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El Papa Pío XI

90 años de los primeros mártires de 1936

Cuando un Papa alzó la voz por España: se cumplen 90 años de la histórica alocución de Pío XI a los perseguidos en la Guerra Civil

Un 14 de septiembre de 1936, en la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, el Pontífice conmovió a la Cristiandad al calificar de «verdaderos martirios» las pruebas del clero español y denunciar con amargura que «los hermanos han matado a los hermanos»

Tal día como hoy, un 14 de septiembre de 1936, la Santa Sede se convirtió en altavoz de la tragedia religiosa que asolaba a España. En coincidencia con la festividad litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz, el Papa Pío XI recibió en audiencia solemne a un nutrido grupo de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos huidos de la persecución. Aquella alocución pública, titulada La vostra presenza (Vuestra presencia), constituyó una intervención histórica en la que el Pontífice abordó los padecimientos de la Iglesia en suelo español.

El Santo Padre comenzó su discurso reconociendo el «tumulto de sentimientos contradictorios» que embargó su corazón de Padre común, dividido entre el amargo dolor por las víctimas y la «suave y fiera alegría» ante el heroísmo de la fe. Ante aquellos fieles despojados de todo y buscados a muerte en ciudades, aldeas y montañas, Pío XI evocó las palabras del Apóstol San Pablo sobre los primeros mártires para proclamar que «el mundo no era digno de ellos» («quibus dignus non erat mundus»).

En sus reflexiones de apertura, el Pontífice reveló además una perspectiva providencial sobre el éxodo de los perseguidos, afirmando que la dispersión de los refugiados por distintos países no era sino una misteriosa «disposición de la Providencia divina» para llevar por el mundo el testimonio vivo del heroico apego a la fe ancestral «que por cientos y miles [...] ha añadido confesores y mártires al ya tan glorioso martirologio de la Iglesia de España».

«Verdaderos martirios» y la tragedia de la guerra entre hermanos

Dirigiéndose a los perseguidos por su condición de «ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios», el Papa no dudó en catalogar sus padecimientos como «verdaderos martirios en todo el sacro y glorioso significado de la palabra». Conmovido por el testimonio de ancianos, jóvenes y sacerdotes, el Pontífice los proclamó solemnemente ante la Iglesia como su «gozo y corona» («gaudio mio e corona mia»).

Sin embargo, el tono se tornó desgarrador al analizar la naturaleza del conflicto en suelo español. Pío XI denunció la devastación de vidas sagradas, templos y tesoros de fe y cultura, elevando el grito sobre la tragedia central de la contienda: «los hermanos han matado a los hermanos» («i fratelli hanno ucciso i fratelli…»). Para remarcar el horror del derramamiento de sangre entre hijos de una misma patria, el Papa citó al célebre pensador Alessandro Manzoni, recordando que «la sangre de un solo hombre vertida por mano de su hermano es excesiva para todos los siglos y para toda la tierra».

Advertencia al mundo y llamamiento al perdón

Durante su audiencia, Pío XI alertó a Europa contra la propaganda subversiva desatada bajo el lema «sin Dios, contra Dios», previniendo sobre lo que calificó como una «insidia» o engaño peligroso de los propagandistas subversivos. Estos intentaban convencer a los católicos de que era posible colaborar con ellos en reformas económicas o sociales, sugiriendo que se podía distinguir «entre ideología y práctica, entre ideas y acción, entre orden económico y orden moral».

Tal y como definió el Papa, esto se trata de una trampa «extremadamente peligrosa», ideada y destinada únicamente «a engañar y desarmar a Europa y al mundo en beneficio exclusivo de los programas inmutables de odio, subversión y destrucción que los amenazan».

El Pontífice otorgó su bendición apostólica a quienes asumieron la ardua tarea de «defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión». No obstante, fiel al mandato evangélico, Pío XI instó a los presentes a no guardar rencor y a amar a los propios perseguidores con compasión y misericordia, rezando por su conversión. El Papa concluyó su histórico discurso confiando en que, bajo el emblema de la Cruz —«per Crucem ad lucem»—, volviera a despuntar pronto sobre el cielo español el «arcoíris de la paz».