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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Lo que es del César y lo que es de Dios

La moneda lleva la imagen del César, pero la creación entera lleva la huella de Dios, y el ser humano, de un modo singular, ha sido creado a su imagen y semejanza

A Jesús le preguntan si es lícito pagar el impuesto al César. Si responde que sí, puede parecer que se somete al poder romano; si responde que no, pueden acusarlo de rebelión. Jesús pide una moneda y pregunta: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». «Del César», le contestan. Entonces pronuncia aquellas palabras que han atravesado los siglos: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Un cristiano reconoce en todo lo creado la huella de su Creador. Por eso, cuando contempla aquella moneda, no puede detenerse únicamente en la imagen del emperador. La moneda lleva la imagen del César, pero la creación entera lleva la huella de Dios, y el ser humano, de un modo singular, ha sido creado a su imagen y semejanza. Dar al César lo suyo no significa olvidar a Dios, porque nada de cuanto existe queda completamente al margen de su presencia.

Dios no quiere nuestra uniformidad, sino nuestra libertad. No nos ha creado como clones, obligados a pensar, trabajar, divertirnos o convivir todos de la misma manera. Quiere que cada uno desarrolle su personalidad, despliegue sus capacidades y tome decisiones responsables en los distintos ámbitos de la vida. En el trabajo, en la familia, en la cultura, en la organización social o en el descanso hay un espacio legítimo para la iniciativa personal, la creatividad y la diversidad. Dios nos ha dado inteligencia para pensar, voluntad para elegir y capacidad para encontrar caminos propios.

La libertad forma parte de la grandeza del ser humano. Dios no pretende sustituir nuestra inteligencia ni decidir por nosotros cada detalle de nuestra existencia. Se goza cuando hacemos buen uso de los talentos recibidos, cuando buscamos soluciones, emprendemos proyectos y contribuimos al bien común desde nuestra singularidad. La diversidad no tiene por qué separarnos: puede enriquecernos, siempre que aprendamos a reconocer en el otro una dignidad tan grande como la nuestra. Ser diferentes no significa vivir enfrentados, sino aportar cada uno lo que es y lo que puede ofrecer.

Pero la libertad no es una realidad sin fundamento ni orientación. No nos ha sido dada para encerrarnos en nuestros deseos, sino para amar, crecer y dar gloria a Dios. Somos libres, pero también responsables de lo que hacemos con nuestra libertad. Nuestras decisiones tienen consecuencias para los demás y para nosotros mismos; pueden construir relaciones, promover la justicia y favorecer la convivencia, o pueden herir, dividir y destruir. La verdadera madurez consiste en asumir esa responsabilidad sin renunciar a la iniciativa personal.

Por eso, dar a Dios lo que es de Dios no consiste en reservarle un pequeño espacio de nuestra vida, como si todo lo demás le resultara indiferente. Significa reconocer que nuestra relación con Él ilumina también nuestras ocupaciones más ordinarias. No hay una vida espiritual auténtica que pueda desentenderse de cómo trabajamos, cómo tratamos a los demás, cómo utilizamos nuestros bienes o cómo ejercemos nuestras responsabilidades. La fe no elimina la autonomía humana: la orienta hacia su plenitud.

Jesús no enfrenta necesariamente al César con Dios, ni nos obliga a elegir entre la vida temporal y la fidelidad al Creador. Nos enseña a reconocer el lugar de cada realidad, sin convertir ninguna criatura en un absoluto. La autoridad tiene sus límites, y la conciencia humana no puede renunciar a la verdad y al bien.