Querencia

El cuerpo tira hacia delante con una energía que no tenía un momento antes. Eso es la querencia: una fuerza que no consulta el cansancio

Perro duerme al sol en el rincón

Perro duerme al sol en el rincónCedida

Hay palabras que el diccionario define y el campo corrige. «Querencia» figura como la tendencia de los animales a volver al lugar donde han nacido o donde se han criado. Correcto, pero insuficiente. La querencia no es un hábito. Se parece más a una deuda que no se firma, pero se paga.

El caballo que vuelve a casa después de una jornada larga lo sabe antes que el jinete. Lleva horas andando, con el cuello empapado y las patas pesadas, pero en cuanto reconoce el camino aprieta el paso. No lo decide: le ocurre. El cuerpo tira hacia delante con una energía que no tenía un momento antes. Eso es la querencia: una fuerza que no consulta el cansancio.

La querencia no se elige. Se descubre, casi siempre tarde, cuando ya no puedes irte de ella

El toro de lidia lo confirma a su manera. En el ruedo, entre el ruido y la arena removida, el animal busca un punto concreto, siempre el mismo, donde afloja el cuello y recupera la respiración. Ahí no lo puedes matar con facilidad: está entero. Los toreros lo saben, los ganaderos lo estudian, los veterinarios también; pero no siempre basta con explicarlo. La querencia no se elige. Se descubre, casi siempre tarde, cuando ya no puedes irte de ella.

El perro que cambia de casa sigue durmiendo en el rincón de la izquierda, aunque la habitación sea otra. No lo razona. Lo hace. El cuerpo guarda mapas que la cabeza no sabe leer, y esos mapas tiran.

En el campo, la querencia de los animales se respeta como se respetan las leyes antiguas: sin discutirlas. El ganado tiene sus cañadas, sus arroyos, sus sombras de encina a mediodía. No son casuales. Son lugares a los que vuelve. El pastor lo sabe de memoria y no necesita mirar el reloj ni el cielo para entender lo que pasa. Si el rebaño se pone nervioso en un sitio que siempre fue tranquilo, algo ha cambiado en la tierra, no en los animales.

Pasa igual con las aves: cada primavera regresan al mismo hueco de piedra, al mismo alero, a las mismas tierras que dejaron cuando el frío avisó. No necesitan explorar. Vuelven.

Y hay quien trabaja la querencia. En el campo bravo, antes del acoso y derribo, se pasean las vacas por los correderos para, cuando llegue el momento, se dirijan hacia un mismo punto. No es adiestramiento. Es conocimiento del terreno y del animal: saber hacia dónde va a querer ir.

La querencia es también eso: una forma de leer el territorio sin palabras.

Luego están las personas. Nadie lo dice así, pero ocurre igual. El hombre que lleva veinte años en la ciudad y que, en cuanto puede, vuelve al pueblo, aunque no le espere nadie. La mujer que heredó una finca que da más trabajo que dinero y que no vende, por más que le digan que venda. No es nostalgia —que es un sentimiento más cómodo, de postal y de tarde de domingo—. La querencia es más seria. Es una obligación sin contrato.

Se aprende tarde que la querencia no siempre coincide con el lugar donde uno es feliz. A veces tira hacia sitios difíciles, hacia paisajes ásperos, hacia gente que no te lo pone fácil. Como al toro en el ruedo: la querencia está donde el animal puede ser él mismo, no donde vive mejor. Son cosas distintas.

Por eso, en este diccionario sentimental, «querencia» se define así: el lugar al que vuelves cuando dejas de fingir. No el que elegiste, sino el que te eligió a ti. El que llevas en el cuerpo, como llevan los animales sus caminos: sin mapa, sin explicación, con una fidelidad que no depende de que te vaya bien.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá
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