Bosque cantábrico
Los bosques cantábricos retrocedieron hace 8.200 años y después se recuperaron
La investigación reconstruye los efectos de aquel episodio climático a partir de restos vegetales hallados en un yacimiento de Asturias
Hace unos 8.200 años, un episodio de enfriamiento y mayor aridez transformó el paisaje del entorno de El Mazo, en Llanes (Asturias). Los bosques caducifolios perdieron extensión y aumentaron las zonas abiertas, con una mayor presencia de plantas herbáceas y arbustos. Cuando las condiciones ambientales mejoraron, la cobertura forestal se recuperó hasta alcanzar valores próximos a los anteriores.
Así lo documenta la investigación, con participación de los investigadores del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria (IIIPC), Igor Gutiérrez Zugasti y David Cuenca Solana, que también examina cómo las comunidades prehistóricas obtenían alimentos y combustible de la vegetación de su entorno.
El trabajo 'Vegetation and plant resource exploitation during the 8.2 ka event: The mesolithic shell-midden of El Mazo (Asturias, northern Iberia)' publicado en Journal of Archaeological Science: Reports, cuenta como primera firmante a Sara Núñez de la Fuente, e Inés López-Dóriga, actualmente en Wessex Archaeology, quienes desarrollaron sus tesis doctorales en la UC como investigadoras del IIIPC.
Según ha informado este martes la Universidad de Cantabria (UC), el trabajo combina el estudio de pólenes y esporas con el de carbones, semillas y frutos carbonizados recuperados en el abrigo de El Mazo, ocupado durante el Mesolítico.
Según se describe en el trabajo, tras el final de la última glaciación, hace unos 11.700 años, las condiciones más templadas y húmedas favorecieron la expansión de los bosques caducifolios en la región cantábrica.
Los niveles más antiguos analizados en yacimiento de El Mazo, correspondientes aproximadamente al periodo comprendido entre hace 8.800 y 8.400 años, muestran un entorno dominado por robles, avellanos y abedules, junto con otras especies propias de las riberas.
Esta situación cambió durante el llamado evento 8.2, un episodio de enfriamiento y mayor sequedad ocurrido hace unos 8.200 años y que ya había sido evidenciado en otras zonas de Europa.
El registro de polen indica un descenso de la cobertura arbórea y un aumento de las plantas herbáceas y de especies asociadas a paisajes más abiertos. La respuesta no fue uniforme, dado que mientras los bosques caducifolios en conjunto retrocedían, los abedules y los pinos aumentaban su presencia.
«Los bosques se redujeron de manera significativa, dando paso a paisajes más abiertos, en los que predominarían herbáceas y arbustos», ha explicado Igor Gutiérrez, profesor titular de la UC y responsable del grupo de investigación Bioarqueología, Paleoclima y Transformaciones Sociales en la Prehistoria (BioPrehistory), del que también forma parte Cuenca.
El investigador destaca, además, que estos datos se suman a otros estudios del equipo que han identificado un descenso de las temperaturas superficiales del mar durante aquel episodio, especialmente en verano, y que confirman el efecto de aquel evento.
Los análisis reflejan que, una vez superada la alteración climática, los robledales, avellanares y otros componentes del bosque húmedo recuperaron buena parte de su presencia. Para los autores, esta evolución evidencia una notable capacidad de recuperación de la vegetación ante aquel cambio ambiental.
Los recursos vegetales
El Mazo es un abrigo rocoso con ocupaciones de grupos de cazadores-recolectores, anterior a la implantación de la agricultura y la ganadería en la zona. Allí se acumularon grandes cantidades de conchas procedentes de la recolección de moluscos, de ahí que este tipo de yacimientos se conozcan como «concheros». El lugar conserva también indicios de otras actividades, entre ellas la caza y el aprovechamiento de plantas y madera.
«Recuperamos restos vegetales, carbones y pólenes que permiten reconstruir las condiciones ambientales del ecosistema en el que vivían y los recursos que explotaban, tanto como combustible como para su alimentación», ha señalado David Cuenca, investigador Ramón y Cajal del IIIPC y codirector de las excavaciones junto a Gutiérrez.
La madera de roble fue el combustible más representado en los restos estudiados, una preferencia que los autores relacionan con sus buenas propiedades para mantener el fuego destinado a la realización de sus actividades cotidianas. Durante el episodio frío también creció el uso de madera de avellano. Por otra parte, las cáscaras carbonizadas de avellana constituyen una evidencia recurrente de su aprovechamiento alimentario a lo largo de la secuencia arqueológica.
«Seguían utilizando los robles, a pesar de que la cantidad de robledales era menor, y también continuaban recogiendo avellanas», ha indicado Gutiérrez. Aunque se observan variaciones en las maderas utilizadas, el estudio no identifica una ruptura significativa en estas prácticas de aprovechamiento vegetal durante el episodio climático.
En los niveles posteriores aparecen asimismo restos de otros frutos y semillas, entre ellos los de madroño. Los investigadores señalan que esta mayor diversidad podría estar relacionada tanto con el aprovechamiento de recursos como con diferencias en las condiciones de conservación de los materiales.
Investigación interdisciplinar
Las excavaciones de El Mazo, que se realizaron entre 2009 y 2017, han proporcionado materiales que siguen dando lugar a nuevas investigaciones años después de su recuperación. «Hay que excavar, procesar los materiales, enviarlos a los especialistas para que los analicen y, después, interpretar los resultados. Es un proceso realmente lento», ha explicado Cuenca, que ha destacado la importancia de mantener la inversión en investigación para avanzar en el conocimiento de estas poblaciones del pasado.
La investigación ha recibido apoyo de proyectos estatales financiados por la Agencia Estatal de Investigación y el ministerio competente en ciencia, con participación de fondos europeos FEDER, entre otras ayudas recogidas en la publicación.