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Fernando RubioArchimadrid

Testigos de una mirada

La primera Cuaresma de un joven como cura en Usera (Madrid): «Predicar la palabra de Dios no es decir cualquier cosa»

El joven sacerdote Fernando Rubio se pone ante los micrófonos de la Delegación de Jóvenes de la archidiócesis de Madrid, donde comparte una mirada que le ha cambiado en los últimos meses

El padre Fernando Rubio fue ordenado sacerdote hace unos pocos meses, el 6 de mayo de 2023. Ahora es vicario de la parroquia Virgen de la Fuensanta en el madrileño barrio de Usera. El Debate habló con él para que nos comparta qué le ha cambiado en estos meses.

–Fernando, este año vivirá su primera Semana Santa como sacerdote, ¿Cómo quiere vivirla?, ¿Qué le hace más ilusión?

–En realidad se me hace muy raro pensar que va a ser mi primera Semana Santa o Cuaresma como sacerdote. No llevo una lista de la primera vez que hago esto como sacerdote, pero sí quiero que sea especial, porque la cuaresma me encanta. Es un tiempo súper bonito que nos lleva a la Semana Santa. Pero no lo veo como: ahora que soy sacerdote puedo hacer más cosas… se me hace raro pensar que solo llevo nueve meses cómo cura.

Entonces, ¿qué voy a hacer? Pues disfrutar acompañando, lo que hasta ahora he hecho; tomármelo muy en serio, pero no en serio de esforzarme, sino de vivir con intensidad estos días, prepararme para poder disfrutar de la Semana Santa.

–Esta primera cuaresma como sacerdote, aunque no quiera verla, tendrá cosas especiales. ¿Qué espera?

–Siempre hay una primera vez de todo. El año pasado me impactó mucho, como diácono, el predicar el Jueves Santo. Fue muy extraño, he hablado mil veces en público, soy periodista, no me resulta algo especial, o difícil, hablar a la gente. Pero de repente el Jueves Santo me tocaba a mí, y no cómo lo había vivido desde niño, siendo monaguillo, sino que yo predicaba. Me paré a preguntarme seriamente: ¿Y qué digo? Esta es la predicación que más me ha impuesto, a lo mejor estuve dos semanas preparándola y este año me vuelve a tocar.

Predicar la palabra de Dios no es decir cualquier cosa y en Jueves Santo hay muchas cosas en juego, los sentimientos están a flor de piel. En general, predicar es algo importante para mí, que me sobrepasa, me lo preparo mucho, lo rezó mucho.

¿A qué se dedica un sacerdote joven?

–A lo mismo que un sacerdote mayor. Te cambió la pregunta: ¿a qué se dedica un sacerdote de parroquia? Porque eso es lo que soy: un sacerdote de parroquia que vive ilusionado con lo que hace ahora mismo.

Gran parte de mi tiempo lo paso escuchando personas. No soy psicólogo, no pretendo serlo, no hay intrusismo laboral para nada. Yo simplemente acompaño y genero espacios de confianza para que juntos podamos descubrir cómo está actuando Dios en la vida de las personas.

–Al ser más joven, ¿no siente que la gente percibe más cercanía, como más confianza?

–Hablo como hablo, porque soy de la generación que soy, un millennial. No intento ir de cura enrollado, como el meme del señor Burns y ponerme de: ‘oigan colegas’. Pero también soy joven y entiendo cosas, por ejemplo, si los jóvenes dicen «PEC» lo entiendo perfectamente, no tengo que hacer grandes esfuerzos. Esa cercanía a la hora de vivir en la misma cultura, me ayuda poder conectar con ellos. Solo basta con ser normales, es cierto que puedo llegar a lugares donde otros sacerdotes no llegan, pero eso es lo bonito del sacerdocio, que juntos podemos hacer más.

Fernando Blanco (I), antes de su ordenación como sacerdoteInstagram

–Durante estas primeras semanas como sacerdote, seguro que ha sido testigo de muchas miradas... ¿Nos podría compartir una?

–Me quedó con la mirada de Martí, una persona que en noviembre se suicidó, era miembro de nuestra parroquia. Vivía con mucha intensidad la vida, tenía trastorno límite de la personalidad. Su marcha ha sido un palo muy gordo para la parroquia y para mí. A la vez ha sido una experiencia muy heavy y me ha puesto a pensar en lo que creo, en la vida después de la muerte, en que merece la pena vivir, aunque esto a veces es muy jodido.

Desde entonces la muerte de Martí ha sido un antes y un después en mi manera de vivir. El funeral fue muy difícil, porque lo estaba pasando mal, pero la gente quería una palabra de esperanza. Ahí es dónde te das cuenta de que no existe vida humana prescindible y que, de la experiencia más dolorosa, como puede ser un suicidio, puede haber mucha luz a posteriori.

Su mirada me acompaña, hablo mazo con ella, a veces le digo: ‘a ver si nos echas una mano’. Igual que la JMJ me ayudó a saber que mi sitio es este, la muerte de Martí me lo reafirma.

–¿Qué sueña de los jóvenes de Madrid?

–Sueño que realmente seamos la Iglesia, que nos quisiéramos de verdad, con las diferencias que tenemos, que no tratáramos de imponer nada a nadie, que pudiéramos ser referentes de acogida, de ir a las personas tal y cómo están y no como nos gustaría que estuvieran y que en esa forma de vivir la gente descubriera en nosotros algo que no encuentran en otro sitio.

Y no porque fuera algo alejado del mundo, sino porque vemos más en el mundo, que disfrutamos muchísimo de la realidad, con sus cosas buenas y malas. Que en la alegría y en el sufrimiento seamos santos, pero nada de perfectos. Que nos mostremos vulnerables, que compartamos el sufrimiento, el llanto, el mirar. Que seamos capaces de ofrecer, no una ideología o un plan que se tiene que cumplir, sino un camino para seguir a Cristo y que Él nos transforme la mirada. Si lográramos ser así, seríamos la bomba.