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La mística Juliana de Norwich

La mística Juliana de Norwich

Citada por el Catecismo y ensalzada por Benedicto XVI: la enigmática mística medieval cuyo verdadero nombre se perdió para siempre

Retirada en una celda en la Inglaterra del siglo XIV, Juliana de Norwich contempló 16 revelaciones que plasmó en manuscritos y que sobrevivieron al paso de los siglos para legar a la Cristiandad un mensaje de inquebrantable esperanza

De Juliana de Norwich sabemos muy poco. Ni siquiera conocemos su verdadero nombre. La historia la recuerda por el nombre de la iglesia – San Julián, en Norwich, dentro del condado de Norfolk– junto a la que vivió recluida durante décadas, como anacoreta, en una pequeña celda adosada al ábside. Vivió en la Inglaterra del siglo XIV, bajo el reinado de Eduardo III, y nació probablemente en 1342. Ella misma se describía como «una simple criatura iletrada».

Sin embargo, aquella mujer aparentemente anónima acabaría dejando uno de los testimonios místicos más importantes de la espiritualidad cristiana medieval. Desde su pequeña ventana, Juliana recibía a quienes acudían en busca de consejo, consuelo y oración. No buscó fama ni reconocimiento. Su nombre, su historia personal e incluso buena parte de su vida quedaron en el anonimato.

Lo que sobrevivió fue su voz: las palabras que puso por escrito después de experimentar una serie de visiones místicas y que, siglos después, seguirían hablando de la misericordia y del amor de Dios. En una época marcada por ciertas corrientes que a menudo enfatizaban el castigo de Dios debido a sucesos como la Peste Negra, la guerra y los disturbios sociales, las palabras que Juliana transmitía desde su ventana eran revolucionarias: recordaba que Dios es puro amor, misericordia y ternura, asegurando que «todo terminará bien»: «Yo comprendí, pues, por la gracia de Dios, que era preciso mantenerme firmemente en la fe [...] y creer con no menos firmeza que todas las cosas serán para bien [...] Tú misma verás que todas las cosas serán para bien».

La odisea de sus manuscritos: ¿cómo se salvaron sus escritos?

En mayo de 1373, cuando contaba con treinta años y medio de edad, sufrió una grave enfermedad que la dejó al borde de la muerte. Tras permanecer convaleciente durante una semana y perder la movilidad del cuerpo de la cintura para abajo, un sacerdote acudió a su lecho y colocó un crucifijo ante sus ojos. En ese instante de profunda agonía física, sintió que el dolor desaparecía repentinamente y experimentó una sucesión de dieciséis visiones o revelaciones sobrenaturales que se desarrollaron a lo largo de unas cinco horas, desde las cuatro hasta pasadas las nueve de la mañana del 8 de mayo de 1373. La última noticia documental sobre su vida procede del manuscrito Amherst, donde un escriba atestigua que en el año 1413 la anacoreta aún vivía, superando ya los setenta años de edad.

El testimonio escrito de Juliana de Norwich es uno de los tesoros más singulares de la mística medieval, habiendo llegado a nuestros días a través de un número extremadamente reducido de fuentes. De esta obra solo se conservan cuatro manuscritos conocidos en todo el mundo: tres de ellos custodios en el British Museum de Londres y un cuarto en la Bibliothèque Nationale de París.

Entre ellos destaca el manuscrito Amherst, datado a principios del siglo XV, que recoge la versión breve redactada tras las visiones. Posteriormente, las ediciones y traducciones modernas han tomado como texto de referencia principal el manuscrito M. S. Sloane 2499 del British Museum, el cual contiene la redacción extensa y meditada de la obra.

¿Qué escribió? Las dos etapas de 'Revelaciones del Amor Divino'

El libro Revelaciones del Amor Divino estructura de forma metódica y profunda las dieciséis apariciones particulares concedidas por Jesucristo a la anacoreta. La obra no se redactó de forma precipitada: tras el impacto inicial de las experiencias vividas en 1373, Juliana dedicó casi dos décadas a la meditación, la oración y la profundización teológica. Ella misma explica que no compuso el texto definitivo antes de 1393, momento en el que recibió nuevas luces espirituales para comprender el alcance doctrinal de lo contemplado en su celda.

Desgranando las revelaciones

1. La creación cabe en una avellana

En su primera revelación, Dios le mostró una visión espiritual sobre la pequeñez del universo frente a la infinitud del Creador. Juliana relata así la escena: «Me mostró una pequeña cosa del tamaño de una avellana que yacía en la palma de mi mano; era redonda como una bola. La miré con el ojo del espíritu y pensé: «¿Qué puede ser esta bolita?». Y se me respondió en sentido general: 'Es todo lo creado'». Sorprendida de que algo tan frágil pudiera subsistir, recibió esta respuesta interior: «Dura y durará eternamente en virtud del amor que Dios le tiene».

2. El móvil de todo es el Amor

Tras más de quince años de meditación sobre el propósito de sus visiones, la mística recibió una aclaración definitiva que resume el núcleo de su obra: «¿Quieres conocer el sentido que Nuestro Señor daba a sus palabras y al mismo tiempo su móvil? Sábelo bien: era Amor. ¿Quién te lo reveló? El Amor. ¿Qué te reveló? El Amor. ¿Por qué te lo reveló? Por Amor»».

3. El misterio del pecado y la promesa del consuelo: «Todo terminará bien»

Uno de los dilemas que atormentaba a Juliana era por qué Dios había permitido la existencia del pecado. Ante sus perplejidades, el Señor le transmitió una promesa: «El pecado era necesario; pero todo se mudará en bien, todo será bueno, y cualquier cosa terminará bien».
​​Juliana explica que el pecado no posee una sustancia propia ni una forma sensible, sino que solo se manifiesta a través del dolor que provoca, garantizando el Señor que: «Puesto que yo he mudado en bien el peor mal, quiero que comprendas que mudaré también en bien todo mal menor».

4. El amor materno de Jesucristo

Con profunda audacia teológica, Juliana profundiza en la maternidad espiritual de Jesucristo, afirmando que Dios «se alegra de ser nuestro Padre, se alegra de ser nuestra Madre, se alegra de ser nuestro verdadero Esposo». En la quatordécima revelación, pone en boca del Salvador estas palabras: «Yo soy la Potencia y la Bondad del Padre; yo soy la Sabiduría de la Madre; yo soy la Luz y la Gracia, es decir, el Amor bendito». La mística compara los cuidados humanos con los divinos destacando que «la madre terrenal puede alimentar a su hijo con su leche, pero nuestra preciosa Madre Celestial, Jesús, puede nutrirnos con su propia carne» en los Sacramentos.

5. La oración sincera en medio de la aridez

Sobre la vida de oración, Juliana subraya que es el propio Dios quien impulsa el deseo de suplicar: «Yo soy la Fuente de la que brota tu súplica: ante todo soy yo mismo quien la desea, luego te incito a dirigérmela... ¿cómo podría negar lo que te pido que me pidas?». E invita a perseverar aun en momentos de sequedad espiritual: «Ora en tu íntimo, aunque te parezca árida esta clase de oración... Porque tu oración me es siempre grata y aceptada, aunque esté árida y fría, débil o enferma tu alma».

El rescate de Benedicto XVI: una mística para nuestro tiempo

El 1 de diciembre de 2010, durante una Audiencia General, el Papa Benedicto XVI dedicó íntegramente su catequesis a la figura de Juliana de Norwich, destacándola como una mística ilustre venerada tanto por la Iglesia Católica como por la Comunión Anglicana.

El Pontífice remarcó que, en una época azotada por tribulaciones, Dios la suscitó para transmitir «un mensaje de optimismo fundado en la certeza de que Dios nos ama y su Providencia nos protege». Benedicto XVI alabó la audacia con la que comparó el amor divino con la ternura maternal y recordó que el propio Catecismo de la Iglesia Católica cita sus palabras para responder a por qué existen el mal y el sufrimiento (nn. 304-314). Para Benedicto XVI, la promesa transmitida a la anacoreta —«Todo estará bien», «cada cosa será para bien»— constituye una lección permanente de fe: si confiamos el corazón a Dios, jamás seremos defraudados.

«Juliana de Norwich comprendió el mensaje central para la vida espiritual: Dios es amor y sólo cuando nos abrimos, completamente y con confianza total, a este amor y dejamos que sea la única guía de nuestra vida, todo queda transfigurado, encontramos la verdadera paz y la verdadera alegría y somos capaces de difundirlas a nuestro alrededor» [...] Sí, queridos hermanos y hermanas, las promesas de Dios siempre son más grandes que nuestras expectativas. Si entregamos a Dios, a su inmenso amor, los deseos más puros y más profundos de nuestro corazón, nunca quedaremos defraudados. 'Y todo será bien', 'todo será para bien': este es el mensaje final que Juliana de Norwich nos transmite y que también yo os propongo hoy".

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