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El futuro beato Fulton Sheen

«La libertad sin límites es el caos»: la lección de Fulton Sheen sobre el sexo y el amor que interpela al siglo XXI

En el día de su elevación a los altares, rescatamos la profética lección del obispo norteamericano sobre la trampa de la hipersexualización, el verdadero significado del amor matrimonial y la fuerza de la pureza

En el día en que la Iglesia católica celebra con júbilo la beatificación de monseñor Fulton Sheen (1895-1979), su figura y su pensamiento resuenan con una frescura desbordante frente a las crisis morales del siglo XXI. Considerado uno de los grandes comunicadores de la fe en el siglo XX, el nuevo beato dedicó buena parte de su pastoral a orientar a la juventud en una época marcada por el derribo de las certezas tradicionales y la confusión afectiva.

Para ilustrar este engaño, el prelado recurría a analogías deportivas: en el baloncesto o el fútbol existen líneas de banda y reglas precisas sin las cuales resultaría imposible jugar o divertirse. «Si respetáis las reglas y los límites en los juegos para poder disfrutar de ellos, ¿por qué no queréis límites en la vida?», cuestionaba el obispo, recordando que la verdadera felicidad exige el compromiso con los demás y el rechazo del aislamiento egoísta.

¿Cómo empezó todo?

«Unas palabras para vosotros, jóvenes: os cuesta mucho daros cuenta de que vuestros padres vivieron en una época en la que no hacía falta cerrar con candado las bicicletas, en la que se dejaban las puertas sin cerrar por la noche, en la que cualquiera podía pasear por las calles de una gran ciudad sin que le atracaran ni le atacaran. Eran días de paz; vosotros nunca los habéis conocido. Probablemente os cueste daros cuenta de que así era Estados Unidos en su día. Ahora bien, ¿cómo se produjo este cambio? ¿Por qué, de repente, hay tanta deshonestidad?». Con esta contundente provocación arrancaba Fulton Sheen su análisis sobre la quiebra moral del mundo moderno, constatando cómo la antigua cultura de confianza y seguridad ciudadana saltó por los aires para dar paso a un clima generalizado de deshonestidad e inseguridad que la juventud actual ha terminado por asumir como lo normal.

Para el prelado norteamericano, este colapso de la convivencia no fue fruto de una lenta evolución casual, sino que tuvo un trágico punto de inflexión con fecha y hora exactas: «Creo que tal vez podemos fijar una fecha: las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945», el instante del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima. Sheen explicaba con estremecedora lucidez que en aquel preciso momento «borramos los límites y las fronteras: ya no hubo frontera entre el civil y el militar, entre el herido y el médico, entre los vivos y los muertos». Al quebrantar de golpe las barreras éticas más sagradas en el ámbito bélico, la sociedad mundial interiorizó la peligrosa premisa de que en adelante nadie debía imponer restricciones ni límites a la conducta individual.

A partir de aquel hito histórico, el mundo contemporáneo abrazó un concepto deformado de la autonomía personal basado en el rechazo a la disciplina y resumido en la popular consigna «tengo que ser yo, tengo que ser libre». El obispo advertía a los jóvenes de que «vivís en una época donde la libertad se describe como licencia, como el derecho a hacer todo lo que os plazca; pero eso es el caos». Sheen ilustraba la gravedad de este extravío moral con la historia real de la cajera de un hotel pillada robando, a quien el sindicato defendió ante la dirección alegando: «¿Acaso le dijisteis alguna vez a esa chica que estaba mal robar?», demostrando cómo la eliminación de los límites morales había terminado por anestesiar la conciencia colectiva.

El sexo no es un bien de consumo, es un «misterio»

Fulton Sheen parecía haber intuido con décadas de antelación el tiempo que hoy vivimos. Ya entonces advertía sobre una sociedad progresivamente hipersexualizada donde la publicidad y los medios reducen la afectividad a mero entretenimiento. «Hoy el sexo se ha vuelto casi mental; cada anuncio tiene que utilizarlo para que estemos inclinados a pensar siempre en ello», advertía el prelado al diagnosticar la saturación mediática de su época.

Frente a ello, el obispo aclara que el verdadero motivo por el que la afectividad atrae tanto a la juventud es porque constituye en esencia un «misterio», término que identifica con la noción teológica de sacramento. «Todo sacramento o misterio tiene dos elementos: primero uno físico y segundo uno espiritual; algo que es visible y algo que es invisible», explicaba el beato, subrayando que tras la realidad biológica de ser hombre o mujer se oculta una dimensión sagrada que la cultura del consumo no puede captar.

Esa cara invisible del misterio no es otra cosa que el amor humano y la participación directa en la obra de la Creación. Lejos de tratarse de una simple pulsión o un entretenimiento pasajero, Sheen enseñaba que en el matrimonio Dios otorga a los cónyuges la dignidad de prolongar la vida. «En lugar de crearnos directamente, Dios dice al padre y a la madre: 'Os dejaré compartir mi poder creador y daréis vida'; este es el lado espiritual del matrimonio y del sexo», resaltaba el prelado al situar la intimidad en la cumbre de la vocación humana. Por este motivo, el obispo recordaba que, aunque explicar la parte anatómica resulta sumamente sencillo, comunicar la hondura de ese amor trascendente es una tarea casi imposible de abarcar solo con palabras

Para fundamentar esta dignidad, el nuevo beato acudía al texto de San Pablo a los Efesios, donde se define al esposo como figura de Cristo y a la esposa como símbolo de la Iglesia. En esta analogía, Sheen precisaba que el liderazgo en la familia dista radicalmente del autoritarismo: «¿Significa esto que el hombre es la cabeza de la mujer en el sentido de dominación? No; el hombre es la cabeza de la mujer en el sentido del sacrificio, tal como Cristo se entregó por su Esposa». Para enfatizar que esta facultad sagrada no se puede utilizar caprichosamente antes de tiempo, el prelado recurría a la metáfora de quien viste un uniforme oficial sin tener la autoridad pública requerida: «Tienes que estar autorizado para usar este misterio; no puedes usarlo por ti mismo». Con ello, el célebre obispo desbarataba la idea del sexo como pasatiempo individual y lo restituía como un don sagrado que exige madurez, vocación y capacidad de entrega.

L a contundente radiografía de Sheen

En otra parte de la catequesis, lejos de achacar a las jóvenes una supuesta frialdad cuando frenan la prisa de sus pretendientes, Sheen invierte el diagnóstico y reivindica la prudencia femenina como un escudo de madurez frente al impulso. «Vosotras, las chicas, sois lentas para amar y los chicos dirán: 'Sois frías'. No sois frías, sois sabias», afirmaba categóricamente. Para el prelado, la mujer comprende de forma intuitiva que el verdadero amor exige una entrega global y sin reservas, por lo que exige garantías antes de dar el paso: «No podéis amar hasta que os dais total y completamente, así que esperáis. Por lo tanto, no os apresuréis al matrimonio, tomaos vuestro tiempo, esperad y ved si el hombre es capaz de sacrificarse o no».

Sheen también alerta contra las consecuencias destructivas de ceder al chantaje emocional o a la búsqueda de la satisfacción inmediata, recordando que el egoísmo corrompe el respeto mutuo. «Si él te arruina de alguna manera, no tendrá el mismo amor después que antes», advertía, acudiendo al dramático pasaje bíblico de Amnón y Tamar para ilustrar cómo el deseo desenfrenado desemboca en desprecio: «El odio con el que la odió fue mayor que el amor con el que la había amado». Según el obispo, cuando el varón actúa movido por el egoísmo, acaba proyectando su propia culpa sobre la mujer para intentar escapar de su responsabilidad moral, por lo que exhorta a los jóvenes a no dejarse arrastrar y «esperar hasta madurar en el juicio».

La pureza como luz y el «apostolado de la belleza»

El prelado no dudaba en vincular las dudas de fe y el ateísmo juvenil con las heridas morales y el intento de encubrir la propia culpa. Apoyándose en las Escrituras, recordaba el remedio fundamental: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Para ilustrar pedagógicamente –como siempre hacía– cómo la falta de rectitud ciega la percepción del alma, Sheen recurre a una nítida imagen: «La pureza nos da visión; si la ventana está sucia, la luz no puede entrar». A partir de esta analogía, el obispo advertía a los jóvenes de que «si nuestra moral es mala, entonces la fe en la luz de Dios no puede entrar en nosotros», exhortándoles a examinar la coherencia de sus vidas antes de buscar excusas para justificar la culpa.

En el segundo eje de su enseñanza, el nuevo beato se dirige expresamente a las jóvenes para encomendarles una misión tan atractiva como exigente en medio de la sociedad moderna: «Practicad el apostolado de la belleza». Lejos de recelar de la gracia o del atractivo femenino, Sheen recuerda que es un poder concedido por Dios, citando la intuición de la Grecia clásica de que «todo el mundo ama la belleza». No obstante, el prelado precisa que ese encanto solo alcanza su verdadero esplendor cuando va unido a la integridad del alma: «Cuando la belleza es virtuosa, resulta infinitamente más atractiva que cualquier otra cosa», transformando el atractivo natural en una herramienta evangelizadora de enorme calado.

Relacionado con esto, y a sabiendas de las dificultades del entorno, el prelado reconocía abiertamente que «la vida es dura, es una lucha», pero aseguraba que el Señor no falla en su bondad hacia quienes buscan el bien. «Que el Señor os ame, os bendiga y os mantenga buenos, porque vais a hacer la Iglesia en los próximos treinta años y dependemos de vosotros», decía, interpelando directamente a las futuras generaciones y confiándoles una tarea decisiva que, décadas después, sigue conservando toda su vigencia.