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Alcide de Gasperi

Alcide de Gasperi es considerado uno de los 'padres de Europa'

Alcide De Gasperi, el político que rezaba en latín mientras construía Europa, más cerca de los altares

Avanza la causa de beatificación del estadista y líder de Democracia Cristiana tras cerrar la fase diocesana en Roma, un paso que vuelve a enfocar no solo su peso político, sino la fe que sostuvo toda su vida

Hay personajes que pese al paso del tiempo y la distancia continúan formando parte del relato que sostiene Europa. Alcide De Gasperi es uno de ellos. Cuando falleció hace setenta años en su casa en el norte de Italia «Jesús» fue, según su hija María Romana, la última palabra que pronunció. Ahora, coincidiendo con este aniversario su causa de beatificación avanza con la clausura de la fase diocesana en Roma que tuvo lugar hace unos días, un proceso que vuelve a poner sobre la mesa no solo su papel político sino también la dimensión espiritual que marcó su trayectoria.

A menudo se pasa por alto que las figuras políticas más relevantes también enfrentan momentos de duda, cansancio y reflexión. De Gasperi, uno de los llamados «padres de Europa», escribía oraciones y pensamientos en papeles oficiales del ministerio, en italiano y en latín, como si entre despacho y reuniones necesitara hacer hueco a Dios para que «le ayudara en los momentos difíciles», reveló su hija en una entrevista en el canal italiano TV2000.

En una época en la que la política a menudo se asocia con el ruido y la lucha por el poder, es relevante recordar a aquellos que entendieron su papel al servicio al bien común. Como señaló el cardenal Baldassare Reina durante la sesión final de la investigación diocesana sobre sus virtudes heroicas: «Para él, la política no era un ejercicio de poder, sino una misión de servicio. Cada decisión que tomó estuvo inspirada por el deseo de construir una sociedad justa y solidaria».

Europa como vocación

No fueron años fáciles los suyos. De Gasperi, uno de los grandes estadistas de la Italia del siglo XX, estuvo marcada por períodos de intenso aislamiento, tanto físico como emocional. En 1927, cuando su hija María Romana tenía apenas cuatro años, su padre fue arrestado por la policía fascista. De Gasperi, líder del Partido Popular Italiano, fue condenado y pasó casi dos años en prisión. Fue en ese tiempo, bajo el régimen de Benito Mussolini, cuando su espiritualidad se consolidó aún más, una fe arraigada que, con el tiempo, supo transmitir a su hija.

Aunque De Gasperi fue liberado de la cárcel, no recuperó su libertad plena. Un empleo en la Biblioteca Vaticana le permitió sobrevivir económicamente, pero vivía bajo vigilancia constante. Durante esos años, su hija comenzó a comprender la magnitud de las decisiones de su padre y su papel en la resistencia. A través de su valentía y su contacto con otros disidentes católicos, María Romana se involucró activamente en la lucha, incluso tomando riesgos al transportar documentos secretos en su bicicleta durante la ocupación alemana.

Tres democristianos y un continente por reconstruir

Tras la Segunda Guerra Mundial, De Gasperi, ya líder de la Democracia Cristiana, asumió la presidencia del Consejo de Ministros de Italia. A pesar de los logros y la confianza de su pueblo, las tensiones persistieron. No estaba solo en esa tarea: el alemán Konrad Adenauer y el francés Robert Schuman, formaron junto a De Gasperi un núcleo decisivo de líderes democristianos que, desde países enfrentados por la guerra, apostaron por la reconciliación y sentaron las bases del proyecto europeo.

En ese contexto, De Gasperi defendió con firmeza la unidad europea y la protección de las libertades democráticas frente al avance del comunismo, mientras intentaba mantener un delicado equilibrio con la Iglesia. Su relación con el Papa Pío XII fue tensa, pues desde el Vaticano le reprochaban no actuar con más dureza contra la marea roja, aunque De Gasperi había logrado frenar su expansión en las urnas, reforzar las instituciones democráticas y consolidar una alternativa política basada en los principios de la doctrina social de la Iglesia.

Así lo explicó también en Bruselas, en 1948, apenas tres años después de tomar las riendas de Italia: «Contra las fuerzas instintivas e irracionales, contra la mística del materialismo revolucionario, no existe otra vía posible que el recurso a las instancias de nuestra civilización común: hemos de constituir la solidaridad de la razón y del sentimiento, de la libertad y de la justicia».

La fe cotidiana de un líder discreto

«De Gasperi entendió que la cooperación entre los estados europeos era la clave para garantizar la paz y la estabilidad», destacó el cardenal Reina. Europa no era para él un proyecto técnico ni económico. Era, como afirmó el purpurado, «una alternativa fuerte y con visión de futuro a las divisiones nacionalistas que habían marcado el continente».

Alcide, ese hombre discreto, que vivió su fe «sin ostentación, alimentándola diariamente con la oración y la meditación», como se recordó en la clausura de la fase diocesana, sigue siendo un ejemplo hoy más necesario que nunca.

Su acción fue definida como «profética, sacerdotal y real», porque supo encarnar los valores cristianos al servicio del bien común. De Gasperi no solo se limitó a defender la unidad europea, sino que, con su visión, creó una alternativa a las divisiones que arrastraban al continente, construyendo una Italia democrática tras años de fascismo y cimentando los principios de una Europa más cohesionada y estable.

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