Jóvenes utilizan sus teléfonos
«Mejor mándame un WhatsApp»: por qué los jóvenes ya no quieren hablar por teléfono
Solo hace falta fijarse durante unos minutos en una cafetería, en el metro o a la salida de clase: los móviles están constantemente presentes, pero las conversaciones telefónicas son mucho menos visibles
El teléfono vibra. En la pantalla aparece el nombre de alguien conocido. Nos pensamos dos veces antes de descolgar. ¿Y si quiere algo urgente? ¿Y si la conversación se alarga? Para muchos, una llamada inesperada puede convertirse en una situación de incomodidad o nerviosismo. La solución parece sencilla: dejar que suene y escribir después un mensaje cada vez más habitual: «Mejor mándame un WhatsApp». Lo que antes era una de las formas más rápidas de comunicarse empieza a generar incomodidad para una generación acostumbrada a tener el control sobre cuándo, cómo y con quién hablar.
La llamada telefónica está lejos de haber desaparecido. Sigue siendo habitual cuando hay una emergencia, cuando se necesita resolver rápidamente un problema o cuando se quiere hablar con un familiar o una persona cercana. Sin embargo, para muchos jóvenes ya no es la primera opción para mantener una conversación cotidiana.
La diferencia está, en parte, en el contexto. Una llamada de un amigo cercano puede resultar natural, mientras que recibir una llamada inesperada de un número desconocido puede provocar que la primera reacción sea no contestar. También puede ocurrir con personas conocidas: mirar la pantalla, dejar que suene y, unos segundos después, enviar un mensaje preguntando: «¿Qué pasa?».
La comunicación no ha desaparecido, ha cambiado el formato. WhatsApp permite responder cuando se tiene tiempo, pensar qué se quiere decir y mantener una conversación sin necesidad de interrumpir aquello que se está haciendo. La llamada, en cambio, exige atención inmediata. Cuando el teléfono suena, hay que decidir en ese mismo instante si se quiere hablar.
La psicología detrás de una llamada
Esta diferencia entre escribir y hablar también puede analizarse desde la psicología. Una investigación publicada por la Universitat Oberta de Catalunya estudió precisamente la relación entre la ansiedad ante las llamadas, la preferencia por los mensajes de texto y la sensación de control que proporciona la comunicación escrita. El estudio encontró que la generación de los millennials y generación Z mostraban una mayor preferencia por escribir y una mayor ansiedad ante las llamadas a diferencia de otras generaciones anteriores. Los autores relacionaron esa preferencia con la posibilidad de preparar y editar lo que se quiere comunicar mediante un mensaje.
La explicación no significa que todos los jóvenes tengan ansiedad ante el teléfono ni que evitar una llamada sea necesariamente un problema psicológico. La incomodidad puede tener diferentes causas y no debe confundirse automáticamente con un trastorno de ansiedad.
Sin embargo, el factor del control resulta especialmente relevante. Cuando escribimos, podemos pensar antes de responder, borrar una frase, cambiar una palabra o esperar unos minutos antes de contestar. Durante una llamada, la conversación sucede en tiempo real y no hay forma de rectificar.
También desaparece la posibilidad de anticiparse a lo que va a ocurrir. Un mensaje permite conocer desde el principio el motivo de la conversación. Una llamada puede comenzar simplemente con un «hola» y obligarnos a descubrir sobre la marcha qué quiere la otra persona.
Para algunos jóvenes, esa incertidumbre puede resultar incómoda: ¿cuánto va a durar?, ¿qué me quiere contar?, ¿tendré que dejar de hacer lo que estaba haciendo?
La paradoja es que las nuevas generaciones no han dejado de comunicarse. Al contrario. El teléfono está constantemente presente en el día a día, pero se utiliza para muchas otras funciones además de llamar: mensajes, audios, vídeos, redes sociales y videollamadas han multiplicado las posibilidades de comunicación. En lugar de establecer una única conversación telefónica, es posible mantener varias conversaciones simultáneas y adaptarlas al momento.
La investigación sobre los hábitos comunicativos de jóvenes adultos también muestra que las formas de interacción a través del móvil son variadas y que el comportamiento comunicativo depende de factores individuales y sociales. El cambio, por tanto, no consiste simplemente en que las nuevas generaciones hablen menos, sino que se trata de que han crecido con otras normas de comunicación.
«¿Por qué me llamas?»
La reacción ante una llamada inesperada se ha convertido casi en un pequeño ritual. Primero se mira quién llama. Después se decide si contestar. Y, si no se hace, muchas veces llega un mensaje: «¿Qué pasa?». La llamada puede incluso interpretarse como una urgencia. Si alguien que normalmente escribe decide llamar, el receptor puede pensar que existe algún motivo especial.
Esta percepción también está relacionada con los nuevos hábitos digitales. Cuando la comunicación habitual es escrita, una llamada rompe la dinámica. De repente, la persona deja de tener capacidad para elegir cuándo responder y pasa a tener que reaccionar en ese momento. Por eso, las llamadas espontáneas pueden considerarse más intrusivas y, para algunas personas, incluso pueden asociarse a la idea de que ha ocurrido algo grave.
Este suceso puede observarse entre la gente joven. Solo hace falta fijarse durante unos minutos en una cafetería, en el metro o a la salida de clase: los móviles están constantemente presentes, pero las conversaciones telefónicas son mucho menos visibles o invisibles en comparación con los mensajes. Los estudiantes escriben mientras esperan el transporte público, responden mensajes entre clases o escuchan audios mientras caminan. La comunicación se adapta a otras actividades.
Esta posibilidad de hacer varias cosas al mismo tiempo es una de las características que hace que la comunicación escrita resulte cómoda. Una llamada, en cambio, requiere prestar atención a la conversación y escuchar al interlocutor.
No es lo mismo escribir que escuchar una voz
Aunque WhatsApp ofrece inmediatez y comodidad, la comunicación escrita también tiene sus limitaciones. Un mensaje no contiene todos los elementos de una llamada. Una frase puede interpretarse de distintas maneras dependiendo de cómo se lea. El tono de voz, las pausas, las risas o la forma de enfatizar determinadas palabras desaparecen cuando la conversación se reduce a una pantalla.
Los audios solucionan parcialmente este problema, pero tampoco funcionan exactamente igual que una conversación en tiempo real. En una llamada existe una respuesta inmediata: una persona habla, la otra escucha y responde.
Por eso, la elección entre escribir o llamar no depende únicamente de la edad. También depende del tipo de conversación, de la relación entre las personas y de la importancia de aquello que se quiere comunicar.
Precisamente porque las llamadas son menos habituales, pueden adquirir un significado diferente. Un cumpleaños, un logro importante, una noticia familiar o un momento difícil pueden hacer que una persona prefiera escuchar la voz de alguien antes que recibir un mensaje. En esas situaciones, la llamada implica algo que un mensaje no siempre consigue transmitir de la misma manera: presencia.
Un WhatsApp puede enviarse en cuestión de segundos. Una llamada requiere detenerse, escuchar y dedicar unos minutos exclusivamente a otra persona. Eso puede hacer que, en determinados momentos, tenga un valor emocional diferente. La paradoja es que cuanto menos utilizamos las llamadas en nuestra vida cotidiana, más especiales pueden resultar cuando decidimos hacerlas.
Una nueva manera de comunicarnos
La generación que ha crecido con WhatsApp no ha dejado de hablar. Ha aprendido a comunicarse de una forma diferente. El mensaje ofrece control, rapidez y la posibilidad de responder cuando se dispone de tiempo. La llamada exige improvisación, atención y una respuesta inmediata.
Ninguna de las dos opciones es necesariamente mejor en todas las situaciones. Un mensaje puede ser la forma más práctica de preguntar algo rápidamente, mientras que una llamada puede ser más adecuada para explicar un problema o tener una conversación con alguien en un momento importante.
Desde mi propia experiencia como parte de esta generación, la diferencia resulta evidente. Nos hemos acostumbrado a escribir mientras vamos en el metro, caminamos por la calle o hacemos cualquier otra actividad. Una llamada, en cambio, puede hacernos pensar cuánto va a durar o si va a alterar aquello que estábamos haciendo.
Quizá por eso la frase «mejor mándame un WhatsApp» se ha convertido en algo más que una simple respuesta. Es el reflejo de una transformación en nuestra manera de entender la comunicación.
Las nuevas generaciones estamos viviendo en una época completamente diferente a la de hace unos años pero, aun así, seguimos buscando comunicarnos con nuestro entorno, seres queridos… Pero, ¿de verdad hemos dejado de querer hablar por teléfono o simplemente hemos aprendido a comunicarnos de otra manera?