Españoles, ¡alzad la mirada!: León XIV en una nación que olvidó su alma
León XIV–Pedro– no viene a España para ser aclamado ni para bendecir proyectos políticos ni para proporcionar munición a unas u otras trincheras eclesiásticas: viene para recordar que existe una Verdad superior a nuestras conveniencias
León XIV llegará a una España profundamente ilusionada por su presencia
Pedro vuelve a una tierra de campanas mudas
Llenazo en los hoteles de Madrid y Barcelona: llega León XIV a España. Quince años después de la última visita de un Romano Pontífice a nuestra patria (Juan Pablo y Benedicto la querían mucho), vuelve Pedro a una tierra que durante siglos fue el gran pulmón espiritual de la Iglesia universal. No llega a aquella España ya en los acabijos de una cultura cristiana, como la que recibió a Wojtyla, o la España de la dictadura del relativismo, que no aclamó demasiado a un Ratzinger que ya era demasiado para su atonía.
Llega a una nación cansada y enferma, dividida, envejecida en muchas de sus convicciones, vapuleada por los odios de la memoria histérica, el feminismo y la ideología de género. A una España lastrada por años de desgobierno socialista, con un presidente que tiene a todo su entorno legalmente imputado. A una España no tan desarrollada como cabría esperar, alarmantemente insegura o suicidamente apóstata de sus raíces.
Llega a una España que sigue mostrando catedrales de turistas, pero donde cada vez menos españoles saben por qué se levantaron las catedrales; a una España que conserva procesiones multitudinarias, pero donde muchos desconocen ya al Dios que pasa bajo los palios.
Llega a una España que aún conserva una inmensa reserva espiritual en sus pueblos, sus monasterios, sus familias creyentes, sus sacerdotes fieles y sus jóvenes generosos, pero que al mismo tiempo experimenta una profunda fatiga moral, una creciente fragmentación social y una preocupante pérdida de referencias comunes. Por eso esta visita tiene mucha importancia; no viene un jefe de Estado o una personalidad mundial: viene el Sucesor de Pedro.
Un Papa, no un talismán
Cada época fabrica sus propias idolatrías: las antiguas adoraban estatuas de mármol; las modernas prefieren las imágenes mediáticas. También dentro de la Iglesia existe a veces la tentación de convertir al Papa en aquello que nunca ha sido: un oráculo destinado a resolver todas las cuestiones, un líder carismático al que se aplaude hasta cuando estornuda, un estandarte ideológico que se agita en las disputas eclesiásticas. Y eso no es católico.
La Iglesia ama al Papa precisamente porque no lo considera el centro de la Iglesia. El centro es Jesucristo; Pedro debe conducir a Él. Su autoridad es vicaria; su misión, altísima, es recibida; su ministerio de cabeza visible de la Iglesia está enteramente ordenado a la Cabeza invisible.
Por eso los católicos no recibimos al Romano Pontífice con la curiosidad con que se acoge a una celebridad, ni con la adhesión incondicional que los regímenes totalitarios exigen a sus dirigentes; lo recibimos con algo mucho más libre y por eso, hondamente teologal: con fe racional, que no fideísta, y con amor filial, que no cortesano. Amor filial significa respeto sin servilismo, obediencia sin adulación, veneración sin papolatría.
En una sociedad dominada por el culto a la personalidad, donde todo se reduce a líderes, bandos y consignas, la figura del Papa posee una singular grandeza precisamente porque remite a algo que está más allá de sí misma. León XIV–Pedro –no viene a España para ser aclamado ni para bendecir proyectos políticos ni para proporcionar munición a unas u otras trincheras eclesiásticas: viene para recordar que existe una Verdad superior a nuestras conveniencias, una Ley moral universal que no votan los parlamentos y un destino eterno que ninguna encuesta puede medir.
Cuando Pedro cumple verdaderamente su misión, no tranquiliza las conciencias acomodadas: las despierta, no halagando a los pueblos, sino llamándolos a convertirse. Ni propone una nueva moral católica que haga mangas y capirotes de la Escritura y la Tradición. Enseña la Verdad, que es Jesucristo, el mismo ayer y hoy siempre. Y eso es lo que España necesita escuchar en esta hora de confusión y de hartazgo. Lo que espera oír de un Papa, in situ, después de tres lustros.
«Alzad la mirada»
El mote es penetrante: «Alzad la mirada». Estas palabras del Evangelio parecen pronunciadas expresamente para la España de nuestros días, una de cuyas enfermedades es haber perdido la capacidad de mirar lejos. Ay, España, rodeada de información y escasa de sabiduría; saturada de opiniones y noticias, y ¿hambrienta? de verdad.
La vida pública se consume en polémicas efímeras; la política es incapaz de levantar la vista por cima del próximo titular; la «cultura» se entretiene demasiado en la provocación estéril; y el hodierno españolito ha reducido el horizonte de su existencia a las dimensiones de su bienestar inmediato. Cuando el hombre deja de mirar hacia arriba, acaba mirando demasiado hacia sí mismo; si una nación pierde el sentido de lo alto, se encanija y se amuerma.
Aburrida y aburrada, España atraviesa un marasmo de tedio. No se trata de la pobreza material de otros tiempos ni de las heridas de una guerra, sino de algo más profundo: una pérdida de confianza en las razones que justifican nuestra existencia común; una extraña tendencia a avergonzarse de aquello que durante siglos alimentó lo mejor de nuestra historia.
España ha conocido sus momentos más fecundos cuando ha sabido alzar la mirada. Lo hicieron Don Pelayo, Isabel la Católica, Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Blas de Lezo, los diez mil mártires de nuestra Cruzada – que no «del siglo XX» – y tantos y tantos que, escapando a la hora de los enanos, amaron a su patria como unidad de destino en lo universal. Yo espero que León XIV llegue invitándonos a mirar más alto para reencontrar las razones de la esperanza.