Aromas de agosto

Las puertas quedan abiertas, los portales se llenan de sillas de enea, y en cada rincón brota la conversación pausada, la partida de cartas, la risa franca. Los bares recuperan sus tertulias, los niños sus bicicletas, y los abuelos las bancadas para repasar las siegas de hace medio siglo

Paisanos acudiendo a misa en la capilla del Palacio de San Román, en Panes

Paisanos acudiendo a misa en la capilla del Palacio de San Román, en Panes

La vida se abre paso entre la maleza del tiempo, como el murmullo fresco del regato o el chorro de la fuente que mana al pilón. Vuelve por los caminos de la infancia, con tintes de sopa vieja, al canto del gallo, al zumbar de la abeja que se enreda en la verja donde aún florece el jazmín. Y al tocar el quicio de la puerta, guiamos los pasos hacia el hogar que nos vio crecer, entre muros donde aún cuelgan imágenes amables, decoloradas por el paso del tiempo.

Las casas cerradas abren sus postigos. Vuelven los olores a cocina, a conversación familiar y a siesta tranquila. En los fogones, la nata retirada de las cántaras se hornea despacio, llenando el aire con un aroma dulce y familiar que despierta recuerdos dormidos. Se prepara café de puchero, pan con mantequilla, rosquillas y galletas pasadas por anís. El desayuno en agosto sabe a lo de antes y huele. Huele a lo que nunca debió marcharse.

Ya no se escuchan pasos quedos en la plaza, sino el ir y venir de alpargatas nuevas, de cortas carreras, de saludos a media voz entre vecinos que apenas se han reconocido. Las puertas quedan abiertas, los portales se llenan de sillas de enea, y en cada rincón brota la conversación pausada, la partida de cartas, la risa franca. Los bares recuperan sus tertulias, los niños sus bicicletas, y los abuelos las bancadas para repasar las siegas de hace medio siglo. El prao se viste de fiesta: hay rosarios, procesiones, meriendas al aire, romerías y orquestas bajo bombillas de colores. El aire se endulza con aromas de churros calientes, algodón de azúcar, y manzanas bañadas en caramelo que lo impregnan todo.

Todo madura sin reclamo, sin prisa. Agosto no empuja: espera

Las zarzas ofrecen moras que mudan del verde al rojo y al negro brillante. Las tomateras se sonrojan al sol, como si sintieran pudor; los melones de rama doran su carne en silencio; los higos revientan de golpe, vencidos por el dulzor. Las sandías se enfrían en cubos con agua del pozo o entre las piedras del regato. El dulce de membrillo se recoge en el árbol. Todo madura sin reclamo, sin prisa. Agosto no empuja: espera.

En las cunetas florece la malva, y las mentas silvestres perfuman el paso. Las judías trepan por palos resecos; las parras ofrecen racimos desiguales, y en las huertas queda aún lo que habrá de embotarse o conservarse con esmero. Las herramientas se limpian bajo el chorro que mana al pilón, y el olor del hierro viejo se mezcla con el del estiércol nuevo. La tierra, agrietada por el sol como porcelana antigua, apenas da tregua al paso.

Las eras aún crujen bajo la parva extendida, y las gallinas picotean tras la trilla. Los tractores descansan bajo lonas descoloridas, pero en los bancales se rastrilla la última siega. Donde antes crecían cereales, brotan ahora hileras de pistacheros, almendros nuevos y viñas jóvenes que tiñen de promesa los ribazos. Es un paisaje distinto, que huele a esperanza y huye de la subvención. Los girasoles, ya vencidos, se doblan como ancianos cansados de mirar al sol. Los maizales crepitan de noche.

Las abejas aún trabajan, en infinitos campos de girasol, lavandas y tomillos. Las semillas vuelan al paso del caminante, como si el campo —sabiéndose al final del ciclo— quisiera asegurar su permanencia. La tierra contiene el aliento justo antes de entregarse al fruto.

Caen las manzanas, pequeñas y dulces, confirmando la ley de de la gravedad universal, pero sin Newton. Algunas se reservan para la sidra del llagar; otras acabarán en las fauces del osado jabalí o en el mordisquillo tímido del corzo, que aún deambula, flaco y escurridizo como el corcel del hidalgo alunado, por los sotos en busca de sombra. Son manzanas de agosto, dulces como el orbe celestial.

Agosto es mes de rosarios y procesiones, de la Misa a la fresca del alba donde las camisas de los domingos se arremolinan en la puerta con respeto y alegría. Los Santos del lugar pasean las calles bajo cruces y guirnaldas, un ritual que une generaciones y hermana el espíritu del pueblo. En el camposanto, la visita a los que ya no están es una mezcla agridulce de respeto y añoranza, un paréntesis espiritual en la cotidianidad festiva.

En las romerías se juega y se canta. El prau se llena de risas, de mozas con flores en el pelo, de culines de sidra y bollos preñaos, el perfume de la hierba recién cortada envuelve el aire. Se retoza, se charla, se baila. Hay chocolatadas, carreras de sacos y guiñol para los pequeños, bolos y cucañas para los mayores. Al fondo, una orquesta toca lo de siempre, como si el tiempo se hubiera detenido años atrás. Mozos y no tanto bailan al agarrategui canciones de juventud. La verbena restalla con cohetes y voladores que iluminan la noche.

Tumbados en la hierba, cogidos de la mano, una pareja esboza su futuro al titilar de las Perseidas. Mientras el alba se cuela entre el tañer de campanas y el canto del gallo.

Laureano de Las Cuevas Álvarez es vicepresidente del Real Club de Monteros

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