Fundado en 1910

Don Giussani (Luigi Giussani) fue el fundador del movimiento católico internacional Comunión y Liberación

Don Giussani, camino a los altares: concluye la fase diocesana de la causa del sacerdote que revolucionó la fe de los jóvenes

Con doce años de rigurosa investigación y un furgón repleto de documentación rumbo a Roma, la archidiócesis de Milán sella el proceso local del fundador de Comunión y Liberación

El camino hacia la santidad de don Giussani ha dado un paso de gigante. El pasado 30 de junio se clausuró de manera oficial la fase diocesana de su causa de beatificación y canonización. Una mole documental inmensa, que llegó a llenar un furgón entero, ha partido desde Milán con destino a la Congregación para las Causas de los Santos en Roma, donde ahora comenzará la fase romana del proceso.

Este hito histórico es el fruto de más de doce años de incansable labor iniciada en 2012. Al frente de esta titánica tarea ha estado monseñor Ennio Apeciti, responsable de las causas de los santos de la archidiócesis milanesa, trabajando en estrecha colaboración con la postuladora de la causa, Chiara Minelli. Juntos se han sumergido en lo que han descrito en una conferencia en el meeting de Rímini –fundado en 1980 por miembros del movimiento eclesial católico Comunión y Liberación– como una «espléndida aventura» a través de archivos, manuscritos inéditos, textos publicados y decenas de testimonios para desentrañar el alma de un hombre cuyo carisma sigue plenamente vigente.

El cura ambrosiano que no quería «vivir inútilmente»

Para entender el impacto de don Giussani es necesario remontarse a sus orígenes. Orgulloso de su condición de sacerdote ambrosiano, su vocación y pensamiento se fraguaron en el seminario de Venegono, Lombardía. Allí, bajo la influencia de la gran tradición de Milán —marcada por figuras como San Carlos Borromeo y, posteriormente, el cardenal Giovanni Battista Montini (futuro Pablo VI)—, Giussani asimiló que «Cristo lo es todo para nosotros».

Desde muy joven, le acompañaba una obsesión vital que plasmó en sus cartas: «Yo no quiero vivir inútilmente». No se trataba de una ambición mundana, sino de una arrolladora pasión por su propia humanidad y un entusiasmo desbordante por Cristo. Giussani sufría profundamente ante la infelicidad terrenal y eterna de los hombres, y sentía la urgencia de gritar al mundo el amor de Dios.

En los años 50, alarmado por una sutil pero progresiva pérdida de la fe práctica entre los jóvenes, decidió dar un paso inusual: dejó la comodidad del seminario para dar clases de religión en el instituto público Berchet de Milán. Allí comenzó una revolución educativa. Giussani no partía de dogmas abstractos; partía del corazón del alumno, de sus preguntas más desnudas sobre el significado de la existencia. De esa chispa nació Comunión y Liberación, un movimiento que hoy se extiende por casi un centenar de naciones.

Un método basado en el encuentro y el realismo

La clave del carisma de don Giussani, que la Congregación vaticana ahora escrutará, reside en su método pedagógico y teológico. Como recuerda Davide Prosperi, actual presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, para Giussani el cristianismo no es una doctrina abstracta o un código moral a aplicar, sino un «acontecimiento presente» que vuelve a suceder aquí y ahora.

Tal era su convicción sobre la presencia viva de Cristo que se permitió un cambio litúrgico revelador en su oración cotidiana: en el rezo del Ángelus, modificó el tiempo verbal del pasado al presente, rezando que el Verbo «habita [hoy] entre nosotros» en lugar de «habitó». Para Giussani, Cristo es un compañero real en la vida diaria, en el hogar, en el trabajo y en el sufrimiento.

Este realismo teológico se traducía en una asombrosa capacidad de acogida. Monseñor Apiaciti, quien conoció a don Giussani personalmente cuando lo interrogó como testigo en los procesos de beatificación de Pablo VI y Giuseppe Lazzati, recuerda vivamente la primera impresión que le causó: «Tenía unos ojos cristalinos que te penetraban, pero comunicando una serenidad inmensa, alegría y estima».

Apiaciti relata con humor cómo diversos testigos de la causa afirmaban, de manera independiente, ser «el preferido de don Giussani». Al indagar, comprendió que no era favoritismo, sino el reflejo del amor de Cristo: Giussani miraba a cada persona con tal atención y valoración que la hacía sentirse infinitamente amada.

Un carisma para el presente

La causa de canonización de don Giussani llega a Roma no como un intento de edificar un «museo de recuerdos», sino de avivar un «fuego» que sigue ardiendo, tal y como explicaron en la última edición de este encuentro en Rímini que tuvo lugar el 22 de agosto y contó con la presencia del Papa.

Porque, en una época marcada por el vértigo digital y el escepticismo de las nuevas generaciones, el desafío educativo de Giussani se revela más necesario que nunca. Ningún algoritmo puede querer bien, tener afecto o preocuparse por el destino y la felicidad de un joven. Las preguntas del corazón (el deseo de felicidad, de significado, de ser visto y valorado) siguen estando completamente desnudas y latentes debajo de la pantalla.

Por eso, frente a las respuestas inmediatas de los algoritmos, el sacerdote italiano proponía la aventura de la libertad y el camino de la verificación en la experiencia, invitando siempre a los jóvenes a comprobar por sí mismos la razonabilidad de la propuesta cristiana sin conformarse nunca con una obediencia ciega a las normas.

Con el cierre de la fase diocesana, el furgón que viaja a Roma no solo transporta toneladas de papel; lleva consigo el testimonio vivo de miles de personas que, gracias a este sacerdote milanés, descubrieron que la vida no se camina en solitario, sino en una compañía humana guiada hacia su destino: Cristo mismo y, con Él, a la felicidad plena, inenarrable y eterna del ser humano.