La Restitución, por Remy Cogghe
Hablar con Dios para hablar a los hombres: la importancia de la oración antes de la corrección
«No juzguéis y no seréis juzgados», dice el Señor muchas veces. Todo el mundo se atreve a decir de todo, y poca gente corrige a quien deshonra a otros
Creo que era Santiago Carrillo que decía: «Si cada domingo tuviera veinte mil púlpitos, hace muchos años que España sería comunista». Quizás no valoramos la formación que cae gota a gota sobre nuestros fieles, o es posible que ni siquiera nos imaginemos que el Espíritu Santo, puede formar el corazón de cualquiera aprovechando la homilía, no sólo dominical, sino incluso la diaria.
Porque sí, las mediaciones son parte de la vida espiritual. Jesús es el único mediador pero se aprovecha del Rosario, de un libro, de las palabras de un amigo, de una obra de misericordia, del sermón del párroco. El día que me pidieron estas letras, el Evangelio que tocaba era éste:
Mt. 18, 15-20
Siempre me ha llamado la atención que, en muchas ocasiones, las personas de iglesia, actuamos al revés, exactamente. Lo primero que hacemos es juzgar a otro, o creernos el juicio que ha hecho cualquiera, sin preocuparnos de su credibilidad. Cuando oímos una calumnia, lo primero que sucede es que desplegamos una bandera de alarma, no sobre la persona calumniadora sino sobre aquella que ésa última ha decidido calumniar.
«No juzguéis y no seréis juzgados», dice el Señor muchas veces. Todo el mundo se atreve a decir de todo, y poca gente corrige a quien deshonra a otros. Es decir, consideramos pagano a un amigo de toda la vida, solamente porque otro ha vertido sobre él una sombra de sospecha, o por despecho, o por envidia, el motivo es indiferente. En el fondo, siempre coincide, por cobardía.
Amar al prójimo también significa proteger su reputación
Lo segundo que hacemos es decírselo a la comunidad. Tratamos de comentarlo con el mayor número de personas conocidas, sobre todo, diciendo, por supuesto, que no lo comenten con nadie. Olvidamos que para ser perdonados deberíamos devolver la fama del prójimo. Nos queda algo, decírselo a los dos o tres más próximos. Pero no para que solucionen nada, sino para que le den el golpe de gracia. Y, al final, de rebote, nunca directamente, se entera el interesado. Es decir, hemos actuado al contrario de lo que nos manda el Señor en el Evangelio.
Veamos que se debería hacer cuando alguien te ofende. Si no te ofende, lo mejor será callarse. Jesús nos dice: «Repréndelo a solas». ¡Qué pocas personas tienen la nobleza de venir a hablar con cualquiera que les haya ofendido y decir que esto o lo otro no me ha parecido bien! Creo que no es tan difícil. Es lo que toda la vida se ha llamado «corrección fraterna». No se trata de ir poniendo de vuelta y media a los demás, sino de solucionar el problema, y si diciéndoselo no te hace caso, entonces, reunido con él, y con el Señor, como dice San Mateo en versículos siguientes, con Dios en medio de nosotros, se lo podemos decir a dos o tres más.
No contagiar el espíritu del mundo, sino el Evangelio
Lo de la comunidad lo tenemos que reservar para el final, y considerarlo una mala persona, sería lo último, aunque muchas veces actuemos como si fuera lo primero que hay que hacer. A la iglesia militante se le puede contagiar el espíritu del mundo, y debemos tener cuidado. Es el espíritu evangélico lo que debemos contagiar. Y, por supuesto, mucho peor si lo que pretendemos decir como malo, encima de todo, está bien. «¡Ay de los que al bien llaman mal!», dice el profeta Isaías.
Así, meditando nuestra manera de proceder a la luz del Evangelio, aunque sea el de la Misa diaria, nos vamos todos formando paso a paso, sin dejar contagiarnos con lo que hacen los políticos, la televisión o cualquiera que sea capaz de venderse por treinta monedas o algo similar. También es conveniente «hablar de los hombres a Dios, para después hablar de Dios a los hombres».
Si tengo que corregir algo, mejor ponerlo en oración, quizás no está tan claro lo que a mí me parece, quizás me equivoco yo, quizás me doy cuenta que las frase más agresivas de Jesús, suelen ser por juzgar a otros. Aquello de «hermano, deja que te quite la mota de polvo que tienes en tu ojo». Quitemos nuestras vigas primero. Puede ser un buen criterio, empezando por mí, para este nuevo curso.
El padre Antonio María Doménech es sacerdote rural de la diócesis de Cuenca que evangeliza en internet a través de su cuenta @sotanarural.