El general Gaston de Sonis
Héroe de guerra, padre de doce hijos y «soldado de Cristo»: Gaston de Sonis, el hombre que encarnó el ideal del caballero cristiano
Tras sobrevivir a una noche agónica en el campo de batalla, este militar ejemplar renunció a su prestigio para no perseguir a la Iglesia, dejando un cuerpo incorrupto que hoy aguarda la gloria de los altares
El 2 de diciembre de 1870, el campo de batalla de Loigny era un desierto de hielo y sangre. Allí, herido tras una carga heroica al frente de los zuavos pontificios y precedido por el estandarte del Sagrado Corazón, el general Gaston de Sonis quedó tendido sobre la nieve.
Pasó la noche a veinte grados bajo cero, rodeado de cadáveres, pero consolado por una visión interior de la Virgen de Lourdes que, según sus propias palabras, hizo que aquellas horas pasaran sin que el dolor hiciera mella en su recuerdo. Este hecho, que salvó a su cuerpo de ejército de una derrota total, fue solo el epicentro de una vida entregada a lo único que le importaba: la voluntad de Dios.
Un converso contra la masonería
Nacido en Guadalupe– territorio francés de ultramar, en el sur del Caribe– en 1825, el joven Gastón creció en un hogar cristiano, pero su fe se enfrió durante sus años de formación militar. No fue hasta la muerte de su padre en 1844, tras una providencial conversación con un jesuita, cuando Jesucristo recuperó la «posesión» de su corazón para no abandonarlo jamás.
Su firmeza de carácter se puso a prueba pronto: tras haber sido iniciado en la masonería bajo el engaño de que era una sociedad benéfica, se levantó en mitad de una reunión en Castres al comprender que la organización militaba contra la fe. «No puedo permanecer más tiempo donde se ataca a mi religión», sentenció antes de marcharse para siempre. A partir de entonces, su vida fue un equilibrio asombroso entre la disciplina castrense y una piedad casi monástica. Se casaría en 1849 con Anaís Roger, con quien formó un hogar de doce hijos.
'Cor unum et anima una'
Gaston brindó a sus doce hijos una intensa educación cristiana, enseñándoles que la limosna purifica el pecado y pidiéndoles privarse incluso de lo necesario para dar a los pobres. Personalmente les impartía clase con el fin de moldear sus jóvenes almas para el Cielo y prepararlos para los combates morales del mundo. Su mayor temor no era la escasez material, pues afirmaba con firmeza que preferiría verlos morir en la miseria antes que saberlos impíos o indiferentes ante la fe.
Para el general, las amadas almas de sus hijos eran el «pan de cada día» de su pensamiento, motivo por el cual rezaba, trabajaba y meditaba constantemente por su bienestar espiritual. Les pedía que su oración por él fuera siempre la misma: que Dios le hiciera amarlo cada día más, poniendo el dolor de la distancia al pie de la Cruz. Incluso cuando sus hijos mayores crecieron y se casaron, Sonis extendió este amor paternal hacia sus nueras, a quienes cuidaba como si fueran sus propias hijas.
Su esposa lo describía como un tesoro de bondad y ternura, poseedor de una sensibilidad exquisita unida a una firmeza de alma increíblemente viril. Ambos formaban «un solo corazón y una sola alma», aunque ella admitía «con cierto sonrojo al decirlo», que su devoción «me hacía sentir una especie de celos». Ante esto, Gastón le recordaba con dulzura que no debía tener celos del Creador, pues cuanto más amaran al Señor, más duradero y profundo sería su afecto mutuo.
La inmensidad del desierto como encuentro con Dios
En mayo de 1854, Gaston de Sonis desembarcó en Argelia como capitán, una etapa que marcó profundamente su espiritualidad ante la inmensidad de la naturaleza. Frente a los paisajes del Atlas, el militar se sintió pequeño ante la misericordia divina, convencido de que la grandeza del desierto incitaba al alma a alzarse hacia su Creador. En Argel, instauró la adoración nocturna tras un retiro. Él creía que si los argelinos veían a los franceses como personas sin Dios, nunca los respetarían ni se lograría una verdadera paz.
Su estancia estuvo marcada por una disciplina férrea y una caridad que le granjeó el respeto de los árabes, cuya lengua aprendió para entenderse directamente con ello. Sonis equilibraba sus deberes de mando con una intensa vida de piedad, visitando siempre primero el Sagrario al llegar a cada nuevo destino. Para él, la mayor pobreza de aquellos pueblos no era material, sino el no conocer a Jesucristo, por lo que su ejemplo buscaba siempre la dignidad del hombre.
Este extenso periodo africano, donde nacieron varios de sus doce hijos y sufrió la pérdida de su pequeña Marta Carmen, terminó en julio de 1870 con el estallido de la guerra. Sonis dejó las arenas de Argelia para regresar a una Francia en desbandada, advirtiendo con lealtad que el ejército no estaba preparado ni moral ni materialmente para el combate. Solo meses después de abandonar África, aquel oficial curtido en el sol del desierto entregaría su pierna y casi su vida en la nieve de Loigny.
El «efecto moral» de Sonis
El 2 de diciembre de 1870, en el contexto de la Guerra franco-prusiana (un conflicto en el que Francia se enfrentaba a la alianza de los Estados alemanes liderados por Prusia), tuvo lugar la batalla de Loigny. En aquel momento, el ejército francés estaba en retirada y sufría una grave desorganización tras varias derrotas consecutivas, lo que hacía especialmente frágil su situación en el frente.
Ante el desmoronamiento de las tropas francesas en Loigny, Sonis asumió el mando para frenar una desbandada que parecía total. Con apenas 300 zuavos pontificios y bajo el estandarte del Sagrado Corazón, lanzó una carga heroica para buscar un «efecto moral» en sus hombres. Los zuavos pontificios eran una unidad de voluntarios católicos, en su mayoría jóvenes franceses y belgas, originalmente creada para defender los Estados Pontificios y caracterizada por su fuerte espíritu religioso y su disciplina. Aquella acción desesperada pretendía recuperar una posición estratégica clave y restaurar el honor de un ejército que huía en desorden. Su liderazgo en primera línea marcó el punto de inflexión táctico de aquella jornada.
Herido a bocajarro, el general pasó una noche agónica a veinte grados bajo cero antes de ser rescatado y sufrir la amputación de su pierna. Sin embargo, su sacrificio detuvo el avance enemigo y contribuyó a estabilizar el frente, evitando un colapso aún mayor del cuerpo de ejército de Chanzy. Gracias a su tenacidad, logró salvar también la artillería del 17.º cuerpo, convirtiendo el desastre en una gesta de resistencia.
El honor por encima de la carrera
La amputación de su pierna no frenó su servicio a Francia, pero fue un decreto político el que puso a prueba su honor de soldado. En 1880, cuando el Gobierno masónico de Jules Ferry ordenó la expulsión de las congregaciones religiosas con el apoyo del ejército, Sonis se negó en rotundo a participar en aquella persecución. Escribió al ministro de la Guerra renunciando a su mando: «Al ingresar en el ejército sacrifiqué mi vida, pero no mi honor». Cambió su residencia militar por un alojamiento paupérrimo, afirmando con humildad que la pobreza era una «vieja amiga».
Miembro de la Tercera Orden Carmelita, pasó sus últimos años agotado físicamente pero inmenso en espíritu, estudiando el Evangelio y entregado a la adoración al Santísimo. Falleció el día de la Asunción de 1887, pidiendo que en su tumba solo se grabara una frase: Miles Christi (Soldado de Cristo). Su legado de santidad se hizo visible para el mundo en 1929 cuando, al exhumar sus restos, su cuerpo fue hallado intacto.