Fundado en 1910

Los cuatro nuevos novicios junto a Frey Emmanuel Rousseau (segundo por la izquierda), Gran Comendador de la Soberana y Militar Orden de Malta

Dos españoles, entre los cuatro novicios que reabren en Roma el noviciado de la Orden de Malta tras casi tres siglos

Diego Merry del Val y Alberto Sánchez forman parte del primer grupo de aspirantes bendecido por León XIV en un paso decisivo desde el siglo XVIII

Casi un milenio de historia contempla a la Soberana Orden de Malta, pero el paso del tiempo no le ha restado frescura. La orden religiosa laica más antigua de la Iglesia ha anunciado la creación de su primer noviciado en Roma desde mediados del siglo XVIII. El acontecimiento marca un hito en la trayectoria de esta institución nacida al calor de las Cruzadas, cuyo carisma aúna la defensa de la fe y el servicio incondicional a los pobres y enfermos.

El noviciado ha quedado instalado en la Curia Generalicia de los Fatebenefratelli (significa literalmente «haced el bien, hermanos» y se utiliza para denominar a los religiosos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios), en el barrio romano de Gianicolense, muy cerca de la Villa Doria Pamphilj. La elección no es casual: la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios comparte con la Orden de Malta una vocación fraterna dedicada a la atención de la salud y el amparo de los más necesitados.

Ceremonia de la Soberana y Militar Orden de Malta junto a miembros de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios

Los actos formales comenzaron el 10 de octubre con una solemne misa concelebrada por el cardenal patrono Gianfranco Ghirlanda, el cardenal Silvano Tomasi, el prelado Monseñor Luis Cuna-Ramos y el padre Robert McCulloch, misionero columbano con más de 34 años de labor en Pakistán que asume el cargo de maestro de novicios.

Tres días después, el 13 de octubre —coincidiendo con la festividad del Beato Gerardo, fundador de la Orden—, tuvo lugar la ceremonia de vestición. Cuatro jóvenes vistieron el hábito religioso e ingresaron oficialmente como novicios: el suizo Francesco Brenni, el estadounidense Daniel Johnson y los españoles Diego Merry del Val y Alberto Sánchez. El equipo formativo se completa con Frey Emmanuel Rousseau como superior de la casa, el dominico Bruno Esposito como director espiritual y Frey Thomas Mulligan como vicemaestro.

La apertura del noviciado ha contado con la bendición expresa del Santo Padre. A través del cardenal patrono Ghirlanda, el Papa León XIV dirigió un mensaje a los miembros de la Orden en el que calificó esta iniciativa como «un momento especialmente importante en el proceso de renovación espiritual de la Orden».

En su misiva, el Pontífice animó con afecto paternal a los novicios a «ponerse en la disposición de ánimo necesaria para dejarlo todo y seguir únicamente a Jesús, dóciles al Espíritu Santo para poder discernir la llamada divina al servicio de la fe y de los pobres, obedeciendo a la Iglesia». Por su parte, el Gran Maestre de la Orden, Frey John Dunlap, hizo pública su profunda gratitud hacia la cercanía y la atención espiritual del Pontífice.

El ardor evangélico de los orígenes

Para valorar este nuevo paso, es necesario rebobinar casi diez siglos en el hilo del tiempo. El origen de la Orden se remonta a 1048 en Jerusalén, cuando mercaderes de Amalfi fundaron una iglesia, un convento y un hospital dedicado a San Juan Bautista para socorrer a los peregrinos. Bajo el liderazgo del Beato Gerardo, aquella comunidad germinal se consolidó como orden laica, recibiendo en 1113 la bula Pie Postulatio Voluntatis del Papa Pascual II, que garantizó su autonomía e independencia.

Poco después, el Beato Raymond du Puy estableció las primeras reglas articuladas en torno a los votos de pobreza, castidad y obediencia. Ante los constantes peligros en Tierra Santa, la Orden asumió también la defensa militar de los peregrinos y de sus centros médicos, adoptando la célebre cruz blanca de ocho puntas, símbolo de las ocho Bienaventuranzas evangélicas.

Tras la pérdida de San Juan de Acre en 1291, los caballeros trasladaron su sede a Chipre y posteriormente a Rodas (1310), convirtiéndose en el gran escudo naval del Mediterráneo cristiano. Allí organizaron su estructura por «Lenguas» europeas, acuñaron moneda y ejercieron una soberanía diplomática propia. Tras soportar un feroz asedio de seis meses por parte de las tropas de Solimán el Magnífico en 1523, los caballeros abandonaron Rodas con honor.

Sería en Malta, a partir de 1530, donde la Orden forjaría sus capítulos más célebres. En 1565, dirigidos por el Gran Maestre Jean de la Valette y apoyados por figuras decisivas como el capitán Vincenzo Anastagi, repilieron el Gran Sitio de Malta frente a una poderosa flota otomana de 130 galeras y 30.000 hombres. Poco después, en 1571, la escuadra maltesa comandada por Frey Pietro Giustiniani tuvo un papel crucial en la victoria de Lepanto junto a la Liga Santa.

Expulsada de la isla por Napoleón en 1798 debido a su norma de no combatir contra otros cristianos, la Orden fijó su residencia definitiva en Roma en 1834. Desde el Palacio Magistral de Via dei Condotti en pleno centro de Roma, centró sus energías en su misión original: la asistencia humanitaria y sanitaria.

Hoy, 976 años después de su fundación, la Soberana Orden de Malta mantiene relaciones diplomáticas con más de 100 países y cuenta con 13.500 miembros, 95.000 voluntarios y 52.000 profesionales en 120 naciones. Desde el único hospital con unidad de cuidados intensivos neonatales en Belén hasta la ayuda humanitaria en Ucrania, la institución combina su estatus de sujeto soberano internacional con el ardor evangélico de sus orígenes. Un ardor que, con la apertura de este noviciado romano, vuelve a reavivar su llama vocacional casi tres siglos después.