Pastillas
Los ansiolíticos que se han normalizado en millones de hogares: «Es preocupante»
Su indicación clínica es clara: uso a corto plazo, generalmente no superior a cuatro semanas. Sin embargo, la práctica asistencial y la realidad social dibujan otro escenario
Problemas para dormir, ansiedad, dolores musculares... Los ansiolíticos están a la orden del día en España. Nuestro país encabeza el ranking mundial del consumo de un grupo de estos fármacos. En concreto, en 2020 se consumieron 110 dosis diarias por cada 1.000 habitantes, una cifra hasta 2.750 veces superior a la de Alemania (0,04).
María Quevedo, directora de tratamiento de Clínica RECAL, centro de referencia en España para el tratamiento integral de adicciones, ha afirmado que se trata de un liderazgo inquietante que los especialistas ya califican como «una crisis de salud pública invisibilizada». Así, ha revelado que estas cifras «no son solo estadísticas», sino que reflejan «un problema clínico real que vemos a diario». Estos datos son más que preocupantes, puesto que en los últimos dos años han registrado «un incremento del 45 % de personas que acuden por dependencia a benzodiacepinas».
Las benzodiacepinas, entre ellas alprazolam (Trankimazin), lorazepam (Orfidal), diazepam (Valium), bromazepam (Lexatin), lormetazepam (Noctamid) o flunitrazepam (Rohipnol), figuran entre los tratamientos más prescritos para el insomnio, la ansiedad o como relajantes musculares. Su indicación clínica es clara: uso a corto plazo, generalmente no superior a cuatro semanas. Sin embargo, la práctica asistencial y la realidad social dibujan otro escenario.
Radiografía de un consumo cronificado
Un estudio de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU, 2024), realizado en población de entre 18 y 70 años, ha revelado datos que han preocupado a los médicos. Tal y como muestran los resultados, el 22 % de las personas que viven en España consume actualmente benzodiacepinas. Cuatro de cada 10 usuarios las toman a diario, el 65 % lleva consumiéndolas seis meses o más, un 38 % reconoce haberse planteado dejarlas y el 59 % de las personas entre 25 y 29 años ha tomado tranquilizantes en los últimos cinco años.
Para María Quevedo, lo más alarmante no es solo el volumen de consumo, sino la cronificación: «Cuando más de la mitad de los usuarios supera los seis meses de tratamiento y cuatro de cada 10 lo toman a diario, hablamos de un uso que ya se aleja claramente de la indicación clínica puntual y se aproxima a un patrón de dependencia», ha garantizado la directora.
Este patrón de uso prolongado contradice las recomendaciones clínicas y multiplica los riesgos de, entre otras cosas, deterioro de memoria y atención, aumento de caídas en población adulta, mayor probabilidad de accidentes de tráfico, desarrollo de tolerancia, dependencia física y adicción.
Por qué se receta un ansiolítico
Obtener una receta de ansiolíticos es más normal de lo que parece. El insomnio, el estrés crónico y la ansiedad hacen de este fármaco uno de los más típicos. Según señalan los expertos de la Clínica Recal, la prescripción de un ansiolítico puede ser adecuada en fases agudas. Sin embargo, el problema surge cuando la medicación sustituye al abordaje terapéutico de fondo.
Desde el punto de vista neurobiológico, las benzodiacepinas actúan sobre los receptores GABA-A, potenciando la inhibición neuronal y generando un efecto sedante y ansiolítico inmediato. Con el uso continuado, el sistema nervioso central se adapta: aparece tolerancia (necesidad de mayor dosis para igual efecto) y dependencia física. La retirada brusca puede provocar síndrome de abstinencia: insomnio de rebote, ansiedad intensa, temblores e incluso convulsiones en casos graves.
Por último, María Quevedo ha comunicado que el paciente no siempre identifica que ha desarrollado una adicción, porque el origen fue «una prescripción médica legítima». Sin embargo, hay señales que indican que sufre este problema. Entre ellos están el miedo a quedarse sin medicación al aumentar la dosis o fracasar repetidamente al intentar reducirla. Así, ha querido aclarar que la dependencia «no discrimina por edad ni nivel socioeconómico».
En un país donde el ansiolítico forma parte del botiquín doméstico habitual, la pregunta ya no es cuántas personas consumen benzodiacepinas, sino cuántas han desarrollado dependencia sin saberlo. La respuesta, según los expertos, es el verdadero desafío sanitario de la próxima década.