Nos vamos haciendo mayores
Voces pidiendo prohibir a los niños ir a los toros y a la caza. Voces ignorantes. ¡Vamos allá! Seguimos caminando.
Montar a caballo fue una de nuestras pasiones desde la infancia. Javier a lomos de «Manolo».
Los años corren tan rápido que no hay caballo que les de alcance por muy purasangre que sea. Nuestros brazos van cogiendo fuerza al ritmo de las primaveras y las aventuras a las que les abrimos la puerta empiezan a tomar tintes de mayor calado.
Los pajares en los que hacíamos galerías, toboganes y hasta tirolinas entre las pacas de heno - volviendo con más arañazos que si nos hubieran encerrado con un puñado de gatos salvajes- dan paso a la construcción de cabañas en las copas de las encinas.
Pocas las quejas, conocedores de que manifestar dolor llevaba de la mano la prohibición que estaba deseando mi madre imponer
El punto de inflexión en nuestras obras de ingeniería se debió a la aparición en casa de los vehículos a motor de dos ruedas. Probado el artilugio y descansadas las extremidades inferiores, las bicicletas volaron al ostracismo. La cochera del tractor fue su destino. La primera moto que tuve nos la regaló mi abuelo a María y a mí -nuestros hermanos mayores ya poseían ese bien tan deseado-, aun la recuerdo: una Peugeot pequeñita negra con el manillar plateado. Once años era la edad que portaba mi cuerpo cuando nos llegó tan grandioso presente. ¡Cómo corríamos con ellas! Íbamos como locos por caminos llenos de baches y de gravilla. Muchas fueron las caídas, otras tantas las quemaduras, que sabían a peras, y pocas las quejas, conocedores de que manifestar dolor llevaba de la mano la prohibición que estaba deseando mi madre imponer.
Motorizados los cuatro hermanos nos íbamos a la chopera cargados con hachas y cuerdas, Javier cortaba ramas frondosas y atadas a los caballos metálicos, las transportábamos hasta el árbol elegido atravesando la punta de vacas de casta que estuviera pastando en el cercado. Auténticos refugios elevados es lo que construíamos (ni los de «Los robinsones de los mares del Sur») a los que nos llevábamos la merienda y una baraja de cartas.
Desde pequeños trepar a los árboles nos encantaba. Mis tres hermanos mayores en el jardín del Villar de los Álamos
Una tarde maldita se inició un fuego en el cerrado de los toros, las gentes del pueblo acudieron prontas a apagarlo, cruzar por donde se alzaba la cabaña de esas vacaciones era paso obligatorio para llegar hasta él. Ante nuestra sorpresa, un hombre trepó a la encina -a nuestra encina- y empezó a repartir entre los voluntarios las ramas que hacían de tejado (que habíamos depositado allí con tanto celo) para sofocar la candela. El incendio fue apagado, nuestro refugio profanado.
Ante la destrucción de nuestra obra decidimos hacer un nuevo habitáculo más duradero, edificado sobre roca y no sobre ramas agitadas por el viento. La ocasión nos llegó caidita del cielo, sin buscarla, cuando un pastor amigo de la familia apareció con unas cabritillas para los niños: la de Javier y María de pelo marrón y la de Elisa y mía de pelliza cana. Les fabricamos un caseto con bloques, cemento, uralita y lo cerramos con una puerta a la que no le faltaba ni las bisagras. Les dábamos de comer y las paseábamos de una forma un tanto peculiar… ¿Quién dijo que a las cabras no les gusta montar en moto? Os aseguro que a aquellas dos les encantaba. Era arrancar los vehículos a pedales - ¡qué sudores ponerlos en marcha! Nada de apretar un botón…- y corrían hacia nosotros como locas, deseosas de que el aire les golpeara en su cara mientras el acelerador giraba bajo la palma de nuestras manos.
Y esos brazos fortalecidos ya llevaban unos años sujetando escopetas de cartuchos. Cuando Javier tomó la alternativa con la del 20, la del 28 quedó libre a la espera de mi debut. Ocho añitos tenía cuando cacé mi primer pato. Mi hermana Elisa tomo las armas más tarde que yo y María nunca lo hizo, aunque siempre le encantó la caza. Salir al caer la tarde de espera a los conejos o ir sigilosos a asomarnos a los caozos del río a tirar unos azulones era un plan recurrente que siempre estaba en nuestras mentes. Un día al verano mi hermano organizaba, con las piezas cazadas, una comida para todos los encargados de casa. Un almuerzo festivo. Risas y cariño manaban entre plato y plato. ¡Qué gente aquella tan maravillosa a la que nos sigue uniendo lazos de amistad y respeto!
Y esos brazos que ya no eran endebles, habían empezado a sujetar las riendas de caballos con más brío y más temperamento. Mano firme pero siempre suave. Paseos eternos los que nos dábamos. Horas y horas encima de los jacos. Cazando zorros a la carrera, yendo a las huertas a por manzanas o al pueblo vecino a tomarnos un helado. No perdonábamos ni un solo día. Entre hermanos y primos irrumpíamos por las calles de Aldehuela al paso donde el golpeteo de las herraduras sobre el asfalto anunciaba nuestra llegada. Había un día especial en esas jornadas ecuestres; un día de los que no quieres que acabe nunca; un día que daría para escribir un libro. ¡Cómo lo añoro! No era otro que cuando íbamos del Villar de los Álamos a Negrillos, o viceversa, a traer o llevar las vacas moruchas, una trashumancia casera buscando en el invierno el abrigo del monte de Negrillos y en la primavera los pastos tiernos de la ribera del Arganza. El trayecto con el rebaño se hacía algo más pesado, pero… ¡ay! en el que íbamos sin reses que custodiar, un galope cortito era nuestro ritmo constante. Y… ¡esa parada a mitad del camino sobre la hierba tierna a degustar un aperitivo!… ¡Qué momentos aquellos! ¡Cómo echo de menos las conversaciones con Antonio, el mayoral, y José, el picador!
Y si ya hablo del picador de casa dejo de lado la equitación y me adentro en la tauromaquia. Ya no es un libro lo que ocuparían mis relatos con lo vivido en esa infancia y niñez privilegiada, sino una enciclopedia entera...Aquí lo dejo por ahora.
Y estos cuatro hermanos que fueron niños hace ya muchos años, siguen empapando sus almas con la felicidad que brota del campo.
Continuará…
- Cristina Clemares Pérez-Tabernero es licenciada en Historia, master de dirección de Centros Educativos y premio Jaime de Foxá