Voces sin alma

La muerte es connatural a la caza: no se caza para matar, sino que se mata por haber cazado, y en esa inversión, aparentemente sutil, se sostiene toda la arquitectura del acto cinegético

Corzo cazado

Corzo cazadoEl Debate

Resulta tedioso comprobar cómo, cada vez con mayor frecuencia, sumisas plumas, en un afán irracional por hacer digerible la caza a quien no caza, traicionan su propia naturaleza en el altar de lo políticamente correcto, maquillando su esencia, su mismidad. En ese proceso abandonan aquello que, para el conde de Yebes, evidencia el anhelo del cazador: «hacerse paleolítico por unas horas», una inmersión en la naturaleza que huye del asfalto.

Conviene, sin embargo, no incurrir en el error inverso. Frente a esa tendencia a edulcorar la caza hasta hacerla irreconocible, no faltan quienes, con igual torpeza, la reducen a su desenlace más evidente: la muerte del animal. Y tampoco ahí se encuentra su verdad.

La muerte del animal es el fin último de la caza; sin ella no hay cacería. No es algo vergonzante ni sobre lo que deba levantarse un muro conceptual. Es condición. No la define. La muerte es connatural a la caza: no se caza para matar, sino que se mata por haber cazado, y en esa inversión, aparentemente sutil, se sostiene toda la arquitectura del acto cinegético. La muerte no explica la caza, del mismo modo que la última página no justifica una obra. Lo que define el acto no es solo su desenlace, sino las condiciones en que éste se produce: la búsqueda, la incertidumbre, la posibilidad constante del fracaso. Ese espacio previo, donde todo puede ocurrir y nada está garantizado, es donde realmente se juega la caza.

La caza no es solo lo que ocurre, sino cómo ocurre. No es el resultado, sino cómo llegamos a él

Ortega lo formuló con precisión: toda la verdad de la cacería reside en que sea problemática. Es decir, en que el desenlace no esté asegurado. En que el animal conserve su posibilidad de huida y el hombre la de errar. Porque cuando la superioridad se vuelve absoluta, cuando la técnica elimina la posibilidad del fallo y convierte el lance en un mero trámite, la caza deja de ser caza. Y se convierte en ejecución. Y es ahí donde aparece el concepto que da sentido a todo lo anterior: la mismidad de la caza. No como formulación literaria, ni como recurso intelectual, sino como su condición más exigente. La caza no es solo lo que ocurre, sino cómo ocurre. No es el resultado, sino cómo llegamos a él.

Corzos abrevando

Corzos abrevandoEl Debate

Porque es ahí, y solo ahí, donde la caza se sostiene. La cuestión no es qué puede hacer el cazador, sino en qué momento elige dejar de serlo. En esa renuncia voluntaria, en ese límite autoimpuesto, se traza la frontera que separa el acto cinegético de otras zarandajas.

Hoy, sin embargo, todo parece empujar en sentido contrario. Nunca el cazador dispuso de medios tan eficaces, ni de tanto conocimiento acumulado, ni de herramientas capaces de reducir el margen de error hasta convertirlo en anecdótico. Y, sin embargo, se insiste en llamar caza a lo que, en demasiadas ocasiones, no es más que su simulacro. Porque cuando el lance deja de ser incierto, cuando el resultado se anticipa con una fiabilidad insultante, lo que desaparece no es la dificultad: desaparece el riesgo. Y con él, la necesidad de medir al hombre consigo mismo. Y sin riesgo no hay enfrentamiento; sin enfrentamiento no hay caza. Solo queda una ejecución limpia, eficaz, técnicamente impecable… y conceptualmente vacía.

Nos hemos acostumbrado a hablar de la caza en términos de rendimiento. De eficacia. De éxito. Como si el valor del acto residiera en su resultado y no en las condiciones que lo hacen posible. Como si la eliminación del error fuera un progreso, y no la forma más sutil de destruir aquello que decimos defender. Y ahí es donde el problema deja de ser técnico para convertirse en algo más incómodo: cultural. Porque lo que está en juego no es la herramienta, sino la relación. No es el medio, sino el límite. Hemos desplazado la frontera sin darnos cuenta, hasta situarla en un punto en el que todo parece posible… y, precisamente por eso, todo deja de tener sentido. Y en ese desplazamiento también se ha erosionado algo más profundo: la propia capacidad de sostenerla sin necesidad de justificarla.

La caza desaparece cuando se vacía. Cuando se convierte en una actividad sin tensión, sin posibilidad de fallar, sin opción de fracaso. Cuando el animal deja de ser adversario para convertirse en mero blanco inerme. Cuando el cazador ya no necesita ser el hombre alerta, porque el entorno ha sido previamente escudriñado. Y también cuando, en un afán por resultar aceptable, se renuncia a nombrarla tal y como es, hasta hacerla irreconocible incluso para quien la observa desde la barrera.

Y en ese proceso lento, casi imperceptible, la muerte pierde incluso su significado. Ya no es el desenlace de un lance, sino el final de un procedimiento.

La caza obliga al hombre a aceptar un límite que no controla por completo, a situarse frente a un desenlace que no siempre domina. Y es precisamente esa incomodidad la que hace humana la caza. Por eso la muerte, siendo necesaria, no puede ser trivial. Porque cuando lo es, cuando se vuelve automática, garantizada, sin incertidumbre, deja de pertenecer al ámbito de la caza para instalarse en otro muy distinto: el de la mera exterminación.

Quizá el mayor riesgo al que hoy se enfrenta la caza no sea su aceptación, sino su banalización. Porque lo que se banaliza, primero se vacía. Y lo que se vacía, deja de ser importante. Y lo que deja de ser importante, acaba siendo prescindible.

Y lo prescindible no se negocia. Se elimina.

  • Laureano de las Cuevas Álvarez es miembro del Real Club de Monteros
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