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TribunaMonseñor Alberto José González Chaves

Reina ¡y Madre de misericordia!

La Iglesia mira primero a María elevada al cielo en cuerpo y alma a la gloria y, ocho días después, la contempla coronada. La fiesta de María Reina proclama la victoria de la gracia en una criatura. En María contemplamos hasta dónde puede llevar Dios a quien se deja hacer enteramente por Él.

La coronación de la Virgen, de Diego Rodríguez de Silva y VelázquezMuseo Nacional del Prado

La Iglesia no comenzó llamando Reina a María tras largas disquisiciones académicas, sino espontáneamente, al descubrir la consecuencia inevitable de lo que ya cree. Si el Hijo que María llevó en sus entrañas es Rey; si el Niño que descansó sobre sus rodillas es el Señor de cielo y tierra; si el Crucificado que Ella vio morir reina precisamente desde el árbol de Su Sacrificio y el Resucitado ha recibido del Padre todo poder en el cielo y en la tierra, ¿cómo no reconocer una misteriosa dignidad regia en Aquella que estuvo unida a Él como ninguna criatura lo estuvo jamás?

Esta vieja convicción de la Iglesia recibió una formulación vigorosa en la encíclica Ad caeli Reginam, publicada por el Venerable Pío XII el 11 de octubre de 1954, al término del Año Mariano. El Papa no pretendía introducir una devoción nueva ni añadir tardíamente una joya más a la corona de María. Él mismo lo advierte expresamente: no se trataba de proponer «una nueva verdad» al pueblo cristiano, sino de hacer resplandecer con mayor claridad una verdad que la Iglesia había rezado, cantado, pintado y vivido durante siglos. Al instituir la fiesta de María Reina, Pío XII proclamaba que la Iglesia llevaba siglos contemplándoLa coronada.

María, escribe Pío XII, «reina en todo el mundo con maternal Corazón». He aquí la clave: reina como Madre. Su realeza no es un florón añadido a su maternidad, como si después de haber sido Madre de Jesús hubiese recibido además un cetro y una diadema; esa corona es su maternidad. María reina maternalmente, porque todo en Ella procede de su relación con Cristo y se prolonga, en Cristo, hacia nosotros.

Madre del Rey

La raíz de Su realeza es Su Maternidad divina. María es Reina porque es Madre del Rey. Pero, ¿hasta dónde llega esta afirmación? Ella no es la madre de un hombre que más tarde llegó a ser rey: el que se forma de su carne y recibe de Ella sangre, rasgos humanos y latidos es, desde el primer instante de su existencia humana, el Verbo eterno hecho carne. Según Pío XII, María dio vida a un Hijo que, «ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas». La realeza de María nace así en Nazaret, en el secreto de la Encarnación. Antes de que hubiera coronas de oro, procesiones, letanías o catedrales levantadas en su honor, hubo una muchacha desconocida que pronunció un fiat.

Y en aquel instante silencioso comenzó su reinado, ¡tan distinto de los reinos de la tierra! María comienza a reinar arrodillándose. Su primer trono es la pobreza de Nazaret; su primera corona, el silencio; su cetro, la obediencia; su palacio, una casa humilde; y el Rey que la hace Reina se esconde durante nueve meses dentro de ella. Dios tiene estas paradojas. Cuando quiere engrandecer a una criatura no la hincha, la vacía; para levantarla, la hace descender. Para coronar a María, le enseña a decir: «He aquí la esclava del Señor».

Reina por su unión con el Redentor

Pero Pío XII da un paso más en Ad caeli Reginam: María no es Reina únicamente porque es Madre del Rey, sino porque fue asociada a la obra del Redentor. Cristo es Rey no sólo porque es Dios, sino también porque nos ha conquistado con su Sangre. Su Reino tiene el color rojo de la Redención: somos Suyos porque nos ha comprado a gran precio. Pues bien, si María estuvo singularmente asociada a esa obra salvadora, Su realeza posee también una dimensión Corredentora. El Papa recurre a la antigua comparación patrística entre Eva y María.

Si junto al primer Adán estuvo Eva; cabe el nuevo Adán quiso Dios poner la nueva Eva: la Virgen aparece, por designio divino, en la aurora de la restauración. Naturalmente, no en igualdad con Cristo, porque sólo Él es el Redentor, el Mediador en sentido propio y fontal. Pero Dios quiso que la Madre no fuese una espectadora lejana del misterio: María pertenece íntimamente al misterio de Cristo. Belén conduce al Calvario: los brazos que sostuvieron al Niño terminarán abiertos y vacíos al pie de la Cruz; la carne inmaculada que Ella había entregado al Verbo será la carne atravesada por los clavos; la sangre recibida de María será derramada por la salvación del mundo.

Y la Madre estará allí. Pío XII utiliza una expresión impresionante: María ofreció a su Hijo al Padre en el Gólgota juntamente con «el holocausto de Sus derechos maternos y de Su maternal amor». No subió físicamente a la Cruz, pero la Cruz atravesó espiritualmente su maternidad. No derramó la Sangre redentora, pero entregó a Quien la derramaba. No fue crucificada con clavos, pero permaneció unida al Crucificado con aquella espada que Simeón había anunciado muchos años antes.

La corona y la Cruz

Así, la corona de María no puede separarse de la Cruz. Si quisiéramos pintar teológicamente Su realeza, habría que colocar detrás de Su trono el madero del Calvario. María Reina no es una figura decorativa del retablo, engalanada con joyas y distante de nuestras miserias: es la Mujer del Calvario glorificada; la que estuvo de pie cuando parecía derrumbarse todo; la que creyó cuando los sentidos sólo podían percibir derrota, sangre, desnudez y muerte; la que conservó intacta la esperanza cuando el Rey sólo poseía, para morir, un madero.

Su realeza es tan consoladora para nosotros porque Ella conoce el territorio sobre el que reina: sabe de dolor, de pobreza, de destierro; conoce la oscuridad de la fe, porque caminó sin comprender siempre los designios de Dios; la espada, porque la llevó clavada en el alma. Y esa Mujer, que conoció nuestras lágrimas sin conocer nuestro pecado, es la Reina.

Pero todavía avanza más Pío XII. De la unión de María con Cristo Rey procede, afirma, «aquel regio poder con que ella puede dispensar los tesoros del Reino del Divino Redentor» y la eficacia inagotable de su intercesión ante el Hijo y ante el Padre. La doctrina es luminosa: Medianera y Corredentora, María no posee nada al margen de Cristo, pero en Cristo lo recibe todo para nosotros. No es una fuente paralela a la fuente que es Jesús, sino el cauce maternal por el que Dios ha querido que llegue hasta sus hijos el agua nacida del costado abierto del Salvador.

El refugio de las horas oscuras

Su realeza se vuelve mediación maternal. Pío XII recuerda la enseñanza de León XIII acerca del poder «casi inmenso en la distribución de las gracias» concedido a María y la afirmación de san Pío X de que Ella ejerce esta misión «como por derecho materno». Son palabras de enorme densidad. La Reina puede porque es Madre; y precisamente porque es Madre, su poder no inspira temor. En Ella el poder y la ternura no se oponen. Cuanto más elevada está, más cerca se encuentra de nosotros; si poderosa es su intercesión, más maternal resulta su ejercicio.

Por eso el católico acude instintivamente a María en las horas oscuras. El niño no conoce tratados sobre la maternidad: sencillamente corre hacia su madre. Así, el pueblo cristiano ha sabido desde siempre que había un lugar donde podía depositar sus miedos, sus enfermedades, sus pecados, las guerras, los hijos que se marchan, las vocaciones que vacilan, los matrimonios heridos, los sacerdotes cansados, los moribundos y las almas que atraviesan la noche. Ese lugar es el Corazón Purísimo de la Reina y Madre de misericordia, vita, dulcedo, et spes nostra.

Pío XII, al dirigir Ad caeli Reginam a un mundo cubierto por las cicatrices de la guerra y amenazado por nuevos enfrentamientos, presenta también a María como Reina de la paz. Y resulta particularmente hermosa la imagen bíblica que propone al final de la encíclica: María es el arco iris colocado por Dios sobre las nubes después de la tormenta, signo de alianza y promesa de serenidad. No una paz barata, porque el Papa advierte que la verdadera paz no consiste en permitir la injusticia ni en llamar libertad al desorden, sino en aquella «concordia bien ordenada» que nace de la voluntad de Dios.

Alzar la mirada hacia la Reina

También hoy vivimos bajo nubes oscuras. Cambian los nombres de las guerras, de las ideologías y de los miedos, pero el corazón humano sigue necesitando paz. Necesitamos levantar los ojos hacia la Reina, no para evadirnos de la tierra, sino para aprender a habitarla de otra manera. Quien honra a María debe parecerse a María. Pío XII, lejos de una devoción mariana puramente sentimental, enseña que nadie es digno de llamarse hijo Suyo si no procura ser, siguiendo Su ejemplo, «dulce, casto y justo», ayudando y consolando, en vez de herir y perjudicar. La corona de María compromete nuestra vida.

Hay, finalmente, una enseñanza especialmente hermosa en la fecha litúrgica actual de esta fiesta. Pío XII la instituyó para el 31 de mayo; después de la reforma del calendario romano fue trasladada al 22 de agosto, octava de la Asunción. La Iglesia mira primero a María elevada al cielo en cuerpo y alma a la gloria y, ocho días después, la contempla coronada. La secuencia tiene una profunda lógica espiritual: Asunción y Realeza son dos momentos de un mismo misterio. La que descendió más profundamente en la humildad es levantada por Dios; la Esclava se manifiesta como Reina; la que no quiso poseer nada recibe el Reino; la que se perdió enteramente en la voluntad de Dios se encuentra poseyéndolo todo en Él.

Así comprendemos que la corona de María comenzó antes del cielo: se fue labrando en Nazaret, en Belén, en Egipto, en Caná, en los caminos silenciosos del Evangelio y, sobre todo, en el Calvario. Cada «fiat» fue colocando una gema en Su sien; cada renuncia, cada espera, cada silencio, cada dolor aceptado en la fe fue preparando la gloria que contemplamos en Ella.

La fiesta de María Reina es proclamar la victoria de la Gracia en una criatura. En María contemplamos hasta dónde puede llevar Dios a quien se deja hacer enteramente por Él. La criatura que no se reservó nada para Sí fue colmada por Dios más allá de toda medida; la Esclava es Reina precisamente porque nunca dejó de ser Esclava; Aquella que en la tierra vivió pendiente sólo de la voluntad de Dios, se inclina sobre cada uno de nosotros con una majestad dulcemente maternal. Pío XII lo resumió así: la Virgen «a la par que goza de regio poder, arde en amor maternal».

María es Reina y Madre. Poderosa porque está junto al Omnipotente, cercana porque tiene Corazón de Madre, coronada, pero sin haber dejado nunca el delantal de Nazaret; entronizada sobre los ángeles, pero inclinada hacia las lágrimas de sus hijos; sentada junto al Rey, pero atenta a nuestras pobres bodas humanas en las que se acaba el vino.

Oh, María, Madre de Dios y madre nuestra, reina sobre nosotros, Reina sobre nuestra inteligencia para que busque la verdad; sobre nuestra voluntad para que elija el bien; sobre nuestros afectos para que sean limpios; sobre nuestros temores para que no nos paralicen; sobre nuestras heridas para que no se conviertan en amargura; sobre nuestras casas para que haya paz; sobre nuestros sacerdotes para que pertenezcan enteramente a Cristo; sobre la Iglesia para que permanezca fiel a su Señor; sobre los pueblos para que depongan el odio. Reina, sobre todo, en la hora última. Y cuando termine este destierro y caigan de nuestras manos todas las pequeñas coronas por las que hemos luchado inútilmente en la tierra, cumple en nosotros aquella antigua súplica de la Salve que cien generaciones cristianas Te han dirigido, Reina y Madre de misericordia: «Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, o clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria