El padre Caffarel junto a algunos matrimonios
Henri Caffarel, el sacerdote que vio en el 'nosotros' de los esposos el lugar para encontrar a Dios
León XIV ha reconocido las virtudes heroicas del fundador de los Equipos de Nuestra Señora, un movimiento de espiritualidad conyugal que propone redescubrir el valor del matrimonio: un camino de amor, felicidad, fidelidad y santidad
Mucho antes de que el Concilio Vaticano II hablara de la llamada universal a la santidad, un sacerdote francés ya había comprendido que el sacramento del matrimonio no era un estado de segunda, sino un camino de perfección cristiana. Este lunes, el Vaticano ha reconocido las virtudes heroicas del fundador de los Equipos de Nuestra Señora, Henri Caffarel, pionero en situar la oración personal, la plegaria en pareja y la ayuda mutua espiritual en el centro de la vida laical.
Nacido en Lyon en 1903, la vida de Caffarel estuvo marcada desde joven por una fragilidad física que, paradójicamente, forjó su fortaleza espiritual. Una anemia cerebral le obligó a abandonar sus estudios de Derecho, una dolencia que le acompañaría siempre y que le impidió seguir el camino ordinario del seminario. Sin embargo, bajo la tutela de monseñor Jean Verdier, pudo formarse como oyente en el Institut Catholique. Fue allí, tras ser ordenado sacerdote en 1930, donde su mirada se cruzó con la de los laicos.
El encuentro que lo cambió todo
Aunque sus primeros años estuvieron ligados a la Juventud Obrera Cristiana y al mundo del cine y la radio, el giro definitivo de su vida ocurrió en febrero de 1939. En un París que ya sentía las sombras de la guerra, cuatro parejas de esposos se acercaron a él para pedirle consejo sobre cómo vivir el Evangelio en medio de las exigencias del matrimonio. Aquella primera reunión fue la semilla de los Equipos de Nuestra Señora.
Caffarel no respondió con recetas morales, sino con una propuesta teológica: el matrimonio no es una concesión a la debilidad, sino una vocación específica y una «célula de la Iglesia» que irradia la unión de Cristo con su comunidad. Su gran originalidad —como señalan las actas de su proceso— fue promover el matrimonio no solo como un estado de vida, sino como un camino de santidad.
En 1947 vio la luz la Carta de los Equipos de Nuestra Señora, un texto fundacional en el que comenzaba a perfilarse la noción de espiritualidad conyugal. A partir de este impulso, el movimiento experimentó un rápido crecimiento: primero en Francia, Bélgica y Suiza, y más tarde por el resto de Europa y en el continente americano.
Una obra que desbordó fronteras
Ni siquiera el estallido del conflicto bélico y la movilización de Caffarel como ayudante militar detuvieron este impulso. Al contrario, los años de la guerra —incluido el mes en que el sacerdote fue dado por desaparecido tras la ofensiva alemana de 1940— fueron años de crecimiento exponencial y refinamiento del método. Aquella pequeña semilla de 1939 germinó con tal fuerza que, para 1945, el cardenal Suhard decidió liberarlo de cualquier otra carga para que se entregara por entero a esta misión de acompañar a las familias
A través de la revista L’Anneau d’Or, Caffarel desplegó una labor docente que influyó en miles de matrimonios de todo el mundo, abordando con elegancia y sobriedad temas que iban desde la sexualidad hasta la oración compartida. Su influencia llegó a Roma, siendo nombrado consultor para el apostolado de los laicos en la preparación del Concilio Vaticano II.
Pero su celo apostólico no se detuvo en las parejas. En 1943, junto a siete viudas en la gruta de Lourdes, fundó la Fraternidad de Nuestra Señora de la Resurrección, buscando dar un sentido espiritual al dolor de la pérdida.
La oración como motor
Henri Caffarel fue un hombre de acción, pero sobre todo de oración. En los años 60, tras haber servido como consultor en la preparación del Concilio Vaticano II, impulsó desde su casa en Troussures —convertida en un auténtico centro internacional de oración— semanas de retiro que, desde julio de 1966, atrajeron a laicos y sacerdotes por igual. En este enclave, mostró un interés pionero por el Renovamiento Carismático en Francia, del cual no solo fue promotor, sino que él mismo se nutrió para profundizar en su propia obra.
Su magisterio sobre la vida interior fue tan vasto que trascendió la presencia física: a través de cursos por correspondencia y numerosas publicaciones, Caffarel enseñó que la oración es el lugar privilegiado para el encuentro con lo divino. Para él, la clave de este caminar residía en la «exigencia», un concepto central en sus textos que huía del rigorismo vacío. Como solía decir, el amor sin exigencia disminuye a la persona, mientras que el «amor exigente» es el único capaz de hacerla crecer.
Así, su convicción de que «las parejas están hechas para la felicidad» cobraba todo su sentido: esa dicha no era un fin en sí mismo, sino la consecuencia natural de un amor que se entrega incondicionalmente y se convierte en un caminar diario con Dios. Ese mismo abandono confiado marcó también el último tramo de su vida. La muerte de este carismático sacerdote, ocurrida el 18 de septiembre de 1996 tras una crisis cardiaca, fue vivida por él como una última llamada del Señor, a la que respondió con plena lucidez.