Un sacerdote administra la unción de los enfermos
La advertencia de un publicista a los curas que flaquean: «Pecad si la miseria os vence, pero no desertéis»
Paco Segarra espolea a los sacerdotes con un contundente artículo en el que resalta la importancia de no rendirse, a pesar de las caídas
«Si habéis caído, dejad que el obispo os mande a un páramo feo y triste, a una posición olvidada en la retaguardia. Pero no desertéis. La sabiduría ascética es clara: 'Dios castiga la soberbia oculta con la lujuria manifiesta'. Es así de simple y de terrible». Paco Segarra (Barcelona, 1958) ha firmado una contundente columna en Religión en Libertad titulada Los curas guapos, a raíz de algunos de los casos que se han conocido últimamente de sacerdotes jóvenes que han anunciado que abandonaban el sacerdocio.
El tono de Segarra es rotundo y tajante, pero busca espolear a los presbíteros y recordarles que «estamos en una guerra espiritual –más atroz, más fétida y ruin que cualquier carnicería terrenal– y aquí los desertores no huyen de las balas, sino de la Gloria». «A un cura, como a un esposo o a un soldado en las Termópilas, se le exige fidelidad, no una perfección de porcelana. ¡Bajad de vuestra soberbia, hombrecillos de hoy!», sentencia el veterano publicista barcelonés.
Una de las campañas de Paco Segarra en su etapa en la Fundación Kolbe
Segarra, que ha trabajado en importantes agencias de publicidad para grandes marcas multinacionales, fundó a principios de siglo la Fundación Kolbe de Publicistas Católicos, que se hizo rápidamente conocida por sus rompedoras campañas relacionadas con la Iglesia. «Hernán Cortés no mandó quemar sus naves para luego volverse a Castilla por un capricho de alcoba. Ni Fernando el Católico entregó Granada por sus concubinas, ni los legionarios de Melilla abandonaron el blocao por una meretriz. ¡No confundáis la flaqueza de la carne con la traición del alma!», subraya Segarra.
La humildad y la impureza
Y es que, según el creativo publicitario, esas no son más que «excusas modernas». «Pongámonos serios, aunque me duela el alma de rabia: en esta guerra, la mayor batalla es la de la humillación. Aceptad la cruz de oprobio de vuestros pecados», remacha. «He conocido misioneros navarros, hombres de taco y blasfemia, que evangelizaban en infectos barrizales donde solo un loco o un santo pondría el pie», añade. «No me vengáis con psicologías, con 'crisis de identidad' o con vacíos emocionales. Esos son pecados reflexivos, los que Dante hundía en lo más profundo del infierno porque tienen nocturnidad y alevosía filosóficas. ¡Si es un calentón, que sea un calentón! Pero no lo disfracéis de 'búsqueda de la verdad'. Llevad vuestra indignidad bajo el uniforme, cumplid vuestra palabra aunque os cueste la vida», sentencia Segarra.
Una campaña de la Fundación Kolbe para ayudar a mujeres que han abortado
«Pequen, si no saben hacer otra cosa. Pequen mucho si la miseria les vence. Pero no lo enmascaren. Pequen y dejen que Cristo les llame desde el fango; pequen y acepten los salivazos, los azotes y el desprecio del mundo. Sean dignos de ser perdonados, pero por lo que más quieran: no tiren el uniforme. Sean pecadores, más pecadores si cabe, pero mueran en su puesto. Porque así, tal cual sois, fuisteis llamados a filas», enfatiza el creativo publicitario.
El peso de la cruz
«Un soldado no se va a casa porque la trinchera esté fría y el pan se haya vuelto piedra. Habéis llegado al sacerdocio para una sola cosa, y no es la 'realización personal' ni el bálsamo de las emociones: habéis llegado para morir», afirma con contundencia. Segarra alienta a los sacerdotes «a entregarlo todo, maldita sea». «Entregad el honor, el descanso y hasta la última gota de vuestra reputación, pero no oséis entregar el amor que Dios os tiene, que es lo único que mantiene el universo en pie», prosigue. «Entregad vuestro ser entero para ser Cristos, no una caricatura piadosa de catálogo diocesano. Entregadlo todo y entregaos del todo, sin reservas, sin planes de fuga, sin una maleta hecha debajo de la cama por si la Cruz pesa demasiado», advierte.
Segarra concluye su artículo con una sentencia dura, aunque realista, y que invita al arrepentimiento: «Pequen si son miserables, pero mueran en el puesto. Porque el desierto es ancho, pero el infierno de los desertores es un pozo sin fondo donde no hay ni pan duro ni trinchera, solo el eco eterno de una palabra que no supisteis mantener».