Olivar en la Sierra de Gata, Cáceres (Extremadura)Manuel Yaben

Los operadores de aceite de oliva se equivocaron al pronosticar hace un año una bajada de precios

La persistencia de las lluvias ha configurado los planes de los agricultores, que advirtieron en primavera de la precipitación en los vaticinios

«Es muy pronto para adelantarse a lo que va a pasar el resto del año». Esta afirmación se convirtió en un argumento recurrente en el olivar durante la pasada primavera de 2025, cuando la lluvia y el sol se acompasaban de la mejor manera posible para dar fuerzas a unos árboles habituados a la adversidad tras encadenar varias sequías consecutivas.

El buen tiempo y la llegada de las precipitaciones en el momento y la forma idónea llenó de expectativas al sector. Después de la gran campaña 2024/2025, los olivareros suspiraban por mantener el volumen de producción, que se sitúo un encima 19 % por encima de la media de las últimas cinco cosechas; mientras, el optimismo se desató –en exceso a juicio de los agrarios– entre los operadores comerciales, que trasladaron la idea de que el precio del aceite de oliva caería en la temporada 2025/2026.

El fuerte calor y la ausencia de agua en septiembre y octubre supuso el inicio de una serie de inconvenientes cuyo capítulo más desesperante se sucede desde diciembre y se mantendrá, al menos, hasta mitad de febrero. La floración, el cuajado del fruto, las temperaturas, el rendimiento graso y la posibilidad de ejecutar adecuadamente la recolección se antojaba clave para los olivareros, que insistían en la imprudencia de hacer previsiones en marzo de 2025 de cara a la campaña aceitera 2025/2026.

Los pasos se han cumplido, en mayor o menor medida, con éxito hasta casi el momento final, cuando la ferocidad del invierno ha destrozado las zonas de mayor producción olivarera del mundo.

La persistencia de las lluvias acumuladas desde diciembre ha configurado los planes de los agricultores, que por cada día de tormenta han retrasado al menos dos sus labores. El encharcamiento en los caminos y las calles del olivar ha impedido la recolección mucho más allá de la misma jornada en la que se producían las precipitaciones, ya que el suelo se ha convertido en fango y la maquinaria pesada con la que se incrementa la eficiencia en la recogida de la aceituna no podía acceder a los árboles.

Esta problemática se prolongó ante todo diciembre y retrasó la primera parte de estas tareas. La mirada al cielo de los agrarios, habitualmente en busca de agua, solicitaba un parón que –bien entrado febrero– todavía no se ha producido. Las borrascas se han sucedido hasta el punto que los olivareros apuntan a una pérdida general de un 50 % del volumen de aceituna en Andalucía, aunque algunas zonas sería prácticamente total y en muchos rincones puede situarse en torno al 80 %, lo que hace imposible cumplir la estimación de aceite de oliva realizada por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que ya se colocaba un 3 % por debajo del 2024/2025.

«La reducción del 30 % la dábamos por hecha hace un mes y medio. Ahora hay que ver qué podemos recoger, que la aceituna no esté enterrada y que lo que resiste en el olivo no se haya podrido», apuntaba esta misma semana en conversación con El Debate Francisco Elvira, responsable de Olivar de COAG Andalucía.

Desde las explotaciones hay quienes han logrado coger más aceitunas antes de la consecución de temporales, pero sobre todo hay una importante mayoría que se resignan a un agujero en la campaña. «Los olivos van a salir muy fuertes y para el próximo año será positivo. Eso sí, las aceitunas que no se han cogido ya es mejor no contar con ellas porque con los retrasos, el viento y la cantidad de agua que ha caído estarán inservibles», indican olivareros de la provincia de Jaén, la comarca con mayor producción de aceite de oliva del mundo.