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'La Virgen y el Niño' de Sandro Boticelli

Flores para la Madre: por qué el mundo se rinde a los pies de María cada mes de mayo

Lo que comenzó como un festejo pagano a la primavera se ha convertido, con el paso de los siglos, en la cita ineludible del pueblo cristiano con su Madre

El inicio de la primavera tiene una poderosa carga simbólica. Con el mes de mayo, la naturaleza se cubre de flores y todo aquello que parecía muerto bajo el frío del invierno vuelve a la vida. Esa explosión de belleza y renovación se convierte también en un reflejo de María: de su hermosura y de su respuesta plena a Dios. Pero, ¿de dónde viene esta tradición que llena de pétalos nuestros altares?

De las fiestas romanas a las cantigas del Rey Sabio

Aunque hoy nos resulte natural ver los santuarios marianos rebosantes de flores, la dedicación exclusiva de este mes a la Virgen es fruto de una evolución histórica. Sus raíces entroncan con las antiguas fiestas florales romanas que festejaban la primavera como expresión de vida. Ya en la Edad Media, se intentó dar un contenido espiritual a estas prácticas; ejemplo de ello son las cantigas de Alfonso X el Sabio, que ya en el siglo XIII dedicaba versos a las fiestas marianas de este mes.

Sin embargo, el «mayo mariano» tal como lo conocemos hoy tiene sus hitos fundamentales más adelante. El primer testimonio claro data de 1596, cuando San Felipe Neri exhortaba a los fieles a ofrecer obsequios a la Virgen, principalmente adornando sus altares con flores. Antes, en 1549, el monje benedictino Wolfgang Seidl ya había publicado el «Mayo espiritual», sentando las bases de una devoción que el Barroco terminaría por consagrar.

Un mapa mariano de fe

Más allá de la tradición estética, la Iglesia ve en mayo una oportunidad para profundizar en la maternidad espiritual de María. Esta misión, encomendada por Jesús al pie de la Cruz con aquel «Hijo, he ahí a tu madre», convierte a la Virgen en la cuidadora constante de los discípulos. Como subraya el Vaticano II, su presencia no oscurece la unión de los fieles con Cristo, sino que la fomenta, actuando como una mediadora de la gracia que nos acerca directamente al único Mediador.

Esta «verdadera devoción», en palabras de san Luis María Grignon de Monfort, no es un refugio sentimental, sino un camino de conversión real. María, la muchacha de Galilea nacida sin pecado, sigue acompañando, exhortando y sirviendo de consuelo a quienes acuden a ella.

España y Europa están pobladas de advocaciones y santuarios que son signo de cómo el pueblo cristiano reconoce esta presencia en su propia historia. Durante estos treinta días, el rezo del Rosario, las ofrendas florales y la meditación de los dogmas marianos se convierten en la memoria agradecida de una Iglesia que se sabe amada por su Madre.

Como recordaba San Juan Pablo II, acercarse a María es permitir que su presencia influya en nosotros, enriqueciendo nuestra fe y haciendo nuestra oración más firme y humilde. En este mayo que ya florece, la invitación vuelve a actualizarse: mirar a la Madre para descubrir, tras el velo de las flores, el triunfo de la vida de Dios.