Hacemos de todo: educación, sanidad, infraestructuras, emprendimiento…

Pero hay una parte también que es muy de estar con la gente, muy de espiritualidad, de Iglesia. Hemos construido una iglesia. Somos cuerpo y alma, y hay que atender el cuerpo y atender el alma. Hay unas necesidades materiales que son explícitas, y hay que rebelarse contra eso y luchar contra eso. Pero, a su vez, no olvidarnos de que lo material es una puerta de entrada hacia una trascendencia mayor,

– Imagino que, en tu entorno, cuando empezaron tus cambios, se quedarían bastante descolocados…

– Sí, es verdad que, al principio, sorprendió más. Luego, cuando la gente va viendo una vocación de permanencia o que eso que al principio era más raro, se va manteniendo en el tiempo, y ve una unidad de vida y una coherencia, ya como que es ah, vale, que va en serio.

Pero es verdad que, de primeras, tanto con Burundi como también con Hakuna, hay una frase que es muy normal: Pero tú no eras distinto. Probablemente, el no creer que Dios hace nuevas todas las cosas.

Entonces, ese poder transformador que tiene Cristo en nuestra vida, quien no lo ha vivido, pues quizás es más escéptico. Quien sí lo ha vivido sabe que esto es posible y mucho más. Pero bueno, sí, ha habido mucha gente que se sigue sorprendiendo todavía [ríe].

Carlos Bobillo: «Cuando vives esta otra vida, estás tan pleno que no echas nada de menos de la anterior»Álvaro Raya-Demidoff

Lo más difícil

– ¿Y qué fue lo más difícil de dejar tu vida de abogado, de tu trabajo, de la fiesta, tus planes, para meterte en esto?

– ¡Buah! No lo sé, estoy pensando… Es que fue un cambio muy radical, porque yo en ese momento estaba en el despacho aquí en Madrid trabajando. No sé si dejé el trabajo un viernes y la semana después ya estaba viviendo en Burundi. O sea que no hubo una transición. Fue un cambio tan, tan así que… Diría que nada, en realidad, que no me costó dejar nada el mundo. Es que, cuando vives esta otra vida, estás tan pleno que no echas nada de menos de la anterior. Estás feliz. Sí, muy feliz. [ríe]

– He leído que, al principio, te regías mucho por un 'principio de eficacia' en la evangelización, de hacer muchas cosas y demás, y que eso también supuso una 'conversión', un cambio para ti…

– Sí, seguro. Eso muchas veces ocurre en la Iglesia: hay una especie de eficacia empresarial y luego te das cuenta de que no funciona así. Yo creo que nos pasa a todos en mayor o menor medida. El mundo nos lleva mucho por ahí: por lo inmediato, por lo eficiente, por los resultados, porque todo son procesos. Hay unos inputs y todo se mide: ¿Qué estás consiguiendo con esto que estás haciendo?

Es verdad que, al principio, cuando sales un poco de esa lógica, cuesta un montón.

Yo, cuando llegaba a Burundi las primeras veces, iba con la mentalidad de ver qué vamos a hacer y qué vamos a conseguir. Y luego te das cuenta de que, sí, eso es importante. O sea, obviamente tenemos unos dones y es buenísimo, y el hacer las cosas bien y tratar de lograr cosas y no movernos en lo etéreo es bueno, pero que también hay que dejar a Dios hacer.

Que si tú lo llevas todo tan medido, al final es tu entendimiento humano el que lo hace todo. Que puede ser muy bueno, porque puedes haberte preparado un montón, pero no dejas lugar a la improvisación, en el buen sentido. Y eso también es un error, porque entonces estás tú tomando las riendas de algo que te sobrepasa claramente.

Ni todo es un Vamos viendo y tal, ni todo es Esto está ya todo cerrado y tiene que ser así, así y así. Yo, que venía en concreto del mundo de la empresa, cuando llegué a Burundi me di cuenta de que el mundo no se cambia desde la empresa. Es lo que decíamos antes: que lo material es importante y, el dinero, también, para poder vivir una vida digna. Pero, una vez eso está, más o menos bien dispuesto, el cambio más grande en una persona siempre está en el corazón.

– Imagino que, a través de Komera y Hakuna, organizaréis misiones de verano o por temporadas.

– Sí, sí. Llevamos veinte años. Si se hace bien es una oportunidad muy buena.

Hoy en día, con los jóvenes, tal y como va el mundo –todo tan inmediato– y con tantas heridas y tan superficial, un mes en Burundi, o donde sea, es una oportunidad buenísima para darte cuenta de dónde está la felicidad.