Ladras en abril

El refranero, legado de generaciones que miraron al cielo con las manos en la tierra, suaviza en abril el rostro ajado del labriego. «En abril, aguas mil»; «Abril, abrilero, cada día un aguacero»; «Cuando abril abrilea, bien luce la primavera»

BARCA

BARCA

Abril mece las aun tiernas cebadas que añoran el cielo, acompasando el lento latido del campo. Las lluvias de marzo han hecho su trabajo, y en las laderas, bajo el inmenso blanco de las cumbres, vierten sus aguas improvisados arroyos que susurran esperanzas y silencios. El monte huele distinto. Notas delicadas aroman los distintos matices que el maestro busca para conformar la mejor de las añadas. Un rumor que recorre los sentidos, dejando en su estela una promesa de vida serena y cierta.

El refranero, legado de generaciones que miraron al cielo con las manos en la tierra, suaviza en abril el rostro ajado del labriego. «En abril, aguas mil»; «Abril, abrilero, cada día un aguacero»; «Cuando abril abrilea, bien luce la primavera». Nada es negociable en abril: la incertidumbre viste cada jornada con un ánimo por descubrir. Pues es en la cadencia de claros y aguaceros donde se teje la arquitectura del campo fértil. «Abril lluvioso hace a mayo hermoso»; quien trabaja la tierra, lo sabe sin haberlo estudiado.

Las verdes siembras ocupan las labores, las cunetas se tiñen con pinceladas de color: amapolas, cantuesos, malvas, mostazas silvestres. Los insectos regresan de puntillas, tanteando el terreno como si no quisieran interrumpir. En los ribazos, la calandria imita ajenas voces, y más allá, la perdiz dibuja su frontera con una nota seca y rotunda. Todo se recoloca, como si el campo recordara de pronto una antigua partitura.

Fronteras que no garantizan retorno a quien los traspasa: no hay cuartel, hay crueldad. La naturaleza no se anda con bravuconadas

En este escenario que se despereza, el corzo vuelve a ocupar su lugar. El macho, que durante el invierno se ha desplazado con cautela entre discretos silencios, ahora reafirma su presencia. Recorriendo sus predios con paso firme y atento, reclamando cada palmo de lo que siente suyo, marcando troncos y trochas con su divisa. La cuerna se afila y oscurece con el roce de cortezas, de astas, y a veces, de sangre. El pelaje muda del prieto y apagado gris, emergiendo un rojo encendido que anuncia poder y primavera. Se afianzan territorios. Las escodaduras dibujan límites invisibles con olores almizclados. Fronteras que no garantizan retorno a quien los traspasa: no hay cuartel, hay crueldad. La naturaleza no se anda con bravuconadas: cuando el gallo hincha su escudo, afila el pico mientras tamborilea.

El monte rebosa de brotes nuevos, los campos duermen encharcados, y a los corzos no les gusta mojarse los pies. Tras las lloviznas de la tarde, el corzo carea con la suave brisa de los últimos rayos del sol. Las querencias mudan al son del paisaje. La plasticidad del corzo pone a prueba la pericia de quien le conoce.

Mientras el macho se exhibe, las hembras se recogen al monte con un sigilo aprendido, apartándose de los jóvenes del año anterior, a los que expulsan sin alharacas.

No hay sitio para la compañía. La gestación, que llevaba meses avanzando tras la pausa embrionaria del otoño, entra en su recta final. En abril llegarán los primeros partos, y es tiempo de encontrar refugio, de buscar rincones tranquilos, discretos, donde la vida pueda comenzar sin ruido.

Los desubicados juveniles, sin derecho ni dominio, merodean entre liegos y ribazos. Observando entre las sombras, tanteando debilidades, midiendo silencios. Saben que no es su tiempo, pero lo presienten cerca, como una puerta entornada. El campo no regala nada: ni siquiera reparte. Cada espacio, cada papel, cada oportunidad se otorga en mérito de una herencia callada, de una memoria antigua. Ocupando el lugar quien le pertenece, donde nada sobra.

Abril es punto y seguido para el cazador de corzos, salvo esos pocos días de agosto en que la veda y el calor obligan a dedicarse a otra cosa. No es un simple arranque de temporada: es un paso más en el camino. Para quien ha hecho los deberes, abril es tiempo de disfrute y elección, de chaparrón y paso atrás, de botas de agua y mirar al cielo. Bueno, lo de mirar al cielo… es una metáfora. Porque la tecnología nos ha dotado de unas herramientas incapaces que no funcionan en abril, por lo menos las del tiempo.

Toca cambiar de lentes: de la réflex, a la de retícula. Del trípode fotográfico al Harris, al Spartan o, simplemente, a la vara y la mochila. Aunque algunos «zumbaos» prefieran trastear con ambas cosas. Personalmente, me gusta andar con las manos en los bolsillos: sin más impedimenta que una botella de agua de 33 cl., una navaja, tres balas, un cacho de pita y mi inseparable vara de avellano. Por supuesto. Cada maestrillo tiene su librillo, y el mío prefiero dejarlo en casa: cuanto menos peso, mejor. Porque sé cuándo salgo, pero nunca cuándo he de volver. El campo tiene mucho donde enredar. Y aunque hayas recorrido mil veces la misma trocha, siempre habrá algo nuevo en que reparar. Y aún más, en abril.

Abril es momento de recordar lo aprendido, de revisar apuntes, de reafirmar conclusiones y obrar en consecuencia. Abril es el pistoletazo de salida de una gestión ordenada —que no digital—, calculada desde la razón, con las herramientas del corazón. Abril es el filtro que no todo cazador supera; un examen que suspende el ansias, el del térmico, el que apuntala desde el púlpito su verdad sin haber calzado tus botas.

Cada abril es una muesca más de la experiencia: esa aprendida de la mano firme que se posó en tu hombro mientras te guiaba en tu primer disparo; de los mil y un consejos de quienes anduvieron esas sierras antes que tú, De la constatación de aquello que has leído en todos esos libros que atesoras como incunables.

Abril es eso: la ladra del corzo que se pierde en el monte, levantar el dedo del gatillo, volverte bolo, o fundirte en un abrazo antes de apañar las viandas que reunirán en la mesa a familia y amigos, regadas con un buen vino… Y en soñar.

  • Laureano de Las Cuevas es corcero y servidor de usted
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