El águila imperial
A finales de los 60, los conejos eran una plaga. Los guardas Pedro, Tino y Pernales cepeaban de continuo las proximidades de las siembras que sobre todo en sus bordes estaban arrasadas
Suelta de un ejemplar de águila imperial
Queridos incautos. Hoy voy a contaros historias excomulgadas por este relato buenista de hoy. Frisábamos los 10 años. Apenas había llegado la mixomatosis. Y los conejos se cazaban «a descaste».
Las siembras acabarían protegiéndose con fatigosos kilómetros de una alambrera de tela de gallinero de unos 50 cm. que se sujetaba con palos cada pocos metros. Una trabajera terrible, para la gran cantidad de gente que vivía en el campo. Claro que entonces el grano valía un dinero. Los palos provenían de un árbol que allí llamaban «cirimbombo» que crecían rápido y recto de madera muy blanda. Eran hijos de un árbol chino ailantus altisimus que se adaptó bien. Hoy declarado proscrito por «invasor». Nunca entendí por qué. Soportan la sequía. Hay pocos. Algunos bosquetes. Crece bien y rápido y sirven de refugio y cobertura a la fauna. No compiten con nadie. En un clima perpetuamente cambiante (que pretenden hacernos creer que cambia porque circulemos en coches diésel), sería de agradecer especies que se adapten y sobre todo que soporten bien la sequía.
Pues no. Claro que si no hubiera lucha contra los ailantos, perderían fundamentos estos salvadores de la naturaleza y su jugosa subvención. Hay que ver la cantidad de pecados que se vienen cometiendo por «la subvención». Es la mayor corrupción estructural de nuestro tiempo.
La catastrófica gestión de nuestros dineros me hace ver con desconfianza cuando no con ira, la turbia moral oficial; la cantidad de sandeces que se elucubran por otorgar un rol que justifique dar subvenciones a grupúsculos residuales antes que a salvaguardar la naturaleza.
Ella era aquella majestuosa y maravillosa águila imperial. Había caído de joven en un cepo de conejos. Aunque entonces era considerada alimaña, la curaron y cuidaron
Entonces los conejos se consumían; muchos se vendían a la carnicería local, y los en mal estado se le echaban a ella…
Ella era aquella majestuosa y maravillosa águila imperial. Había caído de joven en un cepo de conejos. Aunque entonces era considerada alimaña, la curaron y cuidaron. Pero no podía volar. No sobreviviría en libertad. La construyeron una enorme jaula de alambrera que tenía un pilar en el medio como posadero. Su comida principal eran los conejos y las urracas. Todos los días había que echarle algo. Se cazaba todo. Animales variopintos y exóticos. Los examinábamos fascinados y luego servían para echar de comer al águila. Picamaderos, pito reales, oropéndolas, carracas, pollas de agua, gallaretas, grajas…
Entonces se encontraba utilidad a todo. Nada se desperdiciaba. Absolutamente nada. Los conejos «acarroñados» a los cerdos. No existían los piensos y una parte de su alimentación debiera ser carne. Los últimos despojos los liquidaban las gallinas. Picoteaban entre las pajas del estiércol. Incluso los gatos que rondaban los almacenes de grano. Aunque a esos había que mantenerlos a raya. Eran necesarios, pero siempre en pequeñas cantidades. Si escapaban se asilvestraban y hacían mucho daño. Eso sí, se volvían inmensos.
Mi abuelo adoraba su águila. Era enorme. Cantaba cuando le veía. Y a veces se dejaba acariciar por él. A pesar de su lesión no perdía su majestuosidad y nos miraba altiva desde su pedestal. Abríamos con cuidado la portezuela y le echábamos los bichos.
Teníamos prohibidísimo tirar absolutamente nada en los alrededores de la casa. A mi abuelo le encantaba ver las perdices por los tejados y las palomas cantando en los inmensos olmos que entonces nos rodeaban y que llamábamos álamos negros. Hoy desaparecieron por la plaga de la grafiosis. Algo más allá sí podíamos tirar con nuestras escopetillas del 9 mm. Algún tordo o lo que se terciara. Algún conejo enfermo que salíamos corriendo a echárselo con vida al águila. Eso le encantaba. Era un verdadero espectáculo verla tirarse a toda velocidad. Y posarse en el pedestal donde la troceaba con su pico y lo iba engullendo levantado la cabeza en golpes secos.
Una vez se escapó. Uno de los perros fue a por ella. Y se le enganchó con las garras al hocico. El perro aullaba. Llegamos a separarlos que no fue fácil. Un jersey a la cabeza y consiguieron que soltara. Haciéndose sangre en las manos. La devolvieron a su jaula que era su única salvación.
Historias brutales en estos tiempos de gazmoñería y pamplinas. Era una maestra salvaje. Aprender la grandeza de la naturaleza. Su orden natural. La especialización de cada animal. Su lugar en el universo.
Hoy miro con desesperación como todo ha menguado. Estos majaderos que han venido a imponernos «sus buenas costumbres» solo han logrado reducir estrepitosamente todo. Ya no hay ni la mitad de aves de entonces. La cantidad de mirlos, de herrerillos, carboneros, pinzones, jilgueros, verderones abubillas que han desaparecido.
Algo estarán haciendo mal. Por eso desconfío y recibo con rabia y recelo sus disposiciones. La gente de antaño era más brutal y más honesta. Vivían en armonía con aquel mundo más salvaje y auténtico. Sabían cuál era su lugar en la vida. La naturaleza nunca miente. Miente Walt Disney. Y los que visten a sus perros de payasos. Los animales nunca jugaron al corro de la patata.
Entender el orden natural nos ayuda a comprender nuestro lugar en la vida. Y nuestra relación con nuestros «semejantes». Una palabra entonces habitual y hoy proscrita por estos desubicados que creen que el mundo es una fraternal pista de circo. Para mí ellos son solo los payasos trágicos.
El águila murió. Vivió mucho más con nosotros que una en libertad. Todos, pero especialmente mi abuelo nos llevamos un enorme disgusto.
El abo tenía ya disecada un águila imperial que cazó en una cacería de perdices. Mi padre, ingeniero del Icona medió. Ésta se disecó y se envió a algún lugar que no recuerdo. No sé si fue a Doñana o a Quintos de Mora. Allí permanece inmortal en una urna, guardando secretos de nuestra cada vez más lejana infancia.
- El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero