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Cristianismo o barbarie

El ayuntamiento de Limoges ardiendo y cayendo es una metáfora de la Europa sin Dios. Seguimos viviendo de las rentas: derechos humanos, igualdad, compasión con el que sufre

Durante la manifestación del 17 de octubre en Limoges, los manifestantes incendiaron el ayuntamiento de Limoges, en el departamento de Haute-Vienne, en la región francesa de Nueva Aquitania, el 17 de octubre de 2026Hans Lucas via AFP

Arde el Ayuntamiento de Limoges. 143 años de historia hechos ceniza en una tarde. Francia vuelve a ver a encapuchados quemando lo que es de todos. Y yo me pregunto: ¿de verdad nos sorprende?

Macron reacciona en X diciendo: «no hay sitio para la violencia en la República, y quien ha atacado prefecturas, saqueado comercios y ayuntamientos será perseguido y castigado». Fallo en Matrix. Porque la República, la primera de ellas, no nació en una mesa de diálogo. Nació entre guillotinas, iglesias saqueadas, monjas en el cadalso y la Vendée masacrada con las «columnas infernales» del general Turreau.

La violencia no es una anomalía: está en el acta fundacional. Esa República es la de Voltaire pidiendo aplastar a la Infame –la Iglesia–, la de Diderot en su poema Les Éleuthéromanes soñando con estrangular reyes con las tripas de los curas, la de Carrier organizando el ahogamiento de sacerdotes metidos en una barca en el Loira. En 1793 entronizaron a la «Diosa Razón» en Notre-Dame. Se quitó a Dios del altar para poner al hombre. Y el hombre, sin nadie por encima, sin moral, sin ley divina, empezó a cortar cabezas en nombre de la libertad.

No digo para justificar los actos de guerra urbana. Por supuesto no me alegro, me entristezco. Quemar un ayuntamiento es un acto criminal. Los saqueos, incendios y destrozos son una salvajada. Solo quiero haceros pensar: ¿de qué se extraña una sociedad que celebra su violencia fundacional cuando esta se repite? Los psicólogos dicen que lo que no se reconoce, volverá a ocurrir. Un trauma no elaborado e integrado vuelve en forma de síntoma.

¿Será eso? Francia lleva dos siglos sin mirar de frente su herida original. Más aún, la llama gloria. Y aquí está el punto. Quitar el cristianismo, a corto plazo, suena a liberación: sin dogmas, sin culpa, sin límites. Parece progreso. Parece adultez. El hombre elevado a la categoría de Dios. El triunfo de la antigua serpiente. La masonería frotándose las manos. Pero el cristianismo en las sociedades no es un adorno. Es el suelo: la dignidad del débil, el perdón, el límite a la fuerza, la idea de que al otro le puedes amar aunque sea tu enemigo. Si quitas el suelo, no flotas. Caes. Liberté, égalité, fraternité… tout part en merde. Con perdón.

El ayuntamiento de Limoges ardiendo y cayendo es una metáfora de la Europa sin Dios. Seguimos viviendo de las rentas: derechos humanos, igualdad, compasión con el que sufre. Son los frutos del árbol antaño frondoso que llevamos décadas talando. Mirad nuestra España.

«¡Europa, sé tú misma! Vuelve a encontrarte. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces», clamó el santo y magno Juan Pablo II en Santiago de Compostela en 1982. No le escucharon. Voz que grita en el desierto primero. Llanto y rechinar de dientes después. Otro grande y santo, Joseph Ratzinger, lo advirtió hace muchos años: una Europa que se avergüenza de sus raíces cristianas se queda sin defensas ante la barbarie, venga de fuera o nazca dentro. No hay más: cristianismo o barbarie. Limoges no es un accidente, es un síntoma.

¿Solución? Solo veo una: volver a evangelizar lo que un día fue cristiano. Europa no necesita mas palabrería y burocracia. Necesita testigos de Cristo que le recuerden quién es. Menos trajes de domingo sin misa y más cruces e iconos. Menos comisiones y más contemplación. Pero, ¿cómo evangelizar si los primeros secularizados somos nosotros? También dentro de la Iglesia. Sin duda esto empieza por convertirnos.

Recemos por Francia y Europa. Hoy arde un ayuntamiento. Mañana arderá otra cosa. Sin Dios, el hombre no se vuelve libre: se vuelve peligroso.