Por quién doblan las campanas
La modernidad ha construido una ficción confortable, donde el ser humano puede observar la naturaleza desde fuera, como si fuera un espectador ajeno al deterioro, la sangre y la descomposición
Ciervo abatido por un cazador
En los estertores de una sociedad que se resiste a aceptar su decadencia, emerge una contradicción que nadie parece querer asumir. Nunca el ser humano vivió tanto, enfermó menos ni estuvo tan protegido frente a hambrunas, epidemias o los rigores del clima. Y, sin embargo, nunca pareció sentir tanto miedo a la muerte. No tanto a morir -eso ha acompañado siempre al hombre-, sino a verla, a reconocerla como parte inseparable de la vida, y no como un fallo del sistema que deba ocultarse tras puertas automáticas, monitores que hipan en habitaciones asépticas o un lenguaje incapaz de nombrarla sin rodeos. Ya nadie muere: «se va», «descansa», «nos deja». Como si mentar a la parca fuera obsceno.
No hace tanto, la muerte tenía su lugar. En los pueblos, las campanas doblaban a muerto o a oración; la caza, la matanza, el sacrificio de un animal o un portón enlutado formaban parte visible de la existencia. Hoy, en cambio, parece una avería administrativa, algo que se resuelve lejos de la mirada pública, envuelto en eufemismos cuidadosamente acolchados.
La modernidad ha construido una ficción confortable, donde el ser humano puede observar la naturaleza desde fuera, como si fuera un espectador ajeno al deterioro, la sangre y la descomposición. Se invoca la «no intervención de los ritmos naturales» con solemnidad casi litúrgica, mientras se vive en un mundo completamente intervenido, con un pie en el ambulatorio y el otro en la farmacia. Se exige verdad a la naturaleza desde una existencia sostenida por antibióticos, cirugía, tecnología médica y leche desnatada. La naturaleza se contempla como algo puro e incorruptible mientras el dolor, la enfermedad o la muerte afecten a otros organismos y a suficiente distancia emocional. Cuando el problema se siente en carne propia, desaparece el discurso sobre dejar actuar al ciclo natural.
Azorín describe este fenómeno como la transformación de la muerte en un tabú moderno, como esa pérdida de la memoria española que nos hace olvidar cómo éramos. Reflexiones que retratan hoy, una época obsesionada con la juventud y la distracción permanente. La sociedad ya no necesita plañideras, ni duelo prolongado, ni silencio. Le basta con pan y circo, con pantallas, ruido constante y entretenimiento suficiente para mantener a raya cualquier pensamiento incómodo sobre la decadencia, el envejecimiento o la senectud. La muerte se desplaza fuera del discurso. Y cuando una sociedad deja de convivir con ella, termina dejando de valorar la vida.
La misma sociedad que se conforma con cadáveres troceados en una bandeja de supermercado se estremece ante la visión de un animal muerto en el campo o en la plaza
Buena parte del rechazo contemporáneo hacia la caza o la tauromaquia nace aquí. No del análisis, sino de la ruptura emocional con los mecanismos biológicos que sostuvieron a nuestra especie durante milenios. La muerte aceptada en abstracto sigue siendo tolerable. La misma sociedad que se conforma con cadáveres troceados en una bandeja de supermercado se estremece ante la visión de un animal muerto en el campo o en la plaza. La muerte se oculta, se administra: cuando aparece fuera del guion, resulta intolerable.
Unamuno, por su parte, defendía que gran parte de las construcciones culturales humanas nacen precisamente del intento de negar nuestra condición mortal, de ese «sentimiento trágico de la vida» que nos empuja a huir de la muerte. Los discursos contemporáneos sobre el medio natural suenan teológicos, idealizados, asépticos y alejados de los procesos que la sostienen. Porque la naturaleza no funciona mediante categorías morales ni consensos emocionales. El corcino que muere durante la siega o la cierva enjuta tras la sequía forman parte del mismo sistema ecológico que admiramos, sesteando documentales de Attenborough narrados con voz limpia y cadenciosa. La naturaleza, en cambio, jamás fue amable.
El alejamiento del mundo rural ha generado también una distancia intelectual respecto a los ciclos naturales. Allí donde la muerte tenía presencia, identidad y culto, hoy aparece una sensibilidad urbana que contempla el campo como un decorado paisajístico. El llamado «efecto Disney» ha contribuido decisivamente a esa deformación: la fauna ya no necesita instinto, cazar o ser cazada. Le bastan unos ojos grandes, una banda sonora emotiva y conflictos humanos lacrimógenos. El animal deja de ser animal para convertirse en uno de los nuestros. Todo lo que huela a sangre, selección o sacrificio resulta una anomalía en un decorado almibarado. Pero quien pregona una naturaleza sin muerte no está defendiendo la vida, sino un constructo moral.
Ese mismo alejamiento explica también la transformación de los rituales ligados a la muerte. Del Día de Difuntos, con el humo de las velas elevando rogativas por los ausentes, se ha pasado al brillo fluorescente de un Halloween caricaturesco e irritante. No se trata de nostalgia ni de condenar tradiciones foráneas. Antes se rezaba por los muertos; hoy se decoran escaparates con sus restos.
La enfermedad, el sacrificio animal, la caza, la recolección y el duelo formaban parte visible de la vida. No había romanticismo en ello, pero sí aceptación. Hoy, en cambio, parece imponerse la fantasía de una humanidad suspendida fuera del orden natural, como si el hombre hubiese dejado de pertenecer al mismo sistema biológico que el resto de organismos vivos. Y quizá ahí resida una contradicción distintiva de nuestro tiempo: una sociedad que se proclama profundamente ecologista pero resulta incapaz de aceptar el lugar del hombre en la ecuación natural.
Porque, en el fondo, todo este miedo contemporáneo a la muerte, a la sangre, al ocaso vital, o a determinadas formas de contacto directo con la vida silvestre, no deja de ser otra forma de negación: la negación de nuestra propia condición biológica. Nos cuesta aceptar que la naturaleza no posee intención moral, que el bosque seguirá creciendo sobre nuestros huesos; que ningún animal necesita justificar su existencia. Tal vez por eso incomodan tanto aquellas actividades que aún mantienen un contacto directo con la realidad material de la vida y la muerte. Porque recuerdan algo que la modernidad pretende ocultar: que la muerte es connatural a la vida y seguimos siendo animales.
Y quizá ese miedo irracional no sea tanto a la muerte, como a descubrir que nunca hemos dejado de formar parte del orden natural del que pretenden alejarnos.
- Laureano de Las Cuevas Álvarez es parte indiscutible de la ecuación natural