«Vosotros sois la sal de la tierra»
Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente
Al decir a sus discípulos «vosotros sois la sal de la tierra», Jesús utiliza una imagen profundamente cotidiana para su tiempo: la sal. Antes de la refrigeración, la sal no servía solo para dar sabor, sino sobre todo para conservar los alimentos. Para impedir que aquello que era tan necesario para subsistir se echara a perder con el paso del tiempo. Sin la sal, la corrupción era inevitable.
La corrupción, en su sentido más profundo, no es solo un delito ni un escándalo público. Es la descomposición de algo valioso. Se corrompe la carne cuando pierde su integridad; se corrompe el alma cuando se aparta de la verdad; se corrompe una sociedad cuando pierde el sentido del bien. Por eso la palabra de Jesús atraviesa los siglos y llega intacta hasta hoy. Vivimos rodeados de ejemplos de corrupción: en la política, donde el poder se convierte en fin y no en servicio; en las empresas, cuando el beneficio se impone a la dignidad de la persona; incluso dentro de la Iglesia, cuando algunos olvidan que su autoridad nace del Evangelio y no de sí mismos. Nada de esto es nuevo, pero sí especialmente visible y doloroso.
Frente a este panorama, Jesús no propone un sistema ideológico ni una estrategia de control externo. Propone una vida. Solo la verdad, la bondad y el bien preservan al ser humano de la descomposición interior. Y esas realidades no son conceptos abstractos. Tienen un rostro. Jesucristo se presenta a sí mismo como el camino, la verdad y la vida. En Él no hay doblez, no hay cálculo, no hay corrupción. Por eso seguir a Jesús no es adherirse a una moral fría, sino acoger una hoja de ruta segura para no extraviarse y para no estropear el propio corazón.
Ser sal de la tierra no significa imponerse ni llamar la atención. La sal actúa en silencio, mezclándose con lo que conserva. El cristiano auténtico no preserva el mundo con discursos grandilocuentes, sino con una vida coherente. No transmite la fe principalmente con palabras, sino con obras: con la honradez en lo pequeño, con la fidelidad en lo oculto, con la misericordia concreta hacia el que sufre. Ahí está su fuerza.
Cuando el cristiano vive unido a Jesús, se convierte sin darse cuenta en antídoto contra la corrupción del alma y de la sociedad. Su vida conserva, sana y orienta. Y entonces ocurre algo más: la sal se vuelve luz. No una luz que deslumbra, sino una luz que permite ver, que ayuda a no tropezar. En un mundo que se descompone con facilidad, Cristo sigue confiando en los suyos y les transmite esta exigencia y responsabilidad: vosotros sois la sal de la tierra. La cuestión decisiva es si aceptamos vivir como tal