Perros que no sirven para cazar

(A nuestro añorado Alfonso Ussía)

Collera de perros cazando

Collera de perros cazandoCedida

En los tiempos que corren, cuando las ciudades parecen tener más perros que niños, se diría que el animal ha pasado de ser criatura doméstica a ciudadano de pleno derecho. En los parques se les ve con suéter de lana en invierno, zapatillas de goma en verano y, a menudo, con un lazo en la cabeza que los hace parecer personajes de comedia más que bestias de campo. Son los perros modernos, los que ya no cazan ni muerden, los que no conocen ni el olor del barro ni el sonido de una escopeta. Son, si se me permite la expresión, los perros que no sirven para cazar.

Y no digo esto con saña. Digo, más bien, con cierta melancolía de alguien que ha visto en su niñez al perro como aliado del trabajo y no como sustituto del afecto. En los pueblos, un perro era un ser con oficio, un ayudante que sabía distinguir el silbido del amo, guardar el corral o seguir la presa entre los matorrales. Cada perro tenía una función, como cada hombre su jornal. Había perros pastores, de guarda, de caza y hasta de patio, pero ninguno estaba ocioso. Un perro sin tarea era, entonces, un desperdicio; un ser incompleto. «Perro que no caza ni muerde, no me sirve», decía mi abuelo, y con esa sentencia despachaba toda disquisición filosófica sobre el alma canina.

Pero llegó la ciudad, con sus luces y sus humos, y los perros se mudaron con nosotros. Ya no hubo corral que guardar ni campo que recorrer. El perro, que antes ladraba a los zorros, empezó a ladrar a las motocicletas. En lugar de vigilar la entrada, vigila la nevera. Y el amo, que antes lo necesitaba, ahora lo pasea con correa, recogiendo tras él las pruebas de su digestión con bolsa de plástico, como si la naturaleza misma hubiese pasado por la ventanilla del ayuntamiento.

Están las damas de bolso que llevan dentro un can del tamaño de un zapato, el cual asoma la cabeza entre los pliegues del pañuelo con expresión de aristócrata enfermo

La escena urbana del perro doméstico tiene su propio teatro. Están las damas de bolso que llevan dentro un can del tamaño de un zapato, el cual asoma la cabeza entre los pliegues del pañuelo con expresión de aristócrata enfermo. Está el joven moderno, que pasea su galgo flaco como quien pasea su concepto de estética. Está el jubilado que conversa con su perro como con un nieto mudo y también está la pareja sin hijos que celebra cumpleaños con pastel de hígado y vela aromática. Ninguno de ellos ha visto a su perro correr libre, revolcarse en el estiércol o seguir el rastro de una liebre. Son perros sin historia ni propósito, habitantes de un mundo de pisos estrechos y parques reglamentados.

Se dirá que exagero, que también el perro «citadino» tiene sus virtudes. No niego que sea fiel y cariñoso, que acompañe al solitario o alegre al enfermo. Pero no puedo evitar pensar que algo se ha torcido cuando la naturaleza de un animal se convierte en capricho de salón. Los antiguos decían que el perro era espejo del amo, y quizá por eso los nuestros se han vuelto sedentarios, cómodos, dependientes de las migajas de nuestro tiempo. El perro moderno, como el hombre moderno, ha perdido el instinto y ganado la ansiedad.

En el campo, en cambio, el perro sigue siendo lo que siempre fue. Allí no se le habla con diminutivos ni se le da pienso gourmet. Se le enseña el terreno, se le deja aprender del aire. Su obediencia nace del respeto, no de la costumbre. En las madrugadas frías, cuando el cazador carga la escopeta y el perro mueve la cola con expectación, se entiende esa antigua alianza entre especie y especie, donde el hombre confía en el olfato del perro y el perro confía en el pulso del hombre. Ninguno finge lo que no es.

Tal vez por eso el perro de campo envejece distinto. Se acuesta junto al fuego, lame su pata cansada y duerme. Ha vivido su vida útil y con eso basta. En la ciudad, en cambio, el perro envejece como una abuela consentida, con medicinas, mantas y dietas especiales. Se le prolonga la existencia como si la muerte natural fuese una ofensa al progreso. Y, sin embargo, por más cuidados que se le den, al final muere igual y el dueño llora como si se le muriera un hermano, olvidando que no era más que un animal al que la costumbre elevó al rango de confidente.

He visto a algunos perros urbanos —de los que valen más que un jornal entero— intentar correr por el campo. Al principio se emocionan, corren torpemente, olfatean la tierra... Pero basta un charco o un cardo para que retrocedan asustados, buscando el regazo de su ama. Son perros que no sirven para cazar, ni para vivir sin correa. Y uno no puede evitar pensar que su docilidad es espejo de nuestra propia domesticación.

Tal vez el perro no ha cambiado tanto; tal vez somos nosotros los que hemos olvidado su verdadera función. El hombre de ciudad lo convierte en símbolo de ternura y compañía, porque ha perdido contacto con la tierra. Y así, entre fotos, premios y diminutivos, hemos despojado al perro de su instinto y de su dignidad.

A veces pienso que el perro urbano es el retrato perfecto del hombre moderno, ya que vive en espacios pequeños, depende del reloj ajeno, come a horas fijas y sale a pasear cuando se lo permiten. Ha cambiado la libertad por el confort, la caza por el paseo. Por eso, cuando alguno de esos animales mira por la ventana, con el hocico apoyado en el vidrio y los ojos perdidos en el tráfico, sospecho que sueña con correr detrás de una presa que ya no existe, con volver a ser el perro que fue.

Y quizás nosotros, los hombres, soñamos lo mismo.

  • Julián López Aguado es investigador e historiador

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