De izquierda a derecha: el padre Gilbert Sales, el filipino Wenceslao Padilla y Robert Goessens, recién fallecido
Robert Goessens, el misionero belga que levantó de la nada la Iglesia en Mongolia tras el comunismo
Fallecido el pasado 15 de agosto a los 97 años, este miembro de la Congregación del Corazón Inmaculado de María formó parte del histórico grupo de tres sacerdotes que desembarcó en Ulán Bator en 1992
El pasado 15 de agosto falleció en Japón, a los 97 años de edad, el padre Robert Goessens, misionero belga de la Congregación del Corazón Inmaculado de María (CICM) y una de las figuras más providenciales para el renacimiento de la Iglesia católica en Mongolia. Según ha informado la Agencia Fides, el religioso fue una pieza fundamental en los primeros y titánicos pasos de la Iglesia en una nación que, por aquel entonces, despertaba de varias décadas de un riguroso régimen comunista (abarcó desde 1924 hasta 1990).
Junto al filipino Wenceslao Padilla —quien posteriormente se convertiría en el primer prefecto apostólico de Ulán Bator— y al padre Gilbert Sales, el padre Goessens llegó a la capital mongola el 10 de julio de 1992, justo en las vísperas de la fiesta nacional del Naadam. Los tres religiosos asumieron una tarea pastoral partiendo absolutamente de cero: debieron hospedarse provisionalmente en un hotel antes de alquilar un apartamento, dedicarse a aprender la compleja lengua mongola y sentar, con extrema paciencia, las bases de una comunidad eclesial en medio de una población que apenas sabía nada del catolicismo.
Casi cuatro décadas de entrega previa en Japón
Nacido en Bélgica en 1928, el padre Goessens acumulaba ya una vastísima experiencia misionera en Asia antes de pisar suelo mongol. Ordenado sacerdote, llegó a Japón el 2 de octubre de 1955, país donde ejerció su ministerio pastoral durante 37 años, especialmente en la diócesis de Osaka y la parroquia de Sakai.
Durante su etapa nipona, destacó notablemente por su compromiso pionero en el ámbito social y la protección de la infancia. Fundó la entidad médico-social Junshinkai, bajo cuyo amparo se abrieron diversos jardines de infancia y guarderías como Heiwa no Sono. Esta sensibilidad hacia los más desfavorecidos y un respeto reverencial por las culturas locales se convertirían en el sello distintivo de su futura labor misionera en las estepas mongolas.
El método del «venid y veréis»
Los primeros tiempos de la misión scheutista —nombre con el que se conoce popularmente a los miembros de la CICM por su fundación en Scheut, Bruselas— estuvieron marcados por la improvisación y la observación. Como recordaba el propio Goessens en una entrevista en 2001, llegaron sin un plan preestablecido porque querían mirar primero a su alrededor.
Para sostenerse y entrar en contacto con la sociedad, los sacerdotes celebraban la santa misa para los extranjeros de la capital y ofrecían cursos de inglés, acogiendo a los mongoles que se acercaban con curiosidad a conocer su estilo de vida. Con el tiempo, y en colaboración con las autoridades locales, crearon un centro de acogida para un centenar de niños de la calle, lo que facilitó la posterior llegada de otras congregaciones religiosas al país.
La presencia de la Iglesia católica en Mongolia se consolidó bajo un principio inquebrantable: el rechazo al proselitismo y la firme voluntad de construir relaciones respetuosas con la sociedad, sus autoridades y sus tradiciones religiosas. Se optó por el método evangélico del «venid y veréis», un testimonio silencioso que permitió a la Iglesia crecer de manera lenta, pero sumamente serena y sólida.
Un legado que continúa dando frutos
Aunque su salud le obligó a regresar a Japón, el padre Goessens nunca olvidó la misión que ayudó a fundar. En 2012 realizó su último viaje a Mongolia para participar en los actos del vigésimo aniversario de la restauración de la presencia católica en el país.
Tras la celebración de sus exequias en Japón el pasado 18 de agosto, la Prefectura Apostólica de Ulán Bator ha emitido un emotivo mensaje de condolencias donde agradece su vida de entrega y su empeño por sembrar «la fe, la esperanza, la compasión y el amor» entre el pueblo mongol. «Que las semillas de fe que entregó a Mongolia, el amor de Cristo que compartió y la esperanza de la que dio testimonio continúen dando fruto», concluye el emotivo comunicado de la Iglesia local.