El África más hermosa
No vine aquí a cazar, vine a seguir exprimiendo la vida. A encontrar respuestas sobre preguntas. O a preguntarme muchas cosas que no sé responder
Lolo de Juan en África, con una jirafa en el horizonte
Era aún de noche cuando abrí el ojo. Afuera el día estaba fresco. Es junio, pero estamos en el otro hemisferio. El pistero me tocó en la ventana del cuarto; es hora del café y echar una pieza de fruta al estómago para salir a cazar. Estoy en la otra punta del mundo, en el África salvaje e infinito donde el tiempo quedó anclado al pasado.
Nos ubicamos en un alto a ver el amanecer; el monte despierta, o quizá es que nunca se fue a dormir. Estas sierras me recuerdan a los Montes de Toledo. Clima mediterráneo y por tanto las especies vegetales y animales son parejas a las que aquí tenemos. Arbustos espinosos que me recuerdan a las aulagas, otros más amables que podrían ser nuestros lentiscos, árboles de talla más media y hoja perenne que me recuerdan a las madroñas… Hay trochas, revolcaderos, bañas, charcas. El campo aquí habla el mismo idioma que en Marjaliza –la tierra de mi amigo José Antonio Gamarra– lo que pasa es que aquí los pisteros son de piel negra, fuertes, finos de talla y de zancada larga. Siguiendo rastros no hay nada ni nadie que les iguale. Me gusta escuchar su idioma, les pregunto por el nombre de cada cosa, de cada animal, de cada arbusto. Les pregunto sobre la mejor carne para ellos, la peor también. Sobre la vida y sobre la muerte. Me doy cuenta de que el campo une lo que separan los hombres. Mi amigo Twenty es fuerte como un toro, palmas y dientes muy blancos. Mirada serena. Piel de sable. Tiene el alma libre, como aquellas jirafas que nos otean desde su perpetua atalaya. Estoy en África y me encuentro tan cerca de mí mismo que me siento un extraño.
África me lleva a pensar de dónde venimos o dónde vamos. Hablo con Felipe; me cuenta, le cuento. Me confiesa, le confieso. El clima fresco y el paisaje idílico nos hace abrir un poco la cremallera del corazón
No vine aquí a cazar, vine a seguir exprimiendo la vida. A encontrar respuestas sobre preguntas. O a preguntarme muchas cosas que no sé responder. La vida me lleva a encontrarme a otro como yo, más loco o quizás más cuerdo, más campero o quizás elegante. Es un gran jinete –se habla en los mentideros– y su reputación en el acoso y derribo le ha brindado respeto y estatus ante aquel que le aborde. Es mi amigo Felipe Morenés. La vida nos había separado porque la vida a veces nos hace perdernos para volver a encontrarnos, y esa nueva oportunidad nos hace más fuertes, más vivos, más grande y por supuesto más amigos.
Vemos un grupo de cebras. Qué duras son las cebras. La toques por donde la toques es todo músculo y mala leche. Me pregunto por qué nunca nadie las domesticó, por qué los nativos nunca las usaron para transportarse, batallar o convivir. Será porque tienen aspecto de caballos pero no son caballos. Se parecen pero son diferentes. Como tantos de nosotros que tienen nuestro mismo color de ojos y caminan erguidos pero nada tienen que ver con lo que predicamos o defendemos.
África me lleva a pensar de dónde venimos o dónde vamos. Hablo con Felipe; me cuenta, le cuento. Me confiesa, le confieso. El clima fresco y el paisaje idílico nos hace abrir un poco la cremallera del corazón. Twenty nos escucha, no entiende el idioma de los españoles pero sí el de los que hablan con el alma. Allí reímos y lloramos, porque detrás de toda nuestra mala leche también tenemos nuestra parcela de sensibilidad.
(I-D) Felipe Morenés y Lolo De Juan
¿Qué fue mejor, Felipe, cuando ganaste el campeonato de España de Acoso y Derribo o el precioso doblete de venados que cazamos juntos en la cordillera de los Andes en mitad de aquel nevazo? ¿Era mejor el Cautivo o el Divino? ¿Qué fue para ti lo más sublime que has vivido en tu andadura?
Recuerdo que tras la batería de preguntas, de idas y venidas, me soltó: lo más hermoso no es la echada a la vaca ni el rececho al venado. Ni el lance pasado ni el que soñamos con vivir. Pero sí te digo que tengo ganas de volver a casa para contarle a mis tres hijos que pronto les traeré aquí a que conmigo se hagan todas esas preguntas… Y que Ana venga también a responderlas conmigo.
Me dejó fuera de juego. África me devolvió al amigo que creía perdido. Y Twenty me tocó el hombro para indicarme que acaban de cortar el rastro del leopardo que estaba causando daños en el ganado. Nos miramos y en silencio, fuimos tras él…
- Lolo De Juan es gestor agropecuario