El coste de una boda varía según sea civil o religiosa
El informe revelador que derriba los mitos sobre la vida conyugal
Un exhaustivo estudio demuestra que la práctica religiosa no reprime la vida de pareja, sino que la fortalece: los creyentes practicantes son notablemente más felices en sus matrimonios y se mantienen a salvo de la «recesión sexual» que padece la sociedad secularizada
Frente a la imparable epidemia de aislamiento, la adicción a las pantallas y la soledad que caracterizan al denominado «siglo antisocial», la fe y la familia continúan erigiéndose como los bastiones más sólidos de comunión y salud emocional. Así lo atestigua el informe titulado The Devout Difference: Religion, Marital Quality, and Sex Among Americans [La diferencia de los creyentes: religión, calidad de la vida matrimonial y relaciones sexuales entre los estadounidenses], elaborado por los investigadores Rich Dell'Isola, Brad Wilcox, Grant Bailey y Jane Lankes Smith para el Institute for Family Studies (IFS).
El estudio revela una llamativa paradoja sociológica: aunque la influencia de las confesiones religiosas en la vida familiar ha experimentado un claro retroceso desde los años 70 —con una drástica caída del 74 % en las bodas católicas en Estados Unidos—, los creyentes que se mantienen en la práctica religiosa disfrutan de familias sensiblemente más fuertes, felices y estables.
La fe cambia la vida conyugal
El informe del IFS constata que los ciudadanos que acuden con regularidad a la iglesia presentan un 39 % más de probabilidades de estar casados que sus coetáneos no practicantes o seculares. Además, registran tasas de divorcio sustancialmente menores: los resultados señalan que la asistencia frecuente a los servicios religiosos reduce entre un 30 % y un 50 % el riesgo de ruptura matrimonial.
Lejos de la narrativa secular que presenta los preceptos religiosos como trabas para la realización personal, las cifras demuestran lo contrario. El 79 % de los católicos practicantes y el 74 % de los protestantes practicantes afirman ser muy felices en sus matrimonios, en comparación con el 66 % de las personas sin vinculación religiosa. Un factor determinante es la convicción en la permanencia del vínculo conyugal («hasta que la muerte nos separe»): asumir este compromiso firme multiplica por 1,85 las probabilidades de disfrutar de un matrimonio pleno y dichoso.
La sexualidad vivida como don
Otro de los hallazgos del informe desmiente el cliché de la frialdad o represión conyugal en los entornos creyentes. En medio de una creciente «recesión sexual» mundial, tal y como señala el estudio, mientras que en los años noventa el 64 % de los matrimonios de entre 20 y 54 años mantenía relaciones sexuales al menos una vez por semana, hoy ese porcentaje ha descendido hasta el 54 % del conjunto de la población casada. Además, entre las personas sin adscripción religiosa, el porcentaje es aún menor y se sitúa en el 48 %.
No obstante, frente a este 48 % de los esposos no religiosos, el 62 % de los cónyuges que asisten habitualmente a la iglesia afirma tener relaciones semanales. Los católicos practicantes lideran tanto la frecuencia como la satisfacción: el 69 % mantiene relaciones semanales y presentan 1,42 veces más probabilidades de estar plenos en su vida íntima que los no practicantes. Para los autores del estudio, concebir el matrimonio y la sexualidad como un don sagrado y un compromiso definitivo actúa como un auténtico dinamizador de la confianza y el afecto en el hogar.
La alineación de valores, el pilar fundamental
La investigación subraya que el factor diferencial no es la mera etiqueta o afiliación nominal, sino la vivencia activa de la fe y la coincidencia en valores fundamentales. Es decir, el estudio señala que los «católicos o protestantes nominales» —aquellos que se consideran creyentes, pero apenas acuden a la iglesia— presentan tasas de divorcio y de infelicidad similares a las de las personas sin religión. La clave del éxito conyugal reside en vivir la fe en el día a día y remar en la misma dirección: los matrimonios que comparten una misma visión moral, espiritual y familiar tienen 6,85 veces más probabilidades de ser dichosos y 6,86 veces más posibilidades de percibir su unión como plenamente estable.
Esta sintonía fomenta una percepción de justicia y corresponsabilidad interna: el 84 % de los cónyuges que consideran equilibrada la implicación de su pareja se declara feliz en el matrimonio, frente a un escaso 15 % entre quienes difieren en este punto.
Desafíos reales en los hogares creyentes
El informe tampoco oculta las dificultades que afrontan las familias creyentes. Entre ellas aparece, en primer lugar, cierta inseguridad respecto a la estabilidad matrimonial: pese a presentar tasas de divorcio más bajas, los católicos temen más que su matrimonio no dure que los protestantes. A ello se suma el impacto de la pornografía: el 25 % de los varones casados que acuden habitualmente a la iglesia reconoce consumirla al menos una vez al mes, frente al 35 % de los maridos que acuden a misa raramente o nunca.
Las familias numerosas afrontan asimismo una mayor sobrecarga: las parejas con tres o más hijos registran niveles más elevados de tensión y solo el 46 % de los padres católicos practicantes afirma recibir ayuda de su comunidad parroquial, lo que pone de manifiesto la necesidad de reforzar el acompañamiento y el apoyo que la Iglesia ofrece a las familias.
Como contrapartida de esperanza, el estudio analiza el impacto de movimientos como FOCUS (Fellowship of Catholic University Students). Los exalumnos de este apostolado universitario católico muestran una adhesión del 84 % al concepto del matrimonio indisoluble y un 95 % percibió su matrimonio como plenamente estable en los primeros diez años de unión.
En conclusión, los datos científicos desmontan los prejuicios culturales: la fe vivida en pareja no sofoca la libertad ni la alegría conyugal, sino que ofrece una roca firme de comunión, sentido y estabilidad en un mundo cada vez más fragmentado.