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Monjes benedictinos de la abadía de Sainte Marie de la GardeABIKER SIMON

¿Crees que el ayuno intermitente es nuevo? El secreto de los monjes del siglo III que la ciencia hoy llama OMAD

Desde los áridos desiertos de Egipto hasta las reglas monásticas de Europa, la práctica de realizar una sola comida al día ha pasado de ser una herramienta de ascesis espiritual a convertirse en el fenómeno de bienestar más popular del siglo XXI

Hoy se presenta como una tendencia reciente del mundo del fitness y la salud metabólica. Pero la idea de comer una sola vez al día, que hoy denominamos técnicamente como OMAD (One Meal A Day), tiene raíces mucho más antiguas de lo que suele pensarse. Para encontrar su origen hay que viajar al desierto de Egipto, donde en los primeros siglos del cristianismo surgió un movimiento de ascetas conocidos como los Padres del Desierto.

Estos monjes abandonaron la vida urbana y se retiraron a los desiertos de Egipto, Siria y Palestina con un propósito: buscar a Dios a través de la oración, el silencio, el trabajo manual y el ayuno. Pero este, a a diferencia de hoy, no era una estrategia de salud ni un método para perder peso, sino una práctica destinada a fortalecer la voluntad, cultivar la virtud, dominar las pasiones y desprenderse de apegos terrenos.

Con el tiempo, esa forma de vida salió del desierto y se extendió por Europa. En el siglo VI, figuras como Benito de Nursia y Juan Casiano recogieron muchas de esas prácticas y las organizaron en normas que marcarían el monacato occidental, especialmente en la conocida Regla de san Benito.

Imitar a los monjes fuera del claustro

Esta práctica del ayuno no era un experimento pasajero, sino una regla de vida sistematizada. Según estas disposiciones, la norma era comer una sola vez al día, habitualmente sobre las 12:00 del mediodía o al atardecer, dependiendo del calendario litúrgico. Solo en periodos específicos, como entre Pascua y Pentecostés, se permitían dos comidas. Además, el ayuno solía guardarse los miércoles y viernes hasta la hora nona (3 p.m.), aunque la norma se flexibilizaba cuando el trabajo era especialmente duro o el calor lo hacía necesario.

La dieta monástica destacaba por su equilibrio y simplicidad. Cada monje tenía asignada una libra de pan diaria (unos 328 gramos) y, si había cena, se apartaba una tercera parte de esa ración para la noche. La comida incluía por lo general dos platos cocinados para asegurar que quien no pudiera comer uno, se alimentara con el otro. Además se solía añadir fruta o legumbres de temporada.

Pero este régimen no era exclusivo de los monasterios; según fuentes históricas, los laicos también adoptaban estas 'restricciones' durante la Cuaresma, imitando la disciplina de los monjes para fortalecer su voluntad, con excepciones solo para niños, ancianos y aquellos que realizaban trabajos físicamente arduos.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre el pasado y el presente. Mientras que muchas versiones actuales del ayuno se enfocan principalmente en fines físicos y estéticos como la pérdida de peso, para los monjes originales era un ejercicio de templanza y humildad. El objetivo no era esculpir el cuerpo, sino dominar los deseos terrenales para abrir espacio a lo divino, una práctica que sigue proponiendo la Iglesia como un medio para disponer el espíritu a la gracia y a los dones de Dios.