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Francisco Faà di Bruno asistiendo a Don Bosco en la celebración de la Santa Misa

Francisco Faà di Bruno asistiendo a Don Bosco en la celebración de la Santa Misa

Vidas fascinantes de santos

Militar, matemático y fundador de la 'ciudad de las mujeres': Francisco Faà di Bruno, el beato que rompió moldes en el XIX

Este noble piamontés, que inventó un sistema para ciegos antes que el braille y diseñó maquinaria de vanguardia, volcó su fortuna e inteligencia en la redención espiritual y material de las más vulnerables

Un día, en pleno siglo XIX, mientras el profesor Francesco Faà di Bruno realizaba una compleja demostración desde su cátedra de matemáticas en la Universidad de Turín, el tintineo de una campanilla interrumpió el silencio del aula. Era el paso del Santo Viático hacia un moribundo. Sin importarle el prestigio o el qué dirán, el profesor descendió de la cátedra y se arrodilló ante la ventana; sus alumnos, estupefactos, acabaron por seguir su ejemplo. Este hombre, beatificado por san Juan Pablo II en 1988, fue mucho más que un académico: fue un soldado de Dios en todos los frentes posibles.

Ante el misterio de la eternidad

Nacido en 1825 en una familia de la antiquísima nobleza piamontesa, Francisco fue el duodécimo hijo de los marqueses de Faà di Bruno. Aunque su salud era frágil, eligió la carrera militar y llegó a ser teniente del Estado Mayor y ayudante de campo del futuro rey Víctor Manuel II. Durante la guerra de independencia de 1848, mientras veía caer a la flor de la juventud en el campo de batalla, su mayor preocupación no era la estrategia militar, sino la salvación eterna de sus compañeros. Temía que murieran sin confesión tras una vida de negligencia espiritual.

Su brillantez intelectual lo llevó a París en 1851, donde se diplomó en matemáticas y entabló amistad con el célebre matemático Augustin Louis Cauchy. Al regresar a Turín, su profunda fe pronto chocaría con los hombres de su tiempo. Consciente de que su negativa a ingresar en la francmasonería bloquearía su carrera militar, presentó su dimisión en 1853 para volcarse en los estudios y la caridad. De este periodo nació su Manual del soldado cristiano –recopilación de enseñanzas y de oraciones adaptadas al soldado que tendrá una gran difusión– y su estrecha colaboración con san Juan Bosco, con quien compartía la inquietud por las almas de los más jóvenes.

De hecho, durante la Cuaresma de 1856, uno de sus amigos de Turín cae enfermo y acaba muriendo. Francisco escribe a su hermana: «Esa enfermedad me resultó el más útil de los retiros pascuales… El único negocio para mí, en adelante, si Dios me ayuda, es vivir como santo y merecer una muerte semejante. El resto es realmente inútil y no es más que un juego de niños».

Ese mismo año se incorpora a la Obra de Oriente, fundada por un grupo de profesores laicos de la Sorbona. Al regresar definitivamente a Turín a finales de año e inspirado por lo que había visto en París–donde había obtenido otros títulos de matemáticas y astronomía–, crea los 'Fogones económicos', tiendas que ofrecen alimentos a precios muy bajos en beneficio de los obreros y los más necesitados. Además, funda una asociación destinada a promover el descanso en los días festivos, en la que san Juan Bosco ocupará el cargo de vicepresidente.

Ciencia al servicio de los demás

Francisco no separó nunca su genio científico de su amor al prójimo. Inventó un método de lectura para ciegos antes que el braille para ayudar a su hermana que comenzaba a perder la vista y diseñó instrumentos científicos que le valieron el reconocimiento internacional, incluyendo la famosa fórmula de Faà di Bruno. Pero su obra cumbre fue la Obra de Santa Zita, una verdadera «ciudad de las mujeres», como la describía Francisco, en un suburbio de mala fama, donde acogía a criadas, madres solteras y ancianas, ofreciéndoles formación intelectual y espiritual además de trabajo.

Para ellas llegó a inventar lavanderías modernas con maquinaria de su propia creación. Las mujeres alojadas en el centro llevaban una intensa vida espiritual: por la mañana asistían a la Santa Misa y dedicaban un tiempo a la meditación en la capilla, por la tarde participaban en la adoración del Santísimo Sacramento y por la noche se reunían para las oraciones. A pesar de este ambiente de devoción, el fundador se vio afectado por numerosas calumnias e insinuaciones malintencionadas, llegando a ser apodado como el «caballero de los harapos». Con todo, nunca dejó de seguir trabajando para las almas con profunda serenidad, alegría y audacia.

Sacerdote por mandato personal del Papa

«Quien se centra en Dios y desea dejar para la eternidad un legado de bondad no puede actuar sin religiosas», escribió. Bajo esta premisa, fundó en 1881 las Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio, comunidad encargada de sostener su vasta obra social. Lideradas por Giovanna Gonella, estas religiosas vivían bajo un reglamento de impronta militar caracterizado por la austeridad, la oración y la pobreza extrema. Su misión unía la gestión de la «ciudad de las mujeres» con una profunda devoción por el sufragio de las almas del purgatorio.

El propio camino de Francisco hacia el altar no estuvo exento de espinas. Aunque sentía que el sacerdocio le permitiría guiar mejor a su 'recién nacida' congregación, el arzobispo de Turín le exigía abandonar sus obras durante meses para formarse en el seminario. Para Francisco, esta exigencia era un dilema desgarrador: calculó que ausentarse tanto tiempo de sus fundaciones sociales y de la «ciudad de las mujeres» tendría consecuencias irremediables para los más vulnerables.

Ante este bloqueo decidió no rebelarse contra su obispo, pero se trasladó a Roma para un retiro espiritual. Fue allí donde su caso llegó a oídos del Papa Pío IX, quien ya conocía la generosidad de Francisco como benefactor de la Iglesia. Así el propio Papa decidió asumir la responsabilidad de su ordenación en 1876, regalándole un cáliz para su primera misa. Francisco tenía entonces 51 años.

Consagró sus últimos años a la construcción de la iglesia de Nuestra Señora del Sufragio, con un imponente campanario de 75 metros diseñado por él mismo, destinado a la oración por los difuntos de todas las guerras. Su devoción por las almas del purgatorio era el motor de su vida, convencido de que la Virgen María nunca abandona a sus hijos en esa «prisión» de purificación. El 27 de marzo de 1888, apenas dos meses después de la muerte de su amigo Don Bosco, Francisco Faà di Bruno entregó su alma a Dios, dejando tras de sí el ejemplo de un hombre que hizo de la caridad su «único negocio» y demostrando desde su cátedra y su altar que no existe fórmula matemática más exacta que el amor al prójimo y el celo incansable por la salvación de las almas.

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