El beato francés Federico Ozanam
El universitario que avergonzó a los ateos de París: la historia del beato al que el Papa volverá a mirar en Francia
Ante una Francia marcada por el laicismo agresivo y la miseria urbana, el beato Federico Ozanam —figura referente en la tradición católica gala a la que el Papa puede hacer referencia durante su viaje— demostró que la caridad no era una idea del pasado, sino la única respuesta capaz de salvar a la sociedad moderna
En el París convulso de la década de 1830, el aula magna de la universidad no era un terreno neutral. Tras las sacudidas revolucionarias y bajo el peso del racionalismo imperante, declararse católico entre la juventud intelectual exigía un coraje singular. En las bancadas de la Sorbona, los alumnos discutían acaloradamente sobre el progreso y la ciencia, mientras el cristianismo era arrinconado como una reliquia caduca del pasado. Fue en ese escenario hostil donde un joven tímido, de salud quebradiza y mirada incisiva, decidió que la fe no podía defenderse solo con silogismos en un estrado, sino que debía tocarse con la propia mano en los suburbios de la miseria. Su nombre era Federico Ozanam.
Las dudas de un niño rebelde y el encuentro entre fe y razón
La trayectoria de Federico Ozanam (Milán, 1813 – Marsella, 1853) dista mucho del cliché hagiográfico de una santidad 'sin fracturas'. Nacido en el seno de una familia francesa de profunda vivencia cristiana que regresó a Lyon en 1816, el propio Federico recordaba años más tarde con sorprendente franqueza sus difíciles impulsos infantiles: «Nunca fui tan malo como cuando tenía ocho años. Me había vuelto obstinado, colérico y desobediente... Era perezoso a más no poder». Salvado milagrosamente a los seis años de una grave fiebre tifoidea tras encomendarse su familia a San Juan Francisco Régis, fue en las aulas del colegio real de Lyon donde su carácter comenzó a amoldarse.
A los quince años, el joven Ozanam atravesó una pavorosa crisis existencial. El ambiente de incredulidad de la época lo empujó a preguntarse si la fe no era más que una ilusión incompatible con los avances de la ciencia. Atormentado por el fantasma del escepticismo, hizo una promesa dramática en la intimidad de su oración: si Dios le permitía contemplar la luz de la verdad, entregaría toda su vida a defenderla.
La respuesta divina llegó a través de la figura del padre Noirot, su profesor de filosofía, quien le enseñó que la recta razón no destruye la fe, sino que la apuntala. Aquella lección marcaría su vocación intelectual para siempre: «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas». Años después, evocando aquella victoria espiritual, escribiría: «De acuerdo con mi fe, mi razón ha recuperado en el presente aquel catolicismo que aprendí de labios de una madre maravillosa».
La gran provocación: «Si el catolicismo no ha muerto, ¿dónde están vuestras obras?»
En 1830, Ozanam se traslada a París para cursar la carrera de Derecho. Allí encuentra a una juventud universitaria intelectualmente agresiva. Para resistir «los asaltos de la falsa ciencia», organiza con un puñado de estudiantes las Conferencias de historia y de literatura, espacios de debate donde los jóvenes creyentes intentaban fundamentar históricamente la verdad del Evangelio.
Sin embargo, en medio de una de estas sesiones, un asistente no creyente tomó la palabra y lanzó una objeción que atravesó el corazón del joven universitario como una estocada: «Si se refieren al pasado tienen toda la razón, pues en otro tiempo el catolicismo hizo prodigios, pero hoy está muerto. Y, efectivamente, ustedes que alardean de ser católicos, ¿qué están haciendo? ¿Dónde están las obras que demuestran su fe y que pueden hacer que la admitamos y la respetemos también nosotros?».
El reproche fue tan certero como providencial. Ozanam comprendió de golpe la impotencia de la mera apologética discursiva frente a un mundo que exigía testimonios. Pálido y conmovido, exclamó ante sus compañeros: «Para que nuestro apostolado reciba la bendición de Dios sólo le falta una cosa: las obras de caridad, pues la bendición del pobre es la de Dios».
Aquel mismo día, sin dilación, Federico y su compañero de cuarto recogieron la escasa leña que les quedaba para combatir el crudo invierno parisino y la llevaron al hogar de un necesitado. Era el germen de una revolución silenciosa. El 23 de abril de 1833, con apenas veinte años, Federico Ozanam y seis amigos fundaban la primera Conferencia de caridad, bajo el patrocinio de San Vicente de Paúl. Su ambición no tenía límites humanos: «Quiero aglutinar al mundo entero en una red de caridad».
Tocar a Cristo en las llagas del necesitado
Para comprender la aportación de Ozanam al cristianismo del siglo XIX hay que detenerse en su forma de mirar la miseria urbana que trajo consigo la Revolución Industrial. Frente a una burguesía satisfecha o a un paternalismo distante, el beato laico propuso una mística de la encarnación que situaba al indigente no como un objeto de conmiseración, sino como la presencia viva de Dios:
Ozanam trascendió la mera asistencia inmediata para analizar con lucidez profética la fractura ideológica de su tiempo. Con una penetración social sorprendente, advirtió: «Lo que divide a los hombres de nuestros días no es una cuestión de formas políticas, sino una cuestión social; se trata de saber qué prevalecerá: el espíritu de egoísmo o el espíritu de sacrificio, si la sociedad no será más que una inmensa explotación en provecho de los más fuertes o una consagración de cada persona al servicio de todos».
La Sorbona, Voltaire y el descubrimiento del amor conyugal
Brillante en el plano académico, Ozanam obtuvo dos doctorados y llegó a ocupar la cátedra de Derecho Comercial en Lyon, antes de asumir con apenas veintiocho años la prestigiosa cátedra de Historia de Literaturas Extranjeras en la Sorbona de París. Desde su tribuna universitaria combatió las corrientes anticlericales, desafiando abiertamente la herencia ideológica voltairiana: «En Francia, toda la irreligión procede todavía de Voltaire y no creo que Voltaire tenga mayor enemigo que la historia… Arranquemos la costra que la calumnia dejó sobre las figuras de nuestros padres en la fe».
Durante años, su celo apostólico lo llevó a dudar seriamente de su estado de vida, sopesando la posibilidad de ingresar en la Orden de Predicadores junto a su amigo el padre Lacordaire. Sin embargo, la Providencia tenía reservado para él el camino de la santidad matrimonial.
El episodio de su flechazo revela la delicadeza de su alma. Durante una visita al rector del distrito universitario de Lyon, el señor Soulacroix, Federico observó discretamente a la hija de este, Amelia, cuidando con infinita paciencia y ternura a su hermano paralítico. Conmovido ante aquella escena, pensó para sí: «La bondadosa hermana y el hermano feliz ¡Cuánto le quiere!». En Amelia no solo vio una mujer hermosa, sino la encarnación misma de la caridad cristiana. Contrajeron matrimonio el 23 de junio de 1841, formando un hogar que fue modelo de fe laica.
«Ya voy»: el testamento de un sabio a las puertas de la eternidad
De constitución física débil y rostro lívido por el agotamiento, Federico entregó sus fuerzas sin reserva al estudio, la docencia y la atención de los desvalidos. En 1852, con solo treinta y nueve años, una grave pleuresía doble consumió definitivamente su salud.
El 23 de abril de 1853, al cumplir cuarenta años y sabiéndose al borde de la muerte, redactó un sobrecogedor testamento espiritual. En él, ante la perspectiva de dejar a su amada esposa, a su hija pequeña y sus prometedores proyectos literarios, entabla un diálogo agonizante pero confiado con el Creador:
El 8 de septiembre de 1853, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen, Federico Ozanam entregaba serenamente su alma a Dios. Aquel joven que en las aulas de la Sorbona se negó a aceptar que la fe fuera una reliquia difunta dejó tras de sí una red que hoy abarca a más de 800.000 voluntarios en 132 países. Al beatificarlo en la catedral de Notre-Dame de París en agosto de 1997, el Papa San Juan Pablo II recordó las palabras de San Vicente de Paúl que guiaron cada segundo de la vida de Ozanam: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a expensas de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestros rostros».