Cristina Clemares
Recuerdos de mi niñezCristina Clemares

Todos para uno y uno para cuatro

Es primavera; el campo ha despertado después de un duro invierno. Nos vamos de caza. Un cazamariposas es el arma. Cogemos saltamontes y ranas. Una paja larga es la mejor aliada para sacar a los grillos de su madriguera

Mi hermano Javier en brazos de mi madre junto a mi abuelo, Antonio, Salva, Sindo y José Luis en un herradero. Desde bebés el campo era nuestra vida.

Mi hermano Javier en brazos de mi madre junto a mi abuelo, Antonio, Salva, Sindo y José Luis en un herradero. Desde bebés el campo era nuestra vida.Cedida por el autor

Voces pidiendo prohibir a los niños ir a los toros y la caza. Voces ignorantes.

¡Vamos allá! Paso a paso.

Última clase del viernes tarde, pocos minutos quedan para que el sonido del timbre retumbe por las paredes poniendo fin a otra semana más de colegio. Con rapidez guardo libros, cuadernos y el estuche de cremallera con lápices de colores. A la puerta nos esperan mis abuelos. Según vamos llegando, los cuatro hermanos, nos subimos al auto. Es un turismo grande. Mi abuelo al volante, mi abuela de copiloto y, atrás, los infantes y la niñera. Siete personas ponemos rumbo al campo. Estamos deseosos de llegar y sumergirnos en ese mundo que es el nuestro, el que nos colma de felicidad.

Tenemos por delante dos días de disfrute, el contacto con la naturaleza es pura osmosis. Nos mimetizamos con el ambiente. Nos volvemos medio salvajes. Nos encandilan las encinas, los toros, los caballos y todo lo que nos rodea. Cuadras, pajares y embarcadero se convierten en aulas. Mayoral, vaqueros, pastor y tractorista en maestros.

Es primavera, el campo ha despertado después de un duro invierno. Nos vamos de caza. Un cazamariposas es el arma. Cogemos saltamontes y ranas. Una paja larga es la mejor aliada para sacar a los grillos de su madriguera. Todo lo capturado es llevado a casa. Con las ranas hacemos carreras, cada una porta un hilo de color distinto ¡abrimos toriles y a ver cual de las cuatro es la campeona! A los grillos y los saltamontes los alojamos en cajas de zapatos con una ventilación de lo más sofisticada hecha con la punta de un bolígrafo Bic, dentro de la caja hay chiqueros a los que les hemos fabricado unas puertas y allí llevamos a cabo los apartes como si fueran ganado. Les echamos lechuga y agua y los dejamos descansando. Cogemos hojas de una morera para alimentar a los gusanos de seda que también tienen sus aposentos.

Los cuatro protagonistas de este artículo en el Villar de los Álamos.  De mayor a menor: Javier, Elisa, María y Cristina

Los cuatro protagonistas de este artículo en el Villar de los Álamos. De mayor a menor: Javier, Elisa, María y CristinaCedida por el autor

Cuando estas tareas menores han terminado, empezamos a maquilar una nueva distracción. El Arganza viene crecido, nos apetece navegar. Con mi hermano mayor de capitán de la expedición vamos a la panera y tomamos prestado, sin permiso, un martillo, unas tablas viejas, unos clavos y unas cuerdas. En la tenada de las vacas suizas, escondidos del mundo, montamos el astillero. Unimos las maderas de la mejor manera posible, mientras los terneros huérfanos nos miran sorprendidos. Después de un par de horas de duro trabajo damos por terminada la tarea. Hemos construido una balsa lo suficientemente grande para una tripulación de cuatro. Los remos ya los tenemos de la barca hinchable que hay guardada en el trastero, aunque existe esa embarcación no nos interesa, esa es para la piscina, lo que nosotros queremos es navegar con la que hemos creado con nuestras manos. Sigilosos nos escabullimos por los corrales que hay detrás de las cuadras en dirección al río. Viene fuerte, el agua está fría. Hay que probar el invento. Decidimos por unanimidad que sea mi hermana María la que se suba a ver si aguanta. Sujetamos la barca desde la mitad del puente con unas cuerdas hasta que María se lanza sobre ella. Lo hace…

Nuestros cálculos han sido erróneos. Subirse a la embarcación y hundirse, sin decir adiós, ha sido instantáneo. La que dice adiós es María que va corriente abajo paralela a esa nao que no ha cumplido su misión. La sacamos del agua congelada. Regreso a casa en el mayor de los silencios, ocultándonos para evitar preguntas que conllevan sermoneos y regañinas. No pensamos contar nada, ni bajo tortura. Si la mediana de los hermanos se acatarra, está claro que la causa nunca será el haberse caído al río, al que ni nos hemos acercado.

La hora del almuerzo llega. Somos pequeños y todavía no se nos permite sentarnos a la mesa del comedor con nuestros abuelos, la marquesina es nuestro lugar. Aunque solos, las reglas son estrictas: fuera codos; espalda recta; nada de brazos separados; el pan no se muerde; usa la servilleta antes de beber; etc. Todo normas. Ojos avizores desde la cocina nos observan. Deseosos estamos de que pase el obligatorio descanso tras la comida y volver a la calle, donde el asfalto no tiene cabida y solo la tierra nos hiere esas rodillas que ya lucen postillas maquilladas con mercromina roja.

La persona que ha clavado el cuchillo en el cuello del animal, quiere a las ovejas, las cuida y las conoce

Nos hemos enterado que van a matar un cordero y al aprisco que nos dirigimos. Nos metemos entre las ovejas, algunas hacen de equinos, subidos a ellas corremos como vaqueros ¡con qué fuerza nos agarramos a esos vellones de lana que en pocos días va a ser esquilada! Con la víctima ya elegida vemos a Abilio, el pastor, degollarlo, colgarlo para que sangre bien y desollarlo. Salimos de allí tranquilos, sin traumas, porque esa es la vida del campo. Porque esa muerte es necesaria. Porque la creación está al servicio del hombre y no al contrario. Y porque la persona que ha clavado el cuchillo en el cuello del animal, quiere a las ovejas, las cuida y las conoce.

Todavía quedan horas de luz y meternos dentro de cuatro paredes ni se nos pasa por la cabeza. Esa tarde hay tienta en casa, se van a torear cuatro eralas. Rumbo al embarcadero a echar una mano que no hace falta y que seguramente estorbe más de lo que ayuda, pero nos dejan. Cogemos las garrochas y arreamos a las cabestras, las llamamos con nuestras voces de niños como hemos visto a hacer a los mayores. El tentadero empieza. Un mutismo inunda la plaza mientras se pica a la vaca, hay que medir la bravura de la res y ningún movimiento puede distraer su arranque…

Y estos cuatro hermanos que fueron niños hace ya muchos años, aman la naturaleza como pocas cosas en su vida. Aman los animales, desde el grillo hasta el caballo. Conocen la vida del campo desde sus adentros. Niños que no se asustaron cuando la sangre, necesaria en muchos momentos, decoró el cuadro que sus ojos veían.

Continuará…

  • Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, master de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá

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