Beato Benedicto Daswa
El mártir y padre de ocho hijos que prefirió morir antes que pagar a un brujo por menos de 50 céntimos
La coherencia y fe de Benedicto Daswa le convirtió en el primer beato sudafricano, tras morir perdonando a sus propios verdugos
Puede parecer imposible que alguien muera por su fe en un país mayoritariamente cristiano. Pero la historia he demostrado numerosas veces lo contrario. Sudáfrica lo vivió con Benedicto Daswa, quien tuvo que enfrentarse a una cultura que interpretaba la realidad a través de supersticiones, espíritus malignos y supuestas manipulaciones humanas ante cualquier desastre. Su nombre original, Tshimangadzo, significa «milagro», y su vida fue, en efecto, una auténtica maravilla de coherencia evangélica en un entorno donde la superstición dictaba sentencias de muerte.
El despertar de una fe bajo una higuera
Nacido en 1946 en el pequeño pueblo de la provincia de Transvaal, Daswa creció en el seno de una familia que practicaba la religión tradicional animista, que atribuye un espíritu a los fenómenos naturales, venera a los antepasados y, en ocasiones, recurre al espiritismo.
Pastor de rebaños en su infancia, su destino cambió cuando el contacto con un amigo católico le permitió vislumbrar la belleza y la verdad de la fe. Aprendió los rudimentos del catecismo bajo una higuera y, en 1963, fue bautizado tomando el nombre de Benito, fascinado por el lema Ora et labora de san Benito de Nursia.
Ese compromiso no fue superficial. Siendo joven, prefirió perder su empleo en un hospital antes que abandonar la Iglesia, como le exigía su jefe. Fue el primer aviso de una integridad que marcaría su vida. Se convirtió en maestro y más tarde en director de la escuela de Nweli, donde no solo enseñaba matemáticas o lengua, sino que preparaba a los niños para ser personas responsables, alejándolos de la dependencia a las ayudas gratuitas y fomentando el valor del esfuerzo personal.
Daswa se convirtió en un pilar de su comunidad. Sensible al desamparo de los niños más pobres, les permitía trabajar en su huerto para ganar dinero con el que comprar libros, uniformes o continuar sus estudios. Convencido del valor del esfuerzo, les repetía: «Si hacéis algo sin que os obliguen, os gustará».
El escándalo de ayudar en casa
En 1974 contrajo matrimonio con Shadi Evelina Moyai (fallecida en 2008) con quien tuvo ocho hijos. Pero su vida familiar también supuso un desafío a las convenciones de la provincia de Transvaal. En un entorno donde las tareas domésticas eran exclusivas de la mujer, Benito lavaba los pañales de sus hijos y buscaba agua en el río, ganándose las burlas de sus vecinos, que incluso llegaron a decir que estaba «hechizado» por ayudar a su esposa. Para él, la igualdad entre esposos era una vivencia cristiana obligatoria. «Los hombres no deben esperar de sus mujeres toda clase de servicios personales», decía.
Su liderazgo en la escuela de Nweli era igual de revolucionario. «Los niños son la luz de mañana –afirmaba– Debemos hacer lo posible para que reciban una buena educación». Construyó aulas, inauguró un huerto escolar y promovió el canto, la música y el deporte, pero con una condición innegociable: nada de amuletos para garantizar la victoria. Su fe impregnaba cada reunión de la Unión de Profesores, que siempre empezaba con una oración, aunque tuviera que rezarla solo.
Martirio bajo el agua hirviendo
La tensión estalló entre noviembre de 1989 y enero de 1990. Varios rayos incendiaron cabañas en su pueblo. Para los ancianos y el consejo local, aquello no era un fenómeno meteorológico, sino fruto de la brujería. Decidieron contratar a un hechicero para encontrar al culpable y exigieron a cada familia una contribución de 5 rands (menos de 50 céntimos).
Pero Benedicto se negó. Intentó explicar que el rayo era un fenómeno natural y que participar en esa colecta iba contra su fe en Jesucristo. Su integridad fue su sentencia: su rechazo fue interpretado como un indicio de culpabilidad. Consciente del peligro, pasó el domingo anterior a su muerte rezando intensamente en la iglesia con su Biblia.
El 2 de febrero de 1990, festividad de la Presentación del Señor, la emboscada se cerró sobre él. Tras llevar a su cuñada y a un bebé enfermo al médico, Benedicto regresaba a casa cuando encontró el camino bloqueado por troncos y piedras. Al bajar del coche, una turba de jóvenes comenzó a apedrearlo. Herido y ensangrentado, buscó refugio en una casa, pero salió para evitar que le prendieran fuego.
Solo pidió un momento para rezar. De rodillas, mientras entregaba su alma, un joven le abrió la cabeza con un garrotazo y otro derramó agua hirviendo sobre su cuerpo. Tenía 45 años. Como señaló monseñor Rodrigues, obispo de la diócesis de Tzaneen, en su beatificación en 2015, la fe ejemplar de Benedicto le llevó a vivir «con un espíritu de libertad basado en la libertad de Jesucristo». Murió perdonando, convertido en el primer mártir de Sudáfrica, recordando a todos los cristianos la fuerza de no traicionar la propia conciencia.