Abrevadero
En los años de sequía, el abrevadero se convierte en termómetro del desastre. No hace falta que nadie pronuncie la expresión «cambio climático»: basta con mirar la piedra seca, las grietas del barro, el brillo apagado en los ojos del ganado
Imagen de un abrevadero
Empieza con A, pero debería empezar con V: de vida, de verde, de vibrante. Donde el ganado bebe, sí, pero también donde se intercambian noticias, chismes y silencios entre pastores; el alivio en el verano duro y la certeza tranquila de que el ganado está atendido.
El abrevadero es la barra del bar del campo. Allí se comparte el cansancio y se repasan las anécdotas de la jornada, se mide el tiempo por el volumen del agua y se cuentan, sin prisa y en voz baja, esas desgracias pequeñas que no salen en los periódicos.
En los años de sequía, el abrevadero se convierte en termómetro del desastre. No hace falta que nadie pronuncie la expresión «cambio climático»: basta con mirar la piedra seca, las grietas del barro, el brillo apagado en los ojos del ganado. El campo sabe desde hace tiempo que algo se ha roto en el calendario del cielo; lo ve en la hierba que no brota, en los charcos que duran un suspiro, en los veranos que se estiran como una goma tensa a punto de quebrarse.
Alrededor del abrevadero se aprende sin maestro. El niño que acompaña al padre descubre que las vacas no tienen prisa, que cada animal guarda su turno, que incluso los empujones son acuerdos. Observa los charcos que se forman a los lados, donde los pájaros bajan a probar suerte y los insectos ensayan vuelos rasantes, y ve que todo gira alrededor del mismo momento.
Hoy muchos abrevaderos se resecan o se sustituyen por bebederos automáticos, higiénicos, de plástico gris (ni quiero mencionar las bañeras reutilizadas en medio de la dehesa), donde el agua aparece sin llegar de ningún sitio. Es práctico, sí, pero el campo pierde un escenario: ya no se ve el cauce, ni se espera el sonido, ni se mide la suerte por el nivel que sube o baja. Con ello se diluye también la conciencia de que el cauce depende de lluvias que ya no llegan cuando deberían y de que los manantiales flaquean.
Hay quien sólo conoce el agua por el chorro perfecto del grifo o la botella fría del supermercado
Hay quien solo conoce el agua por el chorro perfecto del grifo o la botella fría del supermercado. Tal vez por eso no reconoce ese silencio raro que se hace cuando un rebaño entero bebe a la vez, roto solo por el chapoteo rítmico de las lenguas. Las pantallas enseñan océanos lejanos y cascadas espectaculares, pero no ese rectángulo humilde de piedra donde el agua es cuestión de vida o muerte.
En un abrevadero, el campo se retrata tal como es: vulnerable y resistente, austero y generoso. Allí, al borde de la pila, se entiende que la vida está en la discreta fidelidad de un hilo de agua que sigue manando, año tras año, como si la piedra, a fuerza de esperar, hubiera aprendido a creer.
- Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá