El bar

Eran (y siguen siendo) el templo mundano de lo cotidiano, en todo el universo rural

Bar Sartenilla en Ventas con Peñaguilera

Bar Sartenilla en Ventas con PeñaguileraCedida

Queridos Incautos, corrían los 70’. Viajes interminables en aquellos Renault con vocación de todoterreno. Carreteras remotas, llenas de revueltas, donde había que tocar la bocina al principio de cada curva, para avisar, por si venía otro de frente. Respirando una atmósfera asfixiante, cargada de humo de tabaco. El coche de mi padre tenía tan incrustado ese olor que era una seña de identidad. Menos yo, todo el mundo fumaba… y mucho. Era una forma de estatus.

Atravesábamos el pueblo. Por no llegar demasiado pronto a «el Manojar», paramos a tomar café. Incómodo, pues criado en la más absoluta austeridad, me parecía superfluo.

El sumo sacerdote oficiaba tras la barra. Un hombre obsequioso pero duro, como quien ha visto mucho y sonríe poco. Mesas de formica ocupadas por tipos de sol y sombra por la mañana y partida por la tarde. Levantaban la vista tras la entrada de gentes estrafalarias vestidas de verde. Superada la curiosidad inicial, nos miraban con respeto y simpatía. Algunos fueron furtivos. Otros arrieros, perreros, carniceros, secretarios, y hasta podenqueros. Todos cazadores. La caza era lo más sublime. Reconocían a mi abuelo, que era un mito.

Hoy los jóvenes solo miran así a futbolistas o influencers. Mi padre un café. Siempre negro y sin azúcar. Un recuerdo a mi amigo portugués: «I like my coffee as I like my women: short, dark and bitter

Azorado, yo pedía una Coca-Cola. Aquello no era ni varonil, ni muy español. Mi abuelo no tomaba esos brebajes. Quitando la chapa y me miraba con una punta de desprecio, como a los que piden «esas cosas», y nos servía alguna tapa. Carne de monte, ensalada campera con mucho vinagre, pepinillos y siempre aceitunas. El suelo era un microcosmos de colillas, huesos, aceitunas, de pollo, palillos y algunas servilletas. La orgía de las servilletas de celulosa llegaría mucho después.

Habían pasado 10 años. La imagen era un arcano recurrente de adolescencia que regresaba a mi memoria. Volvíamos a cazar. Pero esta vez traíamos a los americanos. Marchábamos hacia «El Castaño» y «Las Arripas». Yo era su «guía». Venían con Cazatur. Esa genial creación de Ricardo Medem.

Los habíamos recogido en Barajas. Nos colábamos en la sala 1. Eran inconfundibles. Aspecto bonachón. Él con una entonces rarísima chaqueta de camuflaje. Ella siempre gordita, afable, y vistiendo un chubasquero azul chillón. Muchísimo equipaje. Esperábamos la salida del rifle en su largo estuche y entonces nos presentábamos. Se quedaban encantados. Se esforzaban en explicarnos que eran de Cincinnati. Como si eso imprimiera carácter, o entendiéramos la diferencia con uno de Wyoming. Para nosotros todos eran «guiris» y punto. Buitres y milanos primos hermanos.

Decepción al subirse en mi Ford Fiesta. No cabía nada. A trancas y barrancas llegábamos a la vetusta oficina de la calle Velázquez que siempre olía a limpieza. Ricardo, mi jefe, el gran maestro de quien tanto aprendí, les recibía sonriente. Y les convencía para dejar allí todo lo superfluo.

En España no hace 25 bajo cero. Dejad los sacos de dormir. Tampoco necesitáis latas de comida. Ni smoking amarillo para por la noche. También pueden dejar la plancha. Y estas 20 camisas. Si necesitan ropa, se la lavan en la finca.

Reducidos los bultos a mitad de la mitad, salíamos aliviados y ellos expectantes. Eran sus primeras vacaciones en tres años. Y era la segunda vez que salían de USA. La otra fueron a México. Y se sorprendían de que España fuera tan diferente a México. Tras preguntas irritantes como si teníamos lavadoras o frigoríficos, al entender que éramos universitarios, y simpáticos se establecía un vínculo muy fuerte. «Nos adoptaban». Éramos los hijos que les hubiera encantado tener. La señora muy maternal. Y él un amigo leal, conformábamos amistades sólidas de por vida.

Joviales, sin complejos, con su inculta franqueza que aún insultante, desarmaba por su candidez: «Qué simpáticos estos españoles de poner Toledo a su ciudad como nuestro Toledo Ohio»

Venían a disfrutar cada segundo. Y todo les parecía bien. Eran la personalización de la «buena gente». Atravesamos Toledo. Joviales, sin complejos, con su inculta franqueza que aún insultante, desarmaba por su candidez: «Qué simpáticos estos españoles de poner Toledo a su ciudad como nuestro Toledo Ohio».

Viajaban aterrados. Ellos conducían sus inmensos Cadillacs a 60 millas, que eran 90 km/h. En aquellos añorados tiempos de libertad, no bajábamos de 140 km/h. Otro recuerdo al gran escalador Pérez de Tudela, quien tras prohibirle los guardas de Icona saltar en parapente les dijo: «Hay que ver la cantidad de cosas que me han prohibido desde que ha muerto Franco en nombre de la libertad».

Al llegar de nuevo al bar, poco había cambiado. Otra vez las miradas de curiosidad. Los guiris miraban con horror al suelo. Y pedían un yogur desnatado y corn flakes. Con una risita y un rictus de desprecio les servían un Cola Cao y un bizcocho. Yo les decía que eran furtivos. Que, en el fondo, los admirábamos. Y ellos nos respetaban.

Les contaba la leyenda del mítico torero que compró su finca de montería en la remota Sierra Morena. Era una celebridad y uno de los mejores amigos de mi abuelo. Gran torero y el mayor casanova. Llegó al bar del pueblo limítrofe. Entró arrogante como siempre, muy serio, y marchó a la esquina de la barra mirando a la pared, huraño, sin responder a los saludos, ajeno a todo. Cuando el bar estaba completamente lleno, los miró uno a uno. Ante su sorpresa y entre murmullos comenzó a desnudarse lentamente hasta quedar en calzoncillos.

Su cuerpo era un mapa de costuras. empezó a decir señalando sus cicatrices: «Ésta es de Bilbao. Ésta de las Ventas. Ésta de Córdoba. Ésta de Valencia… Y ahora, el que tenga huevos que venga a furtivearme un venado

Sonrió desafiante y comenzó a vestirse, y ordenó: «¡¡¡Una ronda para todos !!!» Grandes aplausos y varios vivas. La cara de sorpresa y admiración de los guiris era un poema. Mientras, yo recordaba a Alfonso Coronel en el cadalso: «Don Juan Manuel, esta es Castilla que face a los hombres e los gasta»

  • El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas